EDITORIAL
Entre el médico y el paciente:
Una relación fundamentalmente humana
Los médicos estamos llamados a curar -o por lo
menos a aliviar- las dolencias de las personas que acuden a
nosotros en pos de la recuperación de sus buenas condiciones
somáticas. Desde el instante en el que se produce el primer
acercamiento, entre nuestros pacientes y nosotros, sus médicos,
se instaura un vínculo especial, que solo podrá mantenerse a
base de la confianza y de la honestidad que ambas partes
pongamos en común.
Lamentablemente, varias de las transformaciones sociales que han
provocado los avances científico-tecnológicos, más el
apresuramiento con el que vivimos en estos días, las
inseguridades económicas a las que nos vemos permanentemente
sujetos y la necesidad de duplicar o triplicar nuestros
esfuerzos para sobrevivir de la mejor manera posible, han
incidido en una cierta despersonalización de la atención médica
y en la decantación del nexo médico-paciente. Un nexo cuya
índole humana debería poder ser preservada hasta el final, pues,
al fin y al cabo, en el fondo de esa relación subyace siempre la
inevitable tensión entre la vida y la muerte que nos caracteriza
como individuos y como especie. Los seres humanos somos seres
integrales: cuerpo, mente, espíritu –o, dicho de otra manera:
biología, psiquis, emotividad, cultura–. Paciente y médico somos
seres humanos. De allí que no haya regocijo mayor para un médico
que ese ¨gracias¨ proveniente de un paciente que se siente o se
sintió acogido, comprendido y sobre todo aliviado.
Lograr esas mutuas estimaciones y hablar con franqueza lo que
fuere menester sienta bases sólidas para una buena relación
médico-paciente, que, además de ser vital, redunda en actitudes
positivas y optimistas, favorece la creación de nuevos lazos de
amistad y abre las puertas a futuros pacientes. Es
indispensable, entonces, que entre el paciente y su médico haya
empatía y haya llaneza. En alto grado, tanto la colaboración
como la rehabilitación de quien tiene quebrantada su salud
dependen de que esa empatía y esa llaneza existan.
Es, no obstante, asimismo imprescindible tomar conciencia de que
no es menos cierto que hay situaciones en las que los médicos
somos vistos como meros apóstoles, como si no tuviéramos las
mismas necesidades y urgencias que tienen todas las demás
personas. Un profesional –si es un buen profesional y ama lo que
hace- invierte tiempo y dinero en su preparación y en la
adquisición de la excelencia académica que le permita ofrecer lo
mejor de sí. Si eso es así de manera general, el ejercicio de la
medicina supone mayor inversión en términos de tiempo y en
términos de dinero. Solo reparemos en el desafío que implica en
estas épocas mantenerse científicamente actualizado. Los
pacientes merecen y deben recibir siempre la mejor atención que
pueda brindárseles. Los médicos, por nuestra parte, merecemos el
justo reconocimiento a nuestro desempeño, tanto en el aspecto
personal como en el aspecto económico.
Nada, sin embargo, justifica una atención médica de escasa
calidad. Ni siquiera lo hacen las consideraciones expuestas
antes, aunque ellas sean efectivamente ciertas y reales. Lo que
ocurre a veces es que no somos lo suficientemente honestos para
reconocer que no estamos exentos de limitaciones y que nuestros
conocimientos no siempre alcanzan a satisfacer cabalmente las
demandas de nuestros pacientes. En otras ocasiones, la virtud de
la atención se ve afectada porque no llegamos a sentir, en carne
propia, los desconciertos y las angustias de quienes ansían
reponer un estado de salud perdido. Es menester, entonces,
comprender que entre el médico y su paciente se entabla un lazo
que necesita retroalimentarse permanentemente, de ida y de
vuelta entre ambos, e incluso de médico a médico cuando la
complejidad del cuadro clínico requiere el concurso de otras
miradas y de otras experiencias, o cuando el mismo paciente o su
familia deciden contar con la opinión de otros profesionales por
el solo hecho –legítimo, por cierto– de querer aligerar el peso
de una afección que no mejora. En esos momentos es cuando debe
surgir la sabiduría del médico, para despojarse de cualquier
actitud de omnipotencia o autosuficiencia con el fin de entablar
un diálogo lúcido y generoso a favor del bienestar de quienes
han recurrido a él.
El carácter de la profesión médica y los rasgos que presenta el
mundo de hoy tornan imperativo que, además de cultivarnos
científicamente, conservemos la humildad necesaria para
compartir con nuestros pacientes sus dolores, sus dudas y sus
temores. No podemos olvidar que no somos infalibles, que tenemos
mucho que aprender de los demás cada día. Es la única manera de
perennizar la noble tarea a la que nos convoca nuestra
profesión, sobre todo en tiempos en los que ciertos valores
fundamentales para la humanidad han sido equivocadamente
trastrocados. Nosotros tenemos la responsabilidad de transmitir
a las siguientes generaciones la trascendencia de una práctica
humanizada de la medicina. No hay cómo ejercerla de un modo
diferente. Los médicos enfrentamos la paradoja de necesitar de
las enfermedades de nuestros semejantes, para aprender más
acerca de la vida y de nuestra propia fragilidad. De allí que
preservar la faz humana de la medicina no solo sea una manera de
realizarnos en nuestra vocación de servicio, sino también una
especie de garantía de que, cuando nos toque a nosotros ocupar
el lugar de paciente, podremos hallar la compañía médico-humana
necesaria para sobrellevar una enfermedad.
Dra. Rocío Santibáñez
Servicio de Neurología
Hospital Regional Dr. Teodoro Maldonado Carbo
Guayaquil, Ecuador