Neuroprotección no
Farmacológica en el Manejo de Pacientes con Ictus Agudo.
Dr. Oscar H. Del Brutto
Unidad de Ictus,
Hospital-Clínica Kennedy, Guayaquil, Ecuador.
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CORRESPONDENCIA:
Dr. Oscar H. Del Brutto,
PO Box 0901-3734,
Guayaquil – Ecuador.
El
ictus es una de las principales causas de muerte e invalidez a nivel
mundial [1,2]. A pesar de avances importantes en su manejo, el pronóstico
de la mayoría de los pacientes con ictus es sombrío, ya que
aproximadamente la tercera parte de éstos fallecen durante la fase aguda
de la enfermedad y más de la mitad de los sobrevivientes quedan con
secuelas discapacitantes. La introducción del concepto de penumbra
isquémica cambió, en esta última década, la actitud nihilística que se
tenía hacia los pacientes con ictus isquémico. Ahora se sabe que luego de
una oclusión arterial existe un área de tejido cerebral funcionalmente
inerte pero estructuralmente íntegro, que puede recuperarse si se actúa a
tiempo y se toman medidas destinadas a mejorar su perfusión sanguínea. De
hecho, el único tratamiento específico aceptado para el manejo del ictus
isquémico es la trombolisis mediante el uso de activador tisular de
plasminógeno activado (rTPA), el cual reduce el daño tisular luego de un
infarto al favorecer la reperfusión del tejido afectado [3,4]. La
principal restricción de la trombolisis es la pequeña ventana
terapéutica—3 a 6 horas luego de una oclusión arterial—en la que es
eficaz. Esto limita considerablemente su uso, aún en centros
especializados en el manejo de pacientes con ictus. Por lo tanto, la
pronta iniciación de medidas que amplien esta ventana terapéutica
favorecería a un número importante de pacientes hasta que se aplique el
rTPA o hasta que ocurra una trombolisis espontánea. Si bien un gran número
de estudios clínicos y experimentales sugieren que ciertas drogas reducen
el daño neuronal en la penumbra isquémica, la eficacia de la
neuroprotección farmacológica aún no ha sido demostrada en forma
contundente (Tabla 1). Aunque esto no significa que no exista una droga
neuroprotectora ideal, la evidencia sugiere que la aplicación de otro tipo
de medidas, denominadas en conjunto “neuroprotección no farmacológica”,
pueden reducir el daño cerebral mediado por la isquemia y ampliar dicha
“ventana de oportunidad” [5]. A continuacion revisaremos la fisiopatología
de la isquemia cerebral y la evidencia que existe sobre la utilidad de la
neuroprotección no farmacológica en pacientes con ictus isquémico.
|
Tabla 1.
Principales drogas neuroprotectoras
utilizadas en estudios clínicos de pacientes con ictus agudo.
|
Grupo farmacológico |
Droga |
Resultados |
|
Antagonistas de calcio |
Nimodipina |
--
|
|
Antagonistas de glutamato |
Selfotel |
-- |
|
Neuromoduladores |
Gangliósidos GM1 |
-- |
|
Gabaérgicos |
Clometiazol |
-- |
|
Inhibidores de oxido nítrico |
Lubeluzole |
± |
|
Antioxidantes |
Tirilazad |
-- |
|
Ebselen |
± |
|
Reparadores de membrana |
Piracetán |
± |
|
Citicolina |
± |
|
Inhibidores de leucocitos |
Enlimomab |
-- |
|
FISIOPATOLOGÍA DE LA ISQUEMIA CEREBRAL
El funcionamiento normal de las células cerebrales
requiere de un aporte contínuo de sangre que les proporcione oxígeno y
glucosa en concentraciones adecuadas para satisfacer sus demandas
metabólicas. En condiciones normales, este flujo sanguíneo cerebral (FSC)
es de 50 ml por 100 g de tejido cerebral por minuto y depende de dos
variables principales, la presión de perfusión cerebral y la resistencia
vascular. La obstrucción de una arteria cerebral origina un gradiente
isquémico que induce cambios funcionales y estructurales en las células a
medida que se reduce el FSC [6]. Así, reducciones en el FSC de hasta 35 ml
inducen alteraciones en la síntesis proteica. Cuando el FSC es menor de 35
ml se observa acidosis láctica, cuando es menor de 30 ml hay liberación de
glutamato, cuando cae por debajo de 22 ml hay depleción de ATP y cuando es
menor de 12 ml hay despolarización anóxica (Figura 1).

En el centro del territorio vascular afectado se observa
una isquemia intensa, mientras que en la periferia del mismo, ésta es
menos severa (penumbra isquémica) [7]. Las células del centro necrótico
mueren en pocos minutos, mientras que aquellas situadas en la penumbra
isquémica inicialmente sufren cambios funcionales, pero conservan una
actividad metabólica mínima que preserva su integridad estructural durante
algunas horas. En el centro necrótico se observa liberación de glutamato,
que favorece el desarrollo de ondas de despolarización que se propagan
hacia la penumbra isquémica (Figura 2). Dichas ondas inducen cambios en la
permeabilidad de la membrana celular, favorecen la entrada de Ca++
a las células y aumentan los requerimientos metabólicos de las neuronas
(con la finalidad de mantener la polarización celular). Este consumo
exagerado de ATP no se acompaña de un aumento proporcional del FSC. Esta
serie de eventos forman parte de la denominada “cascada isquémica”, la
cual es la principal responsable del daño celular luego de una oclusión
arterial (Figura 3).


La importancia del concepto de penumbra isquémica radica en
que las neuronas localizadas en esta zona pueden recuperarse si mejoran
las condiciones hemodinámicas y si se restaura el FSC [6,7]. Como se
mencionó, esto representa la base racional para el tratamiento del ictus
isquémico [3,4]. Lamentablemente, el tiempo con el que se cuenta para
salvar la zona de penumbra isquémica es breve. Estudios experimentales han
demostrado que a los 30 minutos de la oclusión vascular, el centro
necrótico es pequeño y se encuentra rodeado por una amplia zona de
penumbra. A las dos horas, el centro ha crecido y la zona de penumbra se
confina a un anillo en la periferia del infarto y a las 7 horas, la
penumbra prácticamente ha desaparecido [8].
NEUROPROTECCIÓN NO FARMACOLÓGICA
Aproximadamente el 25% de los pacientes con ictus isquémico se deterioran
en las primeras 48 horas del evento y no es posible predecir quienes lo
harán [9]. Por lo tanto, estos enfermos deben ser hospitalizados y
estrechamente monitorizados para prevenir a tiempo el desarrollo de
complicaciones potencialmente tratables. Un gran número de estudios
realizados en la última década han demostrado de manera contundente que
los estos pacientes deben ingresarse a unidades especializadas de manejo
de ictus, ya que su pronóstico será mucho mejor a si son admitidos a una
sala general o a una unidad de terapia intensiva [10-15]. En la
actualidad, tanto la American Stroke Association como el
European Stroke Council, recomiendan en forma categórica el ingreso de
dichos enfermos a lo que se denominan unidades de ictus [3,16]. Se ha
demostrado que estas unidades reducen la mortalidad de los pacientes con
ictus agudo en 20% a 40%, la dependencia en los sobrevivientes en 25% a
30%, y el tiempo de estancia hospitalaria en 30% [16]. Visto de esta
manera, las unidades de ictus serían el neuroprotector no farmacológico
más efectivo. Estas unidades son áreas hospitalarias dedicadas en forma
exclusiva o casi exclusiva al manejo de pacientes con ictus (Figura 4) y
deben cumplir una serie de requisitos (Tabla 2) que permitan la aplicación
de protocolos homogéneos de evaluación, monitoreo y tratamiento, que se
traducirán en un mejor cuidado de los enfermos y en una reducción
significativa en la presencia de complicaciones sistémicas y neurológicas
[17,18].
Como se
mencionó previamente, la neuroprotección no farmacológica se basa en la
aplicación de una serie de medidas o intervenciones destinadas a proteger
las neuronas localizadas en la zona de penumbra isquémica. Los pilares en
los que se fundamenta la neuroprotección no farmacológica incluyen:
control de oxigenación cerebral, control de presión arterial, control de
temperatura corporal, control de volemia y resistencia vascular, y control
de glicemia.
|
Tabla 2.
Requisitos de una unidad de ictus, de acuerdo con el European
Stroke Council [16] y la American Stroke Association [3].
-
Existencia de un
área física destinada en forma exclusiva o casi exclusiva al
ingreso de pacientes con ictus.
-
Disponibilidad de
tomografía computada, electrocardiograma, pruebas de laboratorio y
estudios neurosonológicos.
-
Capacidad de
monitoreo contínuo de ritmo cardiaco, presión arterial,
temperatura, saturación de oxígeno en sangre y glicemia.
-
Existencia de
protocolos pre-establecidos de tratamiento de ictus.
-
Existencia de
protocolos operacionales de alimentación, mobilización temprana y
terapia respiratoria.
-
Presencia
contínua de personal médico y de enfermería especializado en el
manejo de enfermos con ictus.
-
Capacidad de
iniciar terapia física y de lenguaje de manera precoz.
|
Control de Oxigenación Cerebral
El
aporte contínuo de oxígeno hacia las células cerebrales es fundamental
durante un ictus isquémico para reducir el chance de daño estructural
irreversible de las neuronas localizadas en la penumbra isquémica. Todos
los pacientes con ictus agudo deben ser monitorizados con un oxímetro de
pulso con el objetivo de mantener una saturación de oxígeno mayor de 95%
[19]. Ronning y Guldvog [20] estudiaron la utilidad
de la administración sumplementaria de oxígeno (100%, 3 l/min, por cánula
nasal, durante 24 horas) en una población no seleccionada de 550 pacientes
con ictus de menos de 24 horas de evolución. Al evaluar la mortalidad
luego de un año del evento, se observó que, con excepción de los pacientes
con ictus más graves, hubo una tendencia no significativa hacia una mayor
mortalidad en pacientes que recibieron oxígeno (p=0.023). Estos hallazgos
sugieren que la administración suplementaria de oxígeno solamente
está indicada cuando la saturación de oxígeno en sangre cae y no de manera
rutinaria en todos los pacientes con ictus agudo. El
efecto perjudicial del oxígeno suplementario en pacientes no hipoxémicos
podría estar relacionada con un incremento en la liberación de radicales
de oxígeno que podrían acentuar más el daño de la zona de penumbra
isquémica.
Por
otra parte, existe un relativo consenso de que la intubación endotraqueal
con inicio de ventilación asistida está indicada en pacientes con
deterioro de nivel de conciencia, que tengan menos de 60 mmHg de pO2 o más
de 50 mmHg de pCO2, en aquellos que tengan comprometida la permeabilidad
de la vía aérea, o en pacientes con hipertensión endocraneal [21,22]. La
oxígenoterapia hiperbárica no está indicada en el manejo de pacientes con
ictus, con probable excepción de casos de embolia aérea [23,24].
Control de Presión Arterial
El
manejo de la presión arterial en pacientes con ictus isquémico agudo es
controversial. La mayoría de estos enfermos presentan cifras tensionales
altas al momento del ingreso, las que pueden estar relacionadas con
hipertensión arterial pre-existente o simplemente ser debidas a una
respuesta fisiológica al stress o a la hipoxia [25,26]. Si bien las
ventajas de un control estricto de presión arterial en estos enfermos
incluyen reducción del riesgo de transformación hemorrágica del infarto y
del edema cerebral perilesional, dicho control puede condicionar
alteraciones importantes en la presión de perfusión cerebral, con
reducción secundaria del FSC en la zona de penumbra isquémica [27]. Por lo
tanto, a no ser que exista una condición urgente que amerite un control
estricto de la presión arterial—encefalopatía hipertensiva, disección de
la aorta, edema pulmonar, infarto de miocardio—o que el paciente sea
candidato a trombolisis con rTPA, no se recomienda administrar drogas
hipotensoras a menos que la presión diastólica sea mayor de 120 mmHg o la
sistólica mayor de 220 mmHg. Tanto la American Stroke Association
[3] como el European Stroke Council [28], recomiendan un esquema de
reducción de la presión arterial que debe ser lento, utilizando drogas de
fácil control y que tengan escaso efecto vasodilatador a nivel de
vasculatura intracraneal (Tabla 3). El objetivo en todos los casos es
reducir la presión arterial en 10% a 15% con respecto a las cifras
obtenidas al ingreso.
|
Tabla 3.
Protocolo de tratamiento de la
hipertensión arterial en pacientes con ictus isquémico agudo, de
acuerdo con el European Stroke Council [28] y la American
Stroke Association [3].
Presión sistólica menor de 220 mmHg o
diastólica menor de 120 mmHg
-
No
utilizar drogas hipotensoras a menos que exista evidencia de
daño de órganos blanco.
Presión sistólica mayor de
220 mmHg o diastólica entre 121 y 140 mmHg
-
Labetalol: bolos IV de 10 a 20 mg, repetidos cada 10 minutos hasta
150 mg, o infusión IV contínua a razón
de 2 a 8 mg por minuto, máximo de 100 mg
por hora.
-
Nicardipina: infusión IV contínua a razón de 5 mg por hora,
máximo de 15 mg por hora.
-
Clonidina: bolos IV o SC de 0.15 a 0.3 mg.
-
Enalapril: bolos IV de 0.625 a 1.25 mg.
Presión diastólica mayor de
140 mmHg
-
Nitroprusiato de sodio: infusión IV contínua a
razón de 0.5 a 10 ug/kg por minuto.
|
La
droga más utilizada es el labetalol, reservándose el uso de nitroprusiato
de sodio para aquellos enfermos con hipertensión refractaria. Hay que
evitar el uso de labetalol en pacientes con asma bronquial, insuficiencia
cardiaca o en aquellos con trastornos en el ritmo cardiaco. En estos casos
se puede utilizar nicardipina o clonidina. Tambien es importante mencionar
que el uso de antagonistas de calcio or vía sublingual, ej, nifedipina, se
encuentra formalmente contraindicado en pacientes con ictus isquémico
agudo, ya que pueden condicionar caidas bruscas e incontrolables de
presión arterial [29].
Como se
mencionó previamente, el control de la presión arterial debe ser más
estricto en pacientes candidatos a trombolisis con rTPA ya que la
hipertensión arterial sostenida aumenta el riesgo de hemorragias post-reperfusión
[30]. En estos enfermos la presión arterial debe estar por debajo de
180/100 mmHg al momento del tratamiento y debe mantenerse así por lo menos
durante 24 horas luego del mismo [31]. Las drogas utilizadas para el
control de la presión arterial en estos enfermos con similares a las ya
descritas en el párrafo anterior.
Control de Temperatura Corporal
El daño
cerebral inducido por la hipertermia es multifactorial. El aumento de la
temperatura incrementa el consumo de oxígeno y los requerimientos
metabólicos de las células cerebrales [32]. Se favorece la liberación de
radicales libres, glutamato y otros neurotransmisores conocidos como
mediadores de daño neuronal en zonas de penumbra isquémica [33-35].
Además, existe evidencia que sugiere que el aumento en la temperatura
corporal favorece los procesos bioquímicos implicados en la muerte
cerebral programada (apoptosis) a nivel de las células localizadas en la
penumbra isquémica.
El
primer estudio que estableció una relación entre temperatura y pronóstico
de pacientes con ictus agudo fue el de Hindfelt [36], quien analizaró 110
pacientes con ictus de menos de 24 horas de evolución y demostró que una
temperatura mayor de 37.5oC se asociaba con mayores secuelas.
Terent y Andersson [37] evaluaron 238 pacientes con ictus de menos de 24
horas, observándo que aquellos con temperatura de 38oC
presentaban mayor morbilidad y mortalidad a los 3 meses del evento.
Castillo y col [38] en 177 pacientes con infarto de menos de 24 horas,
documentaron que la temperatura fue el único factor que podía predecir el
mal pronóstico de estos enfermos. De igual manera, Azzimondi y col [39]
observaron, en 182 pacientes con ictus agudo, que una temperatura de 38oC
se asociaba con mayor mortalidad a los 3 meses del evento. Estos
resultados preliminares fueron corroborados por el Copenhagen Stroke
Study, donde se analizaron 390 pacientes admitidos en las primeras 6
horas del ictus, demostrándose que la temperatura influtó de manera
independiente, en el tamaño del infarto, la gravedad del cuadro agudo, la
mortalidad en fase aguda y la gravedad de las secuelas; por cada grado
centígrado de aumento en la temperatura corporal, el riesgo relativo de
mal pronóstico aumentó 2.2 veces [40,41]. Un análisis a largo plazo de
estos enfermos mostró una mortalidad a 60 meses del 73% en aquellos con
temperatura mayor de 37oC al ingreso, y de 59% en aquellos con
temperatura menor de 37oC (p=0.001) [42].
Castillo y col [43] estudian 260 pacientes con infarto cerebral
hemisférico y encuentraron una mortalidad a los 3 meses del 1% en
pacientes normotérmicos y del 15.8% en hipertérmicos (p=0.001). En este
estudio se demostró que solamente la hipertermia durante las primeras 24
horas del evento son factor de mal pronóstico. Más de la mitad de los
pacientes hipertérmicos incluidos en este estudio tuvieron una infección
como responsable de la fiebre, pero el mal pronóstico no se relacionó con
la causa de la fiebre. Por el contrario, en otra serie de 296 pacientes
con infarto cerebral de menos de 24 horas de evolución, no se demostró una
relación significativa entre fiebre y mortalidad a los 3 meses [44]. Un
meta-análisis recoge los resultados de los estudios ya descritos y
concluye en forma definitiva que existe mayor morbilidad y mortalidad en
pacientes con ictus agudo y fiebre, que en aquellos afebriles [45].
En un
estudio reciente, Wang y col [46] revisaron la mortalidad intra-hospitalaria
y un año después del evento, en 509 pacientes con ictus agudo clasificados
de acuerdo a su temperatura al ingreso: hipotérmicos (36.5oC o
menos), normotérmicos (entre 36.5 y 37.5oC) e hipertérmicos
(más de 37oC). Los autores encuentran una relación directa
entre hipotermia y reducción en la mortalidad intra-hospitalaria (p=0.004)
y entre hipertermia y mortalidad un año después del evento (p=0.001). Por
cada grado centígrado de aumento en la temperatura al ingreso, el riesgo
de muerte un año después del evento aumentó 2.1 veces. En otro estudio de
60 pacientes con ictus de menos de 24 horas de evolución, Szczudlik y col
[47] encontraron un aumento en la mortalidad de pacientes que presentaron
hipertermia luego del evento—mortalidad a 90 días, 73% vs 10% (p=0.0001) y
mortalidad a un año, 73% vs 18% (p=0.005).
Estos
estudios han motivado a considerar la necesidad de iniciar medidas
destinadas a bajar la temperatura corporal en estos enfermos, aún cuando
se encuentren normotérmicos (Tabla 4). Schwab y col [48] indujeron
hipotermia en 25 pacientes con infarto carotídeo extenso durante las
primeras 24 horas del evento, mediante ventiladores y mantas enfriadoras.
El objetivo fue alcanzar una temperatura de 33oC y mantenerla
por 48 a 72 horas. Los pacientes fueron sedados y el recalentamiento se
logró en menos de 24 horas en todos los casos. El 40% de los acientes
desarrollaron neumonía. Al final del estudio, 14 pacientes sobrevivieron y
11 murieron, siendo la causa de muerte un aumento en la presión
intracranial después del recalentamiento. Los mismos autores realizaron un
estudio con diseño similar, en el que se evaluó la seguridad de la
hipotermia en 50 pacientes con infarto hemisférico [49]. Durante la
hipotermia, 70% presentaron trombocitopenia, 62% bradicardia y 48%
neumonía. Cuatro pacientes fallecieron durante la hipotermia y 15
fallecieron luego de la misma,debido a un efecto de rebote con aumento de
presión intracraneal; la mortalidad fue mayor cuando el período de
recalentamiento fue menor de 16 horas. En otro estudio, los mismos autores
compararon la efectividad de la craniectomía descompresiva vs la de
la hipotermia en 36 pacientes con infarto masivo [50]. La mortalidad de
los enfermos sometidos a craniectomía fue del 12%, mientras que en los
sometidos a hipotermia fue del 47% (p=0.02); la discapacidad en los
sobrevivientes fue más acentuada en los pacientes sometidos a hipotermia
(p=0.002). Kammersgaard y col [51] practicaron hipotermia (35.5oC)
durante 6 horas en 17 pacientes con infarto cerebral de menos de 12 horas
de evolución, utilizando mantas y ventiladores, sin sedación. Se comparó
la evolución de estos enfermos con la de un grupo de 56 controles
históricos. No se encontraron complicaciones inherentes a la hipotermia,
aunque tampoco hubo diferencias significativas en la morbilidad o
mortalidad a los 6 meses del evento entre los pacientes tratados y el
grupo control.
Tabla 4.
Estudios de hipotermia inducida en
pacientes con ictus agudo
|
Autores |
Tipo de ictus
|
Grupos de
tratamiento |
N
|
Resultados |
Complicaciones
de hipotermia
|
|
Schwab y col
[31] |
Infarto
masivo ACM |
Hipotermia
33oC |
25 |
44%
mortalidad |
60%
arritmias cardiacas, 40% neumonía |
|
Schwab y col
[32] |
Infarto
masivo ACM |
Hipotermia
33oC |
50 |
38%
mortalidad |
70%
trombocitopenia, 62% bradicardia, 48% neumonía
|
|
Georgiadis y col [33] |
Infarto
masivo ACM |
Hipotermia
33oC
Craniectomía |
19
17 |
Mortalidad y
secuelas mayores en hipotermia |
78%
neumonía, 58% bradicardia, 37% trombocitopenia
|
|
Kammersgaard
y col [34] |
Infarto
cerebral |
Hipotermia
35.5oC
Controles
hist |
17
56 |
Diferencias
no significativas en mortalidad o secuelas
|
18%
infecciones |
|
Dippel y col
[35] |
Infarto
carotídeo |
Acetaminofén
3g/d
Acetaminofén
6g/d
Placebo
|
25
26
25 |
No
diferencias en secuelas |
No
complicaciones |
|
Kasner y col
[36] |
Infartos y
hemorragias |
Acetaminofén
4g/d
No
tratamiento
|
20
19 |
No
diferencias en secuelas |
No
complicaciones |
|
Krieger y
col [37] |
Infarto
cerebral post trombolisis |
Hipotermia
32oC
No
tratamiento
|
10
9 |
Diferencias
no significativas en mortalidad o secuelas |
60%
infecciones, 50% bradicardia |
|
Knoll y col
[38] |
Infartos y
hemorragias |
Hipotermia
36oC |
18 |
- - - - - |
No
complicaciones
|
|
El
primer estudio doble-ciego, de hipotermia farmacológica en pacientes con
ictus isquémico fue realizado por Dippel y col [52] en 76 pacientes con
infarto en territorio carotídeo, randomizados a 3 grupos de tratamiento:
placebo, dosis bajas de acetaminofén (3 g/día x 5 días) y dosis altas de
acetaminofén (6 g/día x 5 días). Luego de 24 horas de iniciado el
tratamiento, los pacientes en el grupo de acetaminofén a dosis altas
mostraron una reducción de 0.4oC en la temperatura, comparado
con el grupo placebo o con el grupo de dosis bajas de acetaminofén. Esta
diferencia de temperatura no fue evidente al final del tratamiento. No
hubo efectos adversos pero tampoco hubo diferencia en el grado de
incapacidad a los 28 días del ictus en los 3 grupos de enfermos. En un
estudio similar, Kasner y col [53] randomizaron 39 pacientes con ictus
agudo, a recibir acetaminofén o no tratamiento. No hubo diferencias en la
temperatura luego de 24 horas, ni en el grado de incapacidad a los 7 días
del evento entre los dos grupos de pacientes.
Otro
estudio piloto reciente, valoró la eficacia y seguridad de la hipotermia
moderada en 19 pacientes con ictus isquémico de menos de 8 horas de
evolución, que no habían mejorado luego de trombolisis [54]. Diez fueron
tratados con hipotermia y 9 fueron controles. El protocolo de hipotermia
consistió en el uso de mantas refrigerantes y compresas de agua helada,
hasta alcanzar 32oC durante 12 a 72 horas, con recalentamiento
lento posterior. La complicación más frecuente en los pacientes fue la
bradicardia. No hubo diferencias en la mortalidad de los pacientes que en
los controles (30% vs 22%) y el grado de discapacidad en los
sobrevivientes fue similar (mRS 3.1±2.3 vs 4.2±1.6). Finalmente, Knoll y
col [55] realizaron un estudio de seguridad de hipotermia leve durante 24
horas en 18 pacientes con ictus agudo de menos de 72 horas de evolución,
utilizando una manta refrigerante con el objeto de obtener temperatura 36
a 37oC durante 24 horas, sin empleo de sedación ni relajación
muscular. Ningún paciente falleció durante el procedimiento y solamente
dos habían fallecido luego de 3 meses.
Los
estudios mencionados permiten concluir que la hipertermia en pacientes con
ictus agudo es perjudical y debe ser tratada en todos los casos. Por el
contrario, la hipotermia inducida no debe ser considerada un procedimiento
rutinario hasta que su seguridad y eficacia sea demostrada en estudios a
gran escala [5]. Los pacientes sometidos a hipotermia deben ser
monitorizados para evitar complicaciones inherentes al procedimiento,
tales como hipotensión arterial, neumonía, arritmias cardiacas,
trombocitopenia, coagulopatía o trastornos electrolíticos. Los escalofríos
inducidos por la hipotermia aumentan el consumo de oxígeno y producen
vasoconstricción, por lo que deben ser tratados con meperidina, petidina o
tioridazina [51,55]. Si bien el objetivo ideal parece ser reducir la
temperatura a 32oC o 34oC, esto requiere sedación y
relajación muscular y puede asociarse con efectos adversos importantes
[48,49]. La hipotermia leve (34oC a 36oC) es más
fácil y práctica en pacientes con ictus de intensidad leve o moderada
[51,55,56]. Lo óptimo es inducir hipotermia en las primeras 6 a 12 horas
del ictus agudo y mantenerla por lo menos durante 24 a 48 horas. La
inducción de la hipotermia debe ser mediante el uso de medios físico o
mantas refrigerantes, ya que los antipiréticos no son eficaces para
inducir hipotermia en pacientes normotérmicos [57]. El recalentamiento
debe ser lento, para reducir el riesgo de aumento por rebote en la presión
intracraneal [58]. Lo ideal sería obtener aumentos graduales de 0.2oC
por hora, hasta regresar a una temperatura de 36.5oC.
Control de Volemia y Resistencia Vascular
En la
década de los 70 hubo un interés creciente en la importancia de modificar
factores hemorreológicos en los pacientes con ictus isquémico agudo, con
la finalidad de mejorar la perfusión cerebral. El principio racional de
esta intervención consistía en reducir los niveles de hematocrito, el cual
es el principal determinante de la viscosidad de la sangre [59]. Desde el
punto de vista teórico, una sangre menos espesa circularía mejor por los
capilares y arteriolas intracraneales y perfundiría mejor la zona de
penumbra isquémica. En uno de los primeros estudios al respecto, Thomas y
col [60] demostraron que el FSC es menor en sujetos con hematócrito de 47%
a 53% que en aquellos con valores de 36% a 46%, y que luego de realizar
sangría en los sujetos con hematócrito alto, el FSC mejoraba
considerablemente.
El
primer estudio controlado de hemodilución en pacientes con ictus fue
realizado por Strand y col [61], como un piloto del estudio escandinávico.
En dicho estudio, 102 pacientes con infarto cerebral de menos de 48 horas
de evolución fueron randomizados a recibir hemodilución isovolémica con
dextrano-40 más sangría o terapia convencional. Luego de 3 meses, 85% de
los pacientes hemodiluidos habían mejorado contra 64% de los controles
(p=0.025), diferencia que se mantuvo en un seguimiento a largo plazo de
estos enfermos [62]. Cuando este estudio piloto se transformó en
multicéntrico, incluyendo 373 pacientes, el beneficio de la hemodilución
no fue evidente [63,64]. Por la misma fecha, se publicaron los resultados
del grupo italiano de hemodilución [65]. En este estudio, de diseño
similar a los anteriores, se incluyeron 1267 pacientes con ictus de menos
de 12 horas de evolución, randomizados a recibir hemodilución isovolémica
o terapia convencional. En este trabajo tampoco se encontraron diferencias
significativas en la mortalidad o grado de discapacidad entre los
pacientes y los controles.
Luego
de estos resultados desalentadores, vinieron estudios donde se intentó
hemodilución hipervolémica en pacientes con ictus agudo con el objeto de
mejorar el FSC mediante una reducción en la viscosidad de la sangre junto
con un aumento simultáneo en la pre-carga. Un estudio multicéntrico
realizado en los Estados Unidos utilizó pentastarch más sangrías
controladas, para lograr hemodilución hipervolémica en pacientes con ictus
isquémico de menos de 24 horas de evolución [66]. El estudio tuvo que ser
interrumpido ya que el grupo de pacientes tratados resentó una mortalidad
superior a la del grupo control. Posteriormente, Koller y col [67]
utilizaron un protocolo de hemodilución hipervolémica más agresivo en un
pequeño grupo de pacientes con ictus agudo y observaron un discreto mejor
pronóstico en los pacientes tratados que en los controles. Recientemente,
Asplund [68] realizó un meta-análisis de 18 estudios controlados de
hemodilución, encontrando que este procedimiento no reduce en forma
significativa la mortalidad a las 4 semanas ni a los 6 meses del evento y
no mejora el grado de discapacidad de los sobrevivientes. Por lo tanto,
con el grado de conocimiento actual, es factible concluir que la
hemodilución no se encuentra indicada en pacientes con ictus agudo.
Control de Glicemia
Los
niveles altos de glicemia ejercerían un efecto perjudicial en la zona de
penumbra isquémica favoreciendo la liberación de ácido láctico, la
peroxidación lipídica y la formación de radicales libres, alterando la
permeabilidad de la barrera hemato-encefálica, y favoreciendo el riesgo de
transformación hemorrágica del tejido infartado [69]. De hecho, estudios
experimentales y clínicos han demostrado una relación directa entre
hiperglicemia y mal pronóstico luego de un ictus isquémico, lo que sugiere
que los niveles altos de glicemia exacerban el daño cerebral luego de un
infarto [70-74]. Sin embargo, esta asociación no es sinónimo de causalidad
y es probable que la hiperglicemia observada en los casos más severos sea
simplemente reactiva al daño cerebral pre-existente y favorecida por
liberación excesiva de cortisol y norepinefrina (hiperglicemia de stress)
[75].
Los dos
estudios más gandes que analizan la relación entre hiperglicemia y mal
pronóstico son los de Bruno y col [76] y de Moulin y col [77]. El primero
de ellos es parte de un subanálisis de 1,259 pacientes enrolados en el
TOAST (Trial of ORG 10172 in Acute Stroke Treatment) [76]. En este estudio
se encontró una relación directa entre niveles elevados de glicemia al
ingreso y mal pronóstico a los tres meses del evento, en pacientes con
infarto cerebral de tipo no lacunar; en éstos, el chance de mal pronóstico
aumentó 22% por cada 100 mg/dl de aumento en los niveles de glicemia al
ingreso (p=0.02). De igual manera, Moulin y col [77] estudiaron 2,131
pacientes con ictus agudo (83% isquémico), encontrando que los niveles de
glicemia al ingreso fueron un factor independiente de mal pronóstico.
En el
2001, Capes y col [78] realizaron un meta-análisis de 32 estudios que
hacían referencia a la probable asociación entre hiperglicemia en las
primeras 24 horas del evento, mortalidad de los pacientes con ictus y
grado de discapacidad de los sobrevivientes. En 12 de estos estudios fue
posible analizar la relación entre hiperglicemia y mortalidad en el primer
mes del evento, encontrándose que en pacientes no-diabéticos, la
hiperglicemia triplicó el riesgo de muerte (RR 3.3; 95%CI, 2.3 – 4.6), no
así en los pacientes diabéticos, en los que no hubo relación evidente. En
4 de estos estudios fue posible analizar, por separado, la mortalidad de
los pacientes con ictus isquémico y hemorrágico. En pacientes con infarto,
la relación encontrada previamente se mantuvo; es decir, la hiperglicemia
triplicó el riesgo de muerte en pacientes no-diabéticos, mas no en los
diabéticos. Por el contrario, ésta no influyó en la mortalidad de los
pacientes con hemorragia. En 8 de los 32 estudios se pudo valorar la
relación entre hiperglicemia y riesgo de pobre recuperación funcionalluego
de 6 meses, encontrándose una relación entre ambos.
Existen
estudios que tratan de discernir si la relación hiperglicemia-mal
pronóstico es una simple asociación o implica causalidad.
Christensen y Boysen [79] realizan un estudio de 445
pacientes no-diabéticos admitidos en las primeras 6 horas del ictus, en
los que se determina la glicemia por dos ocasiones en las primeras 12
horas. Se encontró que tanto la mortalidad a los 7 días como el mal
pronóstico a los 3 meses, se correlacionaron directamente con los niveles
de glicemia en la primera y en la segunda toma, sugiriéndose que la
hiperglicemia en los pacientes con mal pronóstico es simplemente reactiva.
Por el contrario, en un estudio de IRM y espectroscopía, Parsons y col
[80] demostraron una relación directa entre hiperglicemia y producción de
lactato en pacientes con ictus isquémico agudo, así como una relación
entre hiperglicemia, tamaño del infarto y mal pronóstico. Estas
correlaciones fueron independientes de la gravedad del ictus inicial,
demostrándose que la hiperglicemia aumenta la producción cerebral de
lactato y favorece la transformación de la penumbra isquémica en tejido
necrótico. En otro estudio, los mismo autores encontraron que la
hiperglicemia persistente es un factor determinante de crecimiento de un
infarto cerebral y que esto se asocia con mal pronóstico [81].
Existen
algunos estudios que valoran la relación entre hiperglicemia al ingreso y
pronóstico luego de realizar trombolisis (Tabla 5). En el PROACT II
Trial, 174 pacientes con infarto agudo fueron randomizados a recibir
prourokinasa recombinante más heparina (110 casos) o heparina sola (64
casos) [82]. Doce de los 110 pacientes tratados (11%) desarrollaron una
hemorragia sintomática; el riesgo de hemorragia fue significativamente
mayor en pacientes con niveles de glicemia mayores de 200 mg/dl al ingreso
(36% vs 9%, p=0.022). Bruno y col [83], en 624 pacientes del NINDS-rt-pA
Trial, encontraron niveles promedio de glicemia de 144 ± 68 mg/dl en
los pacientes que mejoraron y de 160 ± 84 mg/dl en aquellos que no
mejoraron; a medida que aumentaba el nivel de glicemia, el chance de
mejoría se reducía. Por otra parte, los autores encontraron que el riesgo
de transformación hemorrágica del infarto era mayor en pacientes con
hiperglicemia al ingreso. Los pacientes que experimentaron transformación
hemorrágica tuvieron niveles promedio de glicemia de 187 ± 114 mg/dl,
mientras que el promedio en aquellos que no sangraron fue de 148 42 mg/dl;
por cada 100 mg/dl de aumento en los niveles de glicemia, el riesgo de
sangrado aumentó 1.75 veces. Llama la atención, sin embargo, que en otro
análisis restringido solo al grupo de 312 pacientes que recibieron r-TPA,
niveles de glicemia de 300 mg/dl al ingreso no fueron factor predictivo
para el desarrollo de hemorragia [84]. En otra serie que incluyó 31
pacientes, Els y col [85] encontraron relación directa entre hiperglicemia,
mal pronóstico y tamaño del infarto (p=0.005). Finalmente, Alvarez-Sabín y
col [86] evaluaron 73 pacientes sometidos a trombolisis con r-TPA,
encontrando que la hiperglicemia se asoció con pronóstico desfavorable
solo en aquellos que presentaron recanalización temprana (p=0.019). Estos
hallazgos sugieren que el efecto perjudicial de la hiperglicemia se
relacionado con la reperfusión de la zona de penumbra isquémica y el
favorecimiento de acidosis láctica a dicho nivel.
|
Tabla 5.
Estudios que muestran asociación entre pronóstico y niveles de
glicemia en pacientes con infarto cerebral agudo sometidos a
trombolisis.
|
Estudio |
Pacientes |
Resultados |
|
Els et al [85]
|
31 ptes sometidos a trombolisis
(14 con hiperglicemia) |
Mejor pronóstico en ptes con normoglicemia
(p<0.05).
Mayor tamaño del infarto en ptes con hiperglicema
(p<0.05) |
|
Bruno et al [83]
|
624 ptes randomizados a trombolisis o placebo |
Peor pronóstico en ptes con hiperglicemia
(p=0.01).
Mayor riesgo de hemorragia en ptes con
hiperglicemia (p=0.02). |
|
Kase et al [82]
|
110 ptes sometidos a trombolisis |
Mayor riesgo de hemorragia en ptes con
hiperglicemia (p=0.02). |
|
Alvarez-Sabin et al [86]
|
73 ptes sometidos a trombolisis
(31 con hiperglicemia) |
Relación entre mal pronóstico, hiperglicemia y
reperfusión (p=0.019) |
|
Existe
evidencia que la reducción de niveles elevados de glicemia mediante el uso
de insulina reduce el daño cerebral en modelos animales de infarto
cerebral [87]. A la fecha, el único ensayo clínico de tratamiento de
hiperglicemia en ictus agudo, es un estudio de seguridad publicado por
Scott y col [88] en el que administró una infusión contínua de insulina en
solución glucosada con sulementos de potasio, o solución salina a 53
pacientes. Solamente uno de los 25 pacientes randomizados a insulina
desarrolló hipoglicemia sintomática, concluyéndose que la infusión IV
contínua de insulina es segura en estos enfermos. Actualmente se encuentra
en progreso un estudio multicéntrico de efectividad de dicho regimen en
pacientes con ictus agudo.
En
resumen, se ha demostrado una asociación entre hiperglicemia y mal
pronóstico en pacientes con ictus agudo. Aunque no existe consenso sobre
la causalidad de dicha asociación, la evidencia actual parece sugerir que
la hiperglicemia es, al menos parcialmente, responsable del mal pronóstico
al facilitar la transformación necrótica de la penumbra isquémica. Resta
por saber si la terapia con insulina mejorará el pronóstico de estos
enfermos.
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