Volumen 15, Número 1, 2006

 
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Sociedad Ecuatoriana de Neurología

                    EDITORIAL                   

Entre el médico y el paciente:
Una relación fundamentalmente humana

 

Los médicos estamos llamados a curar -o por lo menos a aliviar- las dolencias de las personas que acuden a nosotros en pos de la recuperación de sus buenas condiciones somáticas. Desde el instante en el que se produce el primer acercamiento, entre nuestros pacientes y nosotros, sus médicos, se instaura un vínculo especial, que solo podrá mantenerse a base de la confianza y de la honestidad que ambas partes pongamos en común.


Lamentablemente, varias de las transformaciones sociales que han provocado los avances científico-tecnológicos, más el apresuramiento con el que vivimos en estos días, las inseguridades económicas a las que nos vemos permanentemente sujetos y la necesidad de duplicar o triplicar nuestros esfuerzos para sobrevivir de la mejor manera posible, han incidido en una cierta despersonalización de la atención médica y en la decantación del nexo médico-paciente. Un nexo cuya índole humana debería poder ser preservada hasta el final, pues, al fin y al cabo, en el fondo de esa relación subyace siempre la inevitable tensión entre la vida y la muerte que nos caracteriza como individuos y como especie. Los seres humanos somos seres integrales: cuerpo, mente, espíritu –o, dicho de otra manera: biología, psiquis, emotividad, cultura–. Paciente y médico somos seres humanos. De allí que no haya regocijo mayor para un médico que ese ¨gracias¨ proveniente de un paciente que se siente o se sintió acogido, comprendido y sobre todo aliviado.


Lograr esas mutuas estimaciones y hablar con franqueza lo que fuere menester sienta bases sólidas para una buena relación médico-paciente, que, además de ser vital, redunda en actitudes positivas y optimistas, favorece la creación de nuevos lazos de amistad y abre las puertas a futuros pacientes. Es indispensable, entonces, que entre el paciente y su médico haya empatía y haya llaneza. En alto grado, tanto la colaboración como la rehabilitación de quien tiene quebrantada su salud dependen de que esa empatía y esa llaneza existan.


Es, no obstante, asimismo imprescindible tomar conciencia de que no es menos cierto que hay situaciones en las que los médicos somos vistos como meros apóstoles, como si no tuviéramos las mismas necesidades y urgencias que tienen todas las demás personas. Un profesional –si es un buen profesional y ama lo que hace- invierte tiempo y dinero en su preparación y en la adquisición de la excelencia académica que le permita ofrecer lo mejor de sí. Si eso es así de manera general, el ejercicio de la medicina supone mayor inversión en términos de tiempo y en términos de dinero. Solo reparemos en el desafío que implica en estas épocas mantenerse científicamente actualizado. Los pacientes merecen y deben recibir siempre la mejor atención que pueda brindárseles. Los médicos, por nuestra parte, merecemos el justo reconocimiento a nuestro desempeño, tanto en el aspecto personal como en el aspecto económico.


Nada, sin embargo, justifica una atención médica de escasa calidad. Ni siquiera lo hacen las consideraciones expuestas antes, aunque ellas sean efectivamente ciertas y reales. Lo que ocurre a veces es que no somos lo suficientemente honestos para reconocer que no estamos exentos de limitaciones y que nuestros conocimientos no siempre alcanzan a satisfacer cabalmente las demandas de nuestros pacientes. En otras ocasiones, la virtud de la atención se ve afectada porque no llegamos a sentir, en carne propia, los desconciertos y las angustias de quienes ansían reponer un estado de salud perdido. Es menester, entonces, comprender que entre el médico y su paciente se entabla un lazo que necesita retroalimentarse permanentemente, de ida y de vuelta entre ambos, e incluso de médico a médico cuando la complejidad del cuadro clínico requiere el concurso de otras miradas y de otras experiencias, o cuando el mismo paciente o su familia deciden contar con la opinión de otros profesionales por el solo hecho –legítimo, por cierto– de querer aligerar el peso de una afección que no mejora. En esos momentos es cuando debe surgir la sabiduría del médico, para despojarse de cualquier actitud de omnipotencia o autosuficiencia con el fin de entablar un diálogo lúcido y generoso a favor del bienestar de quienes han recurrido a él.


El carácter de la profesión médica y los rasgos que presenta el mundo de hoy tornan imperativo que, además de cultivarnos científicamente, conservemos la humildad necesaria para compartir con nuestros pacientes sus dolores, sus dudas y sus temores. No podemos olvidar que no somos infalibles, que tenemos mucho que aprender de los demás cada día. Es la única manera de perennizar la noble tarea a la que nos convoca nuestra profesión, sobre todo en tiempos en los que ciertos valores fundamentales para la humanidad han sido equivocadamente trastrocados. Nosotros tenemos la responsabilidad de transmitir a las siguientes generaciones la trascendencia de una práctica humanizada de la medicina. No hay cómo ejercerla de un modo diferente. Los médicos enfrentamos la paradoja de necesitar de las enfermedades de nuestros semejantes, para aprender más acerca de la vida y de nuestra propia fragilidad. De allí que preservar la faz humana de la medicina no solo sea una manera de realizarnos en nuestra vocación de servicio, sino también una especie de garantía de que, cuando nos toque a nosotros ocupar el lugar de paciente, podremos hallar la compañía médico-humana necesaria para sobrellevar una enfermedad.


Dra. Rocío Santibáñez
Servicio de Neurología
Hospital Regional Dr. Teodoro Maldonado Carbo
Guayaquil, Ecuador

   
  

Editora: Dra.  Rocío Santibáñez

Dirección: Clínica Kennedy, Sección Gamma, Oficina 102.

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