Pseudotumor
cerebral: análisis de nuestra casuística y revisión de la literatura
S.
Santos, L.J. López del Val, L.F. Pascual, E. Mostacero, C. Tejero, T.
Casadevall, F. Morales
Servicio de Neurología. Hospital Clínico
Universitario Lozano Blesa. Zaragoza, España.
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Correspondencia: Dra. Sonia Santos. Servicio
de Neurología. Hospital Clínico Universitario
Lozano Blesa. San Juan Bosco, 15.
E-50009
Zaragoza, España
Publicado en REV NEUROL 2001;33:1106-11 y reproducido gracias a un acuerdo de
colaboración de la Federación de Revistas Neurológicas en Español.
Resumen.
Introducción.
El pseudotumor cerebral (PC) es un síndrome complejo caracterizado por un
aumento de la presión intracraneal (PIC) en ausencia de proceso
expansivo, en general autolimitado aunque con frecuencia recidiva. El
diagnóstico se basa en el registro del aumento de la PIC que será
superior al límite de 250 mmH20.
Su morbilidad radica básicamente en la posible pérdida visual asociada
por la atrofia del nervio óptico. Cuando la etiología es desconocida
esta entidad clínica se denomina hipertensión intracraneal idiopática.
Pacientes y métodos. Presentamos las principales características de una
serie de pacientes ingresados en nuestro servicio con el diagnóstico de
PC y revisamos la literatura al respecto. Resultados. Ingresaron con el
diagnóstico de PC 14 pacientes (12 mujeres y 2 varones). Doce pacientes
empezaron con cefalea asociada o no a clínica visual. Los principales síntomas
visuales fueron el oscurecimiento visual transitorio, escotomas, fotopsias
y disminución de la agudeza visual. La cefalea fue holocraneal, continua
y bien tolerada, o por el contrario uni o bilateral, pulsátil, moderada,
con o sin fotofonofobia y con o sin náuseas o vómitos. En todos los
pacientes se objetivó papiledema bilateral. En un caso existía además
paresia facial bilateral y rigidez cervical. La campimetría fue patológica
en cuatro casos (escotoma inferonasal, reducción concéntrica bilateral).
La evolución fue tórpida en tan solo un caso. Conclusión. A pesar de su
teórica benignidad y de las múltiples posibilidades terapéuticas, el PC
puede generar una gran morbilidad visual que obliga a un precoz diagnóstico
y a un estrecho seguimiento evolutivo.
Summary.
Introduction.
Pseudotumor cerebri (PC) is a complex syndrome characterized by increased
intracranial pressure in the absence of any space occupying lesion,
usually self-limiting, but often relapsing. Diagnosis is based on a record
of intracranial pressure of over a limit of 250 mmH2O.
Morbidity is basically due to possible loss of vision associated with
atrophy of the optic nerve. When the aetiology is unknown this clinical
condition is known as idiopathic intracranial hypertension. Patients and
methods. We describe the principal characteristics of a series of patients
who were admitted to our department with the diagnosis of PC and review
the relevant literature. Results. Altogether 14 patients (12 women and 2
men) were admitted with the diagnosis of PC. In 12 patients the disorder
presented with headache, with or without associated symptoms of disorders
of vision. The main visual symptoms were transient darkening of vision,
scotomas, photopsias and reduction in visual acuity. The headache was
holocranial, continuous and well-tolerated or alternatively uni- or
bilateral, pulsatile, moderate, with or without photophobia, and with or
without nausea and vomiting. Bilateral papilloedema was seen in all
patients. In one case there was also bilateral facial palsy and neck
rigidity. In four cases visual field measurement were abnormal
(inferoneasal scotoma, bilateral concentric reduction). Progress was poor
in only one case. Conclusion. In spite of being theoretically benign, and
there being many forms of treatment, PC may cause considerable morbidity
of vision. Therefore, early diagnosis and close follow-up attention is
essential.
INTRODUCCIÓN
Descrito por Quickne [1] en 1897, el pseudotumor cerebral (PC) es un síndrome
complejo caracterizado por un aumento de la presión intracraneal (PIC) en
ausencia de proceso expansivo, en general autolimitado, aunque recidiva
con frecuencia. El diagnóstico debe basarse en los criterios de Dandy
[2,3] modificados y en el registro del aumento de la PIC, que será
superior al límite de 250 mmH2O
propuesto por Corbett y Mehta [4]. Afecta mayoritariamente a mujeres jóvenes
y con sobrepeso [5-7], y su morbilidad radica básicamente en la posible pérdida
visual asociada por la atrofia del nervio óptico. Cuando se desconoce la
etiología, esta entidad clínica se denomina hipertensión intracraneal
idiopática (HII). Presentamos las principales características de una
serie de pacientes ingresados en nuestro servicio con el diagnóstico de
PC y revisamos la literatura al respecto.
PACIENTES Y MÉTODOS
Se revisan 14 pacientes diagnosticados de
PC, ingresados en nuestro servicio en los últimos cinco años.
RESULTADOS
La edad media fue de 31,43 años (DE, 14,45;
intervalo, 14-66 años). El 85,7% eran mujeres, y el 14,3%, varones. La
existencia de sobrepeso como factor de riesgo se constató en siete
pacientes (50%). La sintomatología predominante fue la cefalea sin clínica
visual en el 57,1% de los casos (ocho pacientes); en el 28,6% (cuatro
pacientes) existía cefalea asociada a disminución del campo visual, y la
alteración visual aislada fue el único síntoma en dos pacientes
(14,3%). El patrón de cefalea fue holocraneal, continua, de intensidad
leve, en seis pacientes; uni o bilateral, pulsátil, con o sin
foto/fonofobia, con o sin náuseas o vómitos, de intensidad moderada, en
cinco pacientes; unilateral, continua, con náuseas y de intensi-dad
leve-moderada, en un paciente. La clínica visual consistió en
oscurecimientos visuales transitorios (35,71%), disminución de la agudeza
visual (7,14%), escotomas (21,42%) y fotopsias (7,14%). El estudio campimétrico
resultó patológico en cuatro casos (28,6%): escotoma inferonasal, en dos
pacientes, y reducción concéntrica del campo visual bilateral, en las
otras dos (Fig. 1). Se constató la presencia de papiledema bilateral en
todos los pacientes (100%). Una paciente presentó acúfenos objetivos
unilaterales. En otro caso, la exploración neurológica reveló una
paresia facial bilateral y rigidez cervical. El estudio de neuroimagen y
el análisis de líquido cefalorraquídeo (LCR) –bioquímica, serología,
citología e inmunidad– resultaron normales en todos los casos. El
tratamiento con acetazolamida asociado a punciones lumbares evacuadoras
(en dos pacientes) logró la remisión clínica en todos los casos, a
excepción de uno, en el cual la campimetría no se modificó a pesar de
la desaparición de la cefalea y del papiledema (Fig. 1).
DISCUSIÓN
El PC constituye una manifestación clínica
frecuente en las alteraciones de la PIC y como tal se recoge en la
Clasificación Internacional de las Cefaleas de la International Headache
Society (IHS), de 1988 [8]. La incidencia de este cuadro clínico es de
aproximadamente 1 por 100.000 habitantes, que aumenta a 19-24 por 100.000
habitantes en el grupo de mujeres obesas con edades comprendidas entre 14
y 44 años [9,10]. Los criterios diagnósticos admitidos en la actualidad
son: presencia de síntomas y signos de hipertensión intracraneal, de síntomas
visuales, o de ambos; presencia de papiledema, generalmente bilateral
–existen casos excepcionales que cursan sin papiledema [11]–; ausencia
de síntomas y signos neurológicos focales y de alteración del nivel de
conciencia –la paresia del VI par no excluye el diagnóstico–;
ausencia de lesión cerebral en las pruebas de neuroimagen y LCR de
composición normal –puede existir un aumento de proteínas–, y presión
elevada.
Alberca [12] y Sureda [13] distinguen cuatro
grupos de casos idiopáticos con una c onducta posiblemente diferente en
cada grupo: niños –se dice que el pronóstico es mejor que en los
adultos–, niñas entre 11 y 15 años –la menarquia coincide con el
inicio del cuadro clínico–, pacientes mayores de 40 años –predominio
del sexo masculino– y, por último, pacientes de entre 20 y 40 años
–con un predominio absoluto de las mujeres–. El pronóstico para la
visión es peor en el tercer grupo. Estudios recientes han demostrado que
la clínica cursa de forma similar en ambos sexos, aunque destaca el mayor
predominio de la obesidad como factor de riesgo en las mujeres [14]. Una
de las principales características de esta entidad es su gran
variabilidad en cuanto a su sintomatología. Podemos encontrar a pacientes
con una cefalea incapacitante, mientras que en otros casos cursa de forma
asintomática y sólo se aprecia una insidiosa constricción del campo
visual. Semiológicamente, por tanto, el PC se puede manifestar de cuatro
formas distintas: aparición de síntomas de hipertensión intracraneal
(cefalea, náuseas, vómitos, diplopía), instauración aislada de síntomas
visuales (oscurecimientos visuales fugaces, visión borrosa, disminución
de la agudeza visual), coexistencia de síntomas de hipertensión
intracraneal y visuales, y por último, descubrimiento de un papiledema
aislado en un examen oftalmológico de rutina. La cefalea constituye el síntoma
más frecuente (75-99%), aunque no siempre aparece [5]. Cuando lo hace,
suele ser holocraneal, continua, diaria y generalmente bien tolerada.
Mejora tras la evacuación de LCR, de tal modo que si esta mejoría no se
produce debe cuestionarse el diagnóstico de PC. Algunos pacientes
describen un claro empeoramiento tras el despertar. Puede incrementar su
intensidad con los movimientos oculares y, en ocasiones, asocia náuseas,
vómitos, fotofobia y fonofobia, que recordarían una crisis de migraña.
En este sentido se ha descrito la coexistencia de PC sin papiledema y
migraña transformada en cefalea crónica diaria [15-17]. Las alteraciones
visuales son también relativamente frecuentes (30-68%): oscurecimiento
visual fugaz, disminución de la agudeza visual y visión borrosa. El
oscurecimiento visual fugaz o transitorio tiene una duración de apenas
unos segundos y es uni o bilateral. Típicamente, el paciente no pierde la
visión por completo, sino que lo refiere como un oscurecimiento parcial
mono o binocular, generalmente relacionado con cambios de posición o del
globo ocular [18]. Probablemente se deba más al edema papilar (estasis
axoplásmica) que a fenómenos de isquemia transitoria en la región de la
cabeza del nervio óptico [19]. No se correlacionan con el grado de edema
ni con la pérdida visual. Pueden coexistir otros síntomas como diplopía
(20-36%) –típicamente horizontal por parálisis del VI par– ,
escotomas centelleantes o fotopsias [20], náuseas, ruidos in-tracraneales
[21] (0-60%) –muy comunes, uni o bilaterales, y con buena respuesta a la
punción lumbar– y rigidez de cuello [22]. El acúfeno que aparece en
estas pacientes es pulsátil y de tono grave, y parece explicar la
hipoacusia [23,24] de tonos graves que presentan algunas de estas
pacientes probablemente debido al efecto enmascarador del acúfeno. Se ha
descrito también deterioro cognitivo [25], parálisis facial uni o
bilateral [26-29], acorchamiento y parestesias en manos y pies [22],
artralgias [22] –rodillas, muñecas y hombros–, dolor en la región
lumbar [22,30] –con posible irradiación por una o ambas extremidades
inferiores, pared abdominal y tórax–, plexopatía braquial [31] e
inestabilidad en la marcha [22]. La marcha atáxica se atribuye a un
componente de hipotensión ortostática asociado; una irritación en la
vaina de las diferentes raíces medulares explicaría el dolor lumbar, las
parestesias en manos y pies, la braquialgia y la rigidez de cuello.
En la exploración neurológica, el hallazgo
más característico es la presencia de papiledema (98-100%), aunque se
han descrito también pacientes con PC sin papiledema [11]. Aunque es asimétrico,
rara vez es unilateral; siempre se objetiva cuando la clínica cursa con pérdida
del campo visual, aunque ello no implica que siempre deba existir dicha pérdida.
En este sentido, algunos pacientes cursan con papiledema durante años y
con un estudio campimétrico compatible con la normalidad. En ocasiones
(14-35%) puede apreciarse también una paresia del VI par no localizadora,
relacionada con aumentos bruscos de la PIC con diplopía horizontal
secundaria. Más infrecuente es la diplopía vertical por parálisis del
IV par [32,33]. La presencia de una oftalmoparesia global obliga a
descartar una patología subyacente. La parálisis de los oculomotores
remite cuando la PIC se normaliza [34].
La presión del LCR debe estar siempre elevada, y el análisis bioquímico,
microbiológico y citológico, compatible con la normalidad, a excepción
de una posible hipercitosis y una moderada hiperproteinorraquia. Se acepta
como criterio diagnóstico una presión superior a 250 mmH2O
en pacientes con sobrepeso y superior a 200 mmH2O en el resto de casos. Como la presión del LCR
fluctúa, debe repetirse la punción cuando la sospecha de PC es alta y la
determinación de PIC ha resultado normal [35]. La neuroimagen debe
realizarse previamente a la punción lumbar para descartar la presencia de
un proceso expansivo intracraneal. Se ha descrito clásicamente una
disminución del tamaño ventricular sin que ello constituya un indicador
pronóstico; no obstante, estudios posteriores han demostrado que no
existen diferencias en el tamaño ventricular.
Otros hallazgos en la neuroimagen son: silla turca vacía (en el 64% de
los pacientes), incremento del espacio subaracnoideo y, en un pequeño
porcentaje de casos, una malformación de Chiari tipo I [36-38]. En
aquellos pacientes en los cuales se sospeche la existencia de una
trombosis venosa deberá realizarse una angiorresonancia.
El pronóstico de la enfermedad es variable
y una proporción nada desdeñable de pacientes puede desarrollar una pérdida
del campo visual (3-51%) de moderada a grave, correspondiendo estos casos
a lo que Fontoura et al [39] denominan ‘lado maligno del espectro clínico’.
Además de la constricción visual, el paciente puede presentar disminución
de la agudeza visual (2-25%), típicamente en fases tardías de la
enfermedad y generalmente secundaria a afectación de la mácula (edema,
pliegues coriorretinianos). La constricción visual cursa de forma
insidiosa e impredecible [40] y muchas veces pasa desapercibida
inicialmente al afectar a la periferia del campo; el hallazgo más
frecuente es el déficit del cuadrante nasal inferior. Se han descrito
también escotomas centrales, centrocecales, altitudinales y arqueados
[41]. Podemos encontrar también un aumento en el diámetro de la mancha
ciega, que puede persistir tras la resolución del cuadro [42].
Del análisis de las series publicadas en la
literatura se deduce que no existen criterios clínicos ni analíticos que
permitan predecir qué casos van a evolucionar mal [39]. Sabemos, sin
embargo, que la mayor duración de los síntomas asociados a la hipertensión
intracraneal antes del diagnóstico se relaciona con un pronóstico visual
más pobre. Si la duración de la fase prediagnóstica resulta superior a
un mes, el pronóstico visual es pobre en el 20-25% de los casos [40].
Todavía debe definirse el límite de afectación a partir del cual la
recuperación es imposible con tratamiento médico y que, por tanto, sería
subsidiario de tratamiento quirúrgico.
El control evolutivo [43] debe realizarse
inicialmente de forma mensual durante los 6-12 meses siguientes al diagnóstico,
retrasando las visitas si no se aprecia cambio alguno. Se practicará
siempre examen fundoscópico, estudio campimétrico, medición de la presión
intraocular, estudio de la agudeza visual y exploración del reflejo
pupilar. Es frecuente encontrar una discreta borrosidad en el borde nasal
de la papila tras la remisión del papiledema.
La monitorización del cuadro clínico con
el tamaño de la mancha ciega es una técnica útil y fácil de realizar,
y puede evitar la práctica de punciones lumbares de repetición [18,44].
Los potenciales evocados visuales se utilizan aunque la información que
aportan resulta escasa, ya que no son capaces de detectar la afectación
del campo visual periférico y la latencia se altera cuando el daño en el
disco óptico ya es grave [45].
Los únicos factores de riesgo asociados a
esta entidad son la obesidad y el aumento de peso durante los 12 meses
previos al diagnóstico [46]. En algunas series, las alteraciones
menstruales, el sexo femenino, la menarquia, el embarazo y el
empleo de anticonceptivos orales no se han asociado de forma significativa
a esta entidad [18]. Se ha pensado en una posible participación
endocrinológica en la etipatogenia del PC, sin que dicha relación se
haya probado aún. Se ha descrito también como complicación de la
insuficiencia renal crónica [47] y se discute su asociación a la
hipertensión arterial [18].
La fisiopatología del PC todavía se
desconoce, aunque la teoría más aceptada es la existencia de una
alteración en la circulación del LCR, bien por un aumento en la producción
de éste, bien por una disminución de la reabsorción en las
granulaciones aracnoideas. Se propone también como mecanismo patogénico
el aumento mantenido de la presión venosa, la existencia de edema
cerebral vasogénico o el aumento de flujo sanguíneo cerebral [7].
No se ha aclarado todavía por qué esta
alteración de la circulación del LCR se produce sobre todo en mujeres jóvenes
y obesas. Además, el hallazgo de un menor tamaño ventricular en algunos
pacientes no cuestiona la teoría de la disminución de la reabsorción de
LCR, como ha d emostrado Levine [48]. En este sentido, utilizando técnicas
de cisternografía radioisotópica se ha comprobado que la reabsorción de
LCR disminuye cinco veces en el PC. Pero, ¿por qué disminuye la
reabsorción de LCR? El plexo coroideo, lugar de producción del LCR, está
inervado por el sistema nervioso simpático y en él se encuentra la mayor
densidad de receptores de la serotonina 5-HT1c del cerebro; estudios
recientes han encontrado niveles reducidos de serotonina y norepinefrina
en la sangre de pacientes con PC, probablemente secundarios a una disfunción
de la enzima monoamino-oxidasa que cataboliza ambos neurotransmisores
[49-51]. Esta alteración de la serotonina explicaría la mayor incidencia
de obesidad y depresión en estos pacientes, así como el aumento de la
PIC por incremento de la producción de LCR en el plexo. También se han
encontrado niveles elevados de vasopresina en LCR con valores plasmáticos
dentro de la normalidad en pacientes con esta entidad y en pacientes con
edema ortostático –en ocasiones coexisten ambos cuadros clínicos
[52]–, que podrían ser responsables del aumento de la PIC por disminución
de la reabsorción del líquido [52-55]. Diferentes procesos se han
relacionado con la HII (Tabla I) [56]. El tratamiento (Tabla II) del PC
tiene dos objetivos fundamentales: conseguir la remisión de los síntomas
y preservar la función visual del paciente evitando las posibles secuelas
[43], de tal modo que el hallazgo casual de un incremento de la PIC en un
paciente asintomático no es indicación de tratamiento, pero sí de
control periódico de la función visual, sobre todo si el paciente
presenta un papiledema bilateral. Al margen del tratamiento farmacológico,
el paciente, si tiene sobrepeso, debe seguir un régimen estricto porque
la pérdida de peso se ha relacionado con una disminución significativa
en la duración de la enfermedad [57]; también debe indicarse restricción
hidrosalina en todos los casos y, en la medida de lo posible, evitarse los
factores de riesgo implicados (consumo de anticonceptivos orales, por
ejemplo). En casos con obesidad mórbida se han realizado gastroplastias y
derivaciones gástricas con el fin de facilitar la reducción de peso,
conseguir la remisión del papiledema y la cefalea, y normalizar la PIC
[58]. La realización de punciones evacuadoras de repetición resulta
controvertida por su escaso resultado y por las molestias que ocasionan al
paciente; muchas veces basta con una o cuatro punciones en las primeras
2-4 semanas. El tratamiento farmacológico se basa en el empleo de
inhibidores de la anhidrasa carbónica (acetazolamida), que actúan
disminuyendo la producción de LCR en el plexo coroideo. También han
demostrado su beneficio terapéutico los diuréticos, los agentes osmósticos
como el manitol al 20% (0,5-1 g/kg de peso en bolos cada 4-6 h) y el
glicerol (15-60 mg/4 h) y, por último, los corticoides [43,59-62].
Tabla
II. Tratamiento del pseudotumor cerebral (PC).
|
Tratamiento
conservador
-
Restricción
hidrosalina en todos los casos
-
Dieta hipocalórica
en caso de sobrepeso
-
Control de
los factores de riesgo
Tratamiento
farmacológico
-
Inhibidores
de la anhidrasa carbónica: acetazolamida (1-2 g/día)
-
Diuréticos:
furosemida (20-80 mg/12 h), triamterene, espironolactona
-
Agentes osmóticos:
manitol al 20% (0,5-1 g/kg de peso en bolos cada
-
4-6 h),
glicerol (15-60 mg/4 h)
-
Esteroides:
prednisona (40-60 mg/día)
-
Punciones
lumbares evacuadoras
Tratamiento
quirúrgico
|
Tabla I. Procesos relacionados con la
hipertensión intracraneal idiopática (HII).
Trastornos
hematológicos
Alteraciones endocrinas
-
Embarazo,
menarquia y alteraciones menstruales
-
Obesidad
-
Terapia
corticoidea y supresión de la misma
-
Enfermedad de
Cushing y Addison
-
Hiper e hipoparatiroidismo e
hipotiroidismo
-
Tratamiento
con hormonas tiroideas y con hormona del crecimiento en niños
Fármacos
-
Hipervitamina
A
-
Tetraciclinas
-
Quinolonas
-
Fenotiacinas
-
Amiodarona
-
Litio
-
Sulfametoxazol
-
Anticonceptivos
orales
-
Cocaína
Procesos que cursan con
hiperproteinorraquia
Miscelánea
|
La acetazolamida ha probado su eficacia en
el 75% de los pacientes [63], en dosis de 1 a 4 g/día –el esquema
propuesto en la literatura es empezar con 250 mg cuatro veces al día e ir
incrementando la dosis 250 mg/día hasta alcanzar los 500 mg cuatro veces
al día para, tras constatar mejoría, disminuir de forma progresiva
[64]–. Sus principales efectos secundarios son: parestesias, fatiga,
alteración del gusto, cálculos renales y acidosis metabólica. En la
figura 2 se aprecia mejoría de la campimetría en una paciente
diagnosticada de PC a la cual se trató con acetazolamida. Los diuréticos
actúan reduciendo también la producción de LCR; el más utilizado es la
furosemida (20-80 mg/12 h). Otros diuréticos –tiacida, triamterene,
espironolactona– se han utilizado con resultados variables [40]. Los dos
últimos son de elección en aquellos pacientes con alergia al grupo
‘sulfa’ y que, por tanto, no tolerarían la acetazolamida ni la
furosemida. El empleo de esteroides –prednisona, 40-60 mg/día, o la
cantidad equivalente de dexametasona, con disminución de la dosis a lo
largo de 2-4 semanas– es eficaz durante un corto período [59], ya que
producen un rápido descenso de la PIC. Sin embargo, los efectos
secundarios, sobre todo en pacientes obesas (aumento de peso, retención
de líquidos), cuestionan su uso de forma crónica. Se aconseja su
administración en aquellos casos que no mejoran con acetazolamida y
existe pérdida visual importante. Se han descrito casos de PC secundarios
a la suspensión del tratamiento crónico con esteroides (efecto rebote) o
bien al uso indefinido de éstos [65,66]. Algunos estudios consideran
efectivo el tratamiento con diuréticos y acetazolamida asociados, manteniéndolo
de 6 a 18 meses [67].
Cuando el paciente no presenta afectación de la función vi-sual se
pueden aplicar terapias antimigrañosas para el alivio de la cefalea. En
el supuesto de que exista un embarazo en curso, no existe un riesgo añadido
para el feto y el tratamiento es básicamente similar, aunque no se
recomienda el empleo de diuréticos [68]. La acetazolamida puede
utilizarse a partir de la 20.ª semana de gestación. Si existe una pérdida
visual se recomienda el uso de corticoides. No se contraindica el
tratamiento quirúrgico, aunque existe el riesgo teórico de disfunción
de la derivación (shunt) por obstrucción del catéter peritoneal, secundario al aumento del tamaño del útero [69]. No existe acuerdo sobre cuándo
aplicar el tratamiento quirúrgico; las dos principales indicaciones son
el deterioro progresivo de la función visual y la persistencia de la
hipertensión intracraneal. Las técnicas quirúrgicas más utilizadas son
la derivación del LCR mediante una derivación lumboperitoneal, que puede
lograr la remisión de la pérdida visual [70,71] ,o bien la práctica
descompresión del nervio óptico a través de una orbitotomía lateral,
que algunos autores siguen considerando como la técnica de elección por
su seguridad y por conseguir la regresión o estabilización de los síntomas
visuales en un elevado número de pacientes [72,73]. Las complicaciones más
frecuentes de la derivación son la obstrucción, migración o infección
del catéter, el dolor abdominal, la hipotensión intracraneal o la
radiculopatía lumbar [71,74,75]. En ocasiones, un leve deterioro visual
puede ser el único síntoma [76]. Por su parte, la descompresión del
nervio óptico puede causar ceguera transitoria y neuropatía óptica isquémica
[77,78]. Es difícil comparar los resultados de ambas técnicas porque las
características de los pacientes tratados difieren de unas series a
otras. La elección de uno u otro procedimiento dependerá, por tanto, del
tipo de paciente y de la viabilidad de la ventana orbitaria.
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