Departamento de Neurocirugía, Clínica Alcívar, Guayaquil.
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RESUMEN: Se consideran aneurismas intracraneales grandes (globulares) a aquellos
que miden entre 15 y 25 mm de diámetro y gigantes a los que alcanzan un tamaño mayor de
25 mm. Su manejo presenta un problema en la toma de decisiones, dentro de las cuales las
quirúrgicas han sido siempre las preferidas, sin olvidarnos de una serie de métodos no
quirúrgicos que cada vez son más innovadores. En el presente trabajo, reportamos nuestra
experiencia en 15 pacientes con este tipo de aneurismas operados en un período de 17
años. Analizamos el tiempo entre la hemorragia y la cirugía, la técnica quirúrgica y
su evolución. Comparamos nuestros resultados con otras comunicaciones, y concluimos que
el tratamiento quirúrgico es la primera opción.
ABSTRACT: Globular intracranial aneurysms are those that have a diameter between
15 and 25 mm, and giant aneurysms are those measuring more than 25 mm. The managing of
these lesions in controversial. While mosto studies favor surgical exclusion of globular
and giant intracranial aneurysms, several non-surgical options of management have been
recently developed. In the present study, we report our experience with 15 operated
globular and giant aneurysms over a 17 year period. We analyze the time elapsed
between bleeding and surgery, as well as the surgical technique and the outcome. We
compare our results with other studies and consider that surgery is the therapeutic
approach of choice for these lesions.
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Los aneurismas grandes, globulares para algunos, son los que tienen un diámetro de 15
a 25 mm y los aneurismas gigantes son aquellos mayores de 25 mm. Estos aneurismas
representan aproximadamente del 5 al 8% de todos los aneurismas intracraneales y su
distribución aproximada es la siguiente: 60% en la arteria carótida interna, 10% en la
arteria comunicante anterior, 10% en la arteria cerebral media, 15% en la arteria basilar
y 5% en las arterias vertebrales. La sintomatología nos solo depende del sangrado, el
cual ocurre en el 25% de los casos, sino del efecto de masa del aneurisma, observándose
cefaleas, convulsiones, trastornos motores, alteraciones campimétricas y disfunción de
nervios craneales hasta en el 70% de los casos. Con menor frecuencia, estos aneurismas
condicionan apoplejía, ya que en sus paredes es casi invariable la formación de placas
trombóticas por la alteración del flujo sanguíneo intraaneurismático, pudiendo llegar
a libera émbolos.
El real problema es la toma de decisiones en el manejo de esto aneurismas, buscando
siempre la obliteración y exclusión del aneurisma. Existen varias opciones de
tratamiento, incluyendo quirúrgicas, endovasculares y la combinación de ambas. Los
procedimientos quirúrgicos son los más aceptados, e incluyen: clipaje del cuello del
aneurisma con o sin oclusión temporal del vaso principal, recubrimiento con acrílico o
músculo, ligadura proximal y distal del vaso principal con puentes vasculares
extracraneales y colocación de puentes vasculares intracraneales. La elección de la
opción quirúrgica depende del grosor y dureza de la pared, del tamaño del cuello y de
la importancia de las arterias que estén anatómicamente involucradas. Las técnicas
endovasculares se reservan para aquellos pacientes que no puedan ser sometidos a cirugía
por factores generales (edad, riesgo cardiovascular) o porque la localización del
aneurisma implica alto riesgo al acceso quirúrgico. Estas técnicas son
multidisciplinarias y requieren una infraestructura especial, así como el concurso de
hemodinamistas y radiólogos especializados. Por otra parte, la terapia endovascular aún
no ha demostrado eficacia e inocuidad en el manejo de los aneurismas gigantes, como suele
suceder en aquellos que presentan cuello ancho y que son obliterados mediante colis de
Guglielmi, donde existe la posibilidad de migración de los mismos con la consecuente
isquemia cerebral. En el presente trabajo reportamos nuestra experiencia quirúrgica con
este tipo de aneurismas.
PACIENTES Y METODOS
Estudiamos 15 pacientes que fueron intervenidos quirúrgicamente por presentar
aneurismas grandes y gigantes rotos en los hospitales Miguel H Alcívar y Teodoro
Maldonado Carbo de la ciudad de Guayaquil, entre Noviembre de 1981 y Diciembre de 1998.
Estos aneurismas presentaron el 14% de un total de 109 aneurismas intervenidos
quirúrgicamente en ambas instituciones durante ese período. Se analizaron diversas
variables como sexo, edad, síntomas clínicos, signos radiológicos, tiempo entre el
inicio de la sintomatología, el ingreso y la cirugía, técnica quirúrgica empleada y la
evolución postquirúrgica. El seguimiento post-operatorio fue de 8 meses hasta 5 años.
Para el análisis de los síntomas y la evolución se utilizaron las escalas de Botterell
y de evolución de Glasgow, respectivamente. En todos los casos se mantuvo un esquema de
tratamiento farmacológico antes, durante y después de la cirugía. Para la estimación
de los resultados, las variables se cotejaron de forma porcentual.
RESULTADOS
De los 15 pacientes incluidos en el estudio, 7 (47%) fueron hombres y 8 (53%) mujeres.
La edad de presentación fluctuó entre la 4ta. Y 6ta. década de la vida, predominando
ésta última con 9 pacientes (60%), seguidos por la 5ta. década con 4 (27%) y por la
3ra. década con 2 (13%). Todos sufrieron ruptura del aneurisma, debutando con una
hemorragia subaracnoidea (HSA). Cinco pacientes (33%) presentaron algún signo de déficit
motor central, 4 (27%) mostraron alteraciones en la función de los nervios craneales y 2
(13%) tuvieron alteraciones del lenguaje (disfasia, disartria). El tiempo que
transcurrión entre el inicio del cuadro y la atención especializada varió ampliamente:
4 pacientes (27%) fueron atendidos dentro de las primeras 48 horas del sangrado, 5
pacientes (33%) entre 48 y 72 horas, 2 pacientes (13%) entre el 4to y 7mo día y 4
pacientes (27%) entre el 8vo y 15to día. De acuerdo con la escala de Botterell, 7
pacientes (47%) llegaron en grado y, 3 pacientes (20%) en grado II, 4 pacientes (27%) en
grado III y solamente 1 paciente (7%) llegó en grado IV. La TC inicial reveló HSA en 12
pacientes (80%). En 4 pacientes fue posible, mediante TC, sospechar la presencia del
aneurisma (Figura 1).
Todos los pacientes fueron sometidos a arteriografía cerebral, 14 mediante técnica de
Seldinger y solamente 1 caso por punción carotidea. La arteriografía permitió definir
la topografía de los aneurismas en todos los casos (Figura 2): 8 pacientes (53%) tenían
aneurismas gigantes en la arteria carótida interna, 4 (27%) en la arteria comunicante
anterior, 2 (13%) en la arteria cerebral media y uno (7%) en la arteria basilar.
Todos los pacientes fueron sometidos a cirugía. Un paciente presentó vasoespasmos
cerebral segmentario antes de la cirugía. El tiempo entre el sangrado inicial y la
cirugía fluctuó entre 24 horas y 20 días; 7 pacientes (47%) fueron intervenidos dentro
de los primeros cuatro días de sangrado, 6 pacientes (40%) entre el 4to y 14to día y los
2 pacientes restantes (13%) después de 14 días. La vía pterinal fue utilizada como
abordaje quirúrgico en 14 pacientes, mientras que la vía subfrontalse utilizó en un
paciente clipaje del cuello del aneurisma, utilizándose clips de Yasargil en 9, de
Manfield en 4 y de Scoville en uno. En un paciente, además de ser clipado su aneurisma,
se realizó ligaduran del vaso tributario y en otro paciente no se utilizó el clipaje,
sino que el aneurisma fue recubierto con músculo. Durante el acto quirúrgico se realizó
clipaje temporal del vaso tributario en todos los casos, durante un tiempo promedio de 15
minutos (rango, 7 a 22 minutos). Se utilizó un grupo de fármacos para protección
cerebral durante el clipaje, los que son una variación del denominado cóctel de Sendai,
que fuera presentado por Susuki en 1987.
Desde que se inició la craneotomía utilizamos en todos los casos dexametasona 32 mg,
fenitoína 1000 mg y nimodopina 50 mg. Durante la cirugía, un paciente se complicó con
sangrado abundante.
Se presentaron complicaciones postquirúrgicas mediatas o inmediatas en 7 casos (47%),
de los cuales 3 resangraron , 3 presentaron alteraciones en la función de algún nervio
craneal y un paciente desarrolló vasoespasmo cerebral segmentario. Al final del estudio,
con seguimiento de 8 meses a 5 años, los pacientes evolucionaron de la siguiente manera:
9 casos se encontraban en grado I de la escala de evolución de Glasgow, 3 pacientes en
grado II, un paciente en grado III y 2 pacientes fallecieron. Sumando los grados I y II
obtenemos un total de 80% de pacientes que presentaron un adecuado retorno laboral.
Correlacionando la gradación de la evolución con la de ingreso obtendremos que los
pacientes con grado I en la escala de evolución de Glasgow, 5 ingresaron en Botterell
grado Y, 3 en Botterell grado II y 1 en Botterell grado III; de los pacientes con grado II
en la escala de evolución de Glasgow, 1 ingresó en Botterell grado I y 2 en Botterell
grado III; el único paciente con grado III en la escala de evolución de Glasgow llegó
en Botterell III.
De los pacientes que fallecieron, uno llegó en Botterell grado Y y el otro en
Botterell IV. Correlacionando el grado de evolución y el tiempo transcurrido desde la
hemorragia hasta la cirugía, vemos que los pacientes que se ubicaron en grado I en la
escala de evolución de Glasgow, 6 se operaron durante la primera semana, 2 durante la
segunda semana y 1 en la tercera semana; de los pacientes en grado II en la escala de
evolución de Glasgow, 2 se operaron en la primera semana y 1 en la segunda; el único
paciente grado III en la escala de evolución de Glasgow se operó durante la tercera
semana; y los 2 pacientes que fallecieron fueron operados durante la primera semana.
Algunos de nuestros pacientes fueron intervenidos quirúrgicamente en fase agúda.
Consideramos a los operados durante la fase temprana, a la que corresponde a partir de los
primeros dos días hasta los 4 días de iniciada la sintomatología y fase ultratemprana,
la que se encuentra dentro de las primeras 48 horas. Uno de nuestros pacientes fue operado
en fase temprana y 5 pacientes en fase ultratemprana. El único caso intervenido en fase
temprana ingresó en grado III de Botterell y evolucionó en grado II en la escala de
evolución de Glasgow.
De los pacientes intervenidos en fase ultratemprana, 4 ingresaron en grado I de
Bottarell y 3 evolucionaron a grado Y en la escala de evolución de Glasgow y el otro
falleció, recalcando que la muerte se debió a trastornos cardiovasculares. De los
pacientes operados en fase ultratemprana, uno ingresó en pésimo estado (Botterell grado
IV) y falleció luego de la cirugía. Al correlacionar la evolución de los pacientes con
aneurismas grandes o globulares con la de los pacientes con aneurismas gigantes,
observamos que de los 11 pacientes con aneurismas grandes, 7 evolucionaron hacia una
escala de evolución de Glasgow grado I, 2 evolucionaron hacia una escala de evolución de
Glasgow grado I, 2 evolucionaron hacia una escala de evolución de Glasgow grado II, uno
evolucionó hacia una escala de evolución de Glasgow grado III y el paciente restante
falleció por causas cardiorrespiratorias. De los pacientes con aneurismas gigantes, 2
evolucionaron hacia una escala de evolución de Glasgow grado I, un paciente evolucionó
hacia una en la escala de evolución de Glasgow grado II y el otro paciente falleció.
DISCUSION
La exclusión de la circulación cerebral mediante técnicas quirúrgicas es
indudablemente el tratamiento ideal de los aneurismas intracraneales grandes y gigantes,
pero éste procedimiento conlleva problemas para el neurocirujano por la debilidad y
calcificaciones del cuello y paredes de los aneurismas, así como por las relaciones que
adquieren con las estructuras vecinas, e incluso la posición que adoptan éste tipo de
aneurismas debido a su dimensión y volumen. De ahí que este tipo de aneurismas son los
más frecuentes incluidos en variados protocolos, tales como cirugía en paro
cardiorrespiratorio e hipotermia,puentes vasculares intra o extra craneales.
Aneurismorrafia o ligadura permanente del vaso tributario. En nuestra experiencia hemos
realizado clipaje en 14 pacientes, previo clipaje temporal del vaso tributario y en uno de
estos fue necesario ligar en forma definitiva la arteria carótida interna. Solo uno de
nuestros aneurismas fue recubierto. De acuerdo a la evolución de nuestros enfermos,
conjuntamente con la mayoría de los autores, ratificamos que el mejor tratamiento para
este tipo de aneurismas es la exclusión definitiva de los mismos.
Los casos en que el neurocirujano decide no intervenir, deben ser remitidos al
neurointervencionismo endovascular, campo que presenta métodos cada vez más ingeniosos y
atractivos, aunque no por ello más eficaces. Por los resultados obtenidos en nuestra
casuística, comparados con los resultados de grandes estudios multicéntricos actuales,
como el de Meyer y col, concluimos que el tratamiento quirúrgico de los aneurismas
intracraneales grandes y gigantes en la primera opción, sea cual fuere la técnica a
aplicarse, siendo imprescindible la presencia de un neurocirujano habituado a dicho
procedimiento. En la clínica Mayo, en un período de 21 años se operaroon 422 aneurismas
gigantes. De éstos, 69% evolucionaron excelentemente, 14% tuvieron una evolución buena,
7% una mala evolución y el 10% fallecieron. Igualmente, se operaron 285 aneurismas
globulares, de los cuales 75% evolucionaron excelentemente, 12% bien, 10.5% pobremente y
2.5% fallecieron. Sería óptimo realizar un estudio nacional multicéntrico para obtener
un universo mayor, comparables con la serie descrita, que nos arrojen resultados que
estén más de acuerdo con la realidad nacional y que nos den una referencia mucho más
fiable.
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