EDITORIAL
Verdaderos valores del ejercicio profesional
Cuando se me pidió que escriba un artículo para
que, a manera de editorial, aparezca en esta revista,
experimenté gran satisfacción y agradecimiento por tratarse de
la revista que fue creada como uno de los mejores logros del
Directorio que tuve el honor de presidir en el año 1992; un
logro que, gracias al formidable trabajo de sus editores, no
solo se ha mantenido hasta hoy, sino que ha progresado con mayor
fuerza.
Qué tema exponer fue la pregunta que me hice
enseguida. Decidí, entonces, escribir sobre ciertos aspectos del
ejercicio profesional, que interesan a todos y lastimosamente no
se destacan; pero que – estoy seguro– son observados por un gran
número de médicos, no obstante que en ocasiones también son
relegados o no se cumplen, contribuyendo de esa manera a
mantener la idea de nuestra confundida sociedad de que solo los
logros económicos son importantes.
Precisamente, esa idea parece ser uno de los
mayores inconvenientes a los que se enfrenta la práctica
médica actual. El encarecimiento cada vez más creciente de la
atención de salud privada y el deterioro, también cada vez
mayor, de la atención pública, dejan como víctimas al grueso de
la población ecuatoriana y hacen al médico, que está en el
centro, más vulnerable y propenso a las críticas como gestor
principal de la atención médica. Por estas razones, ahora más
que nunca, no debemos olvidar que la práctica de la medicina es
mucho más que un negocio o una empresa cualquiera, y que su
éxito no se mide por el capital que se acumula, sino por el
bienestar y la salud que se brinda. El profesional médico debe
evitar caer en el simple plano comercial.
En ningún caso, pretendo dar lecciones de moral
con estas reflexiones; así como no pretendo confundir el cobro
justo y adecuado por el servicio que se presta de acuerdo a la
preparación y los antecedentes del médico, con los excesos
económicos en los que puede incurrirse por la prestación del
servicio. A lo que quiero referirme es a que, en la
actualidad, por las circunstancias en las que se desenvuelve la
sociedad y por el avance de la tecnología en el área médica, el
médico está cayendo en un descrédito que cada vez preocupa
más. En ese contexto, este escrito tiene la intención de
rescatar que no es el valor económico el más importante,
sino que lo son otros valores muchos más profundos y
gratificantes. De ahí, el título del artículo.
Uno de esos valores, como lo señalan incluso
algunos textos clásicos conocidos de medicina interna por la
relevancia que él tiene, es la condición humana del enfermo: el
paciente es un ser humano que, como cualquier otra persona,
además de la atención médica, necesita comprensión, apoyo y
consuelo. No podemos ver al enfermo como un mero conjunto de
síntomas o únicamente como un caso clínico: “el médico debe
entender que el secreto de la atención al paciente estriba en
interesarse por él” (Francis Peabody). Hay que comprender que
alrededor del paciente existe todo un grupo familiar con
temores y esperanzas. Lastimosamente, en algunas ocasiones la
tecnología moderna y las terapéuticas actuales despersonalizan
la asistencia médica. Esto es algo que el médico debe evitar, y
con mayor razón el neurólogo –estudioso de las neuronas, a las
que el genio de Ramón y Cajal llamaba “las mariposas del alma,”
y conocedor profundo de los circuitos cerebrales y las
estructuras que dan origen a las distintas manifestaciones
humanas –. Un aspecto que es importantísimo considerar en todo
establecimiento de salud y en toda organización relacionada con
la recuperación del enfermo.
Otro asunto que creo conveniente analizar es la
tendencia cada vez mayor de ciertos especialistas a depender de
los exámenes complementarios, fundamentalmente los de
imagenología. No hay que olvidar que el diagnóstico clínico es
el paradigma o modelo de todos los diagnósticos y que, como
menciona Raymond D. Adams en su clásico libro: “la finalidad del
neurólogo es llegar a un diagnóstico final mediante análisis
preciso de los datos clínicos con la ayuda del menor número
posible de procedimientos de laboratorio. Más aún, la estrategia
del estudio de laboratorio o de la enfermedad debe basarse en
las consideraciones terapéuticas y pronósticas.”
La medicina es una ciencia y es un arte, es
decir, el especialista debe capacitarse adecuadamente y al mismo
tiempo considerar las necesidades de cada paciente. Debe ir
adquiriendo y produciendo conocimientos actualizados, basados en
trabajos científicos serios y con aceptación internacional, para
poder decidir el examen o el tratamiento más conveniente. Eso es
parte de la responsabilidad y de la honradez del médico con su
paciente; e incluye la fijación de sus honorarios profesionales
de una manera ética, sin que el interés no sea otro que la
recuperación del enfermo. Así, el paciente se sentirá satisfecho
no solo con la atención médica recibida, sino con el costo
económico de ella.
La denominada “calidad de vida” es otra situación
a tener en cuenta en la práctica médica. Se debe buscar la
rehabilitación integral del enfermo en todas sus facetas, no
solo en la que al especialista le competa. El tratamiento, pues,
tendrá que ser multidisciplinario, facilitando el concurso de
otras especialidades para poder cumplir, en la medida de lo
posible, con los postulados de la Organización Mundial de la
Salud: “procurar el bienestar físico, mental y social, y no
simplemente la ausencia de enfermedad,” incluso con aquellos
pacientes en estado muy grave o terminal, con quienes se debe
evitar el dolor y el aislamiento de su familia, y a quienes se
debe asistir hasta el final procurándoles el mantenimiento de su
dignidad humana.
Ante la complejidad creciente de la medicina y
ante los cambios que están ocurriendo en la atención de la
salud, es vital entender que los sistemas privados o de seguros
médicos solo cubren la atención de un pequeño grupo de nuestra
población; y es esencial aceptar de modo definitivo que la salud
es un derecho universal de toda persona, por lo que le
corresponde al Estado proporcionarla a toda la población de
manera coordinada, oportuna y con el menor costo posible,
dirigiendo todos los esfuerzos a la prevención de las
enfermedades con una buena cobertura de atención primaria.
Tanto la atención privada como la pública
deberían observar los principios anotados; y deberían ser las
sociedades científicas y las organizaciones de salud, junto con
los colegios profesionales, quienes se involucren en las
directrices y el control de dicha atención, para lograr de
manera permanente y consensuada, independientemente del tipo de
gobierno de turno, concebir y sostener verdaderas políticas de
Estado.
Finalmente y precisamente por los valores humanos
que hemos señalado, quiero destacar la labor de todos aquellos
médicos que han honrado su profesión en forma silenciosa, sin
otra aspiración o recompensa que el de haber sido útil a sus
semejantes y llevar una vida digna.
Dr. Rafael I. Aguirre Navarrete
Past-presidente de la SEN