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Aspectos
Prácticos de las Infecciones Bacterianas del Sistema Nervioso Central
Dr.
Oscar H. Del Brutto
Departamento
de Ciencias Neurológicas, Hospital-Clínica Kennedy, Guayaquil-Ecuador. -
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Dr. Oscar H. Del Brutto, PO Box (09-01)
3734, Guayaquil Ecuador. Meningitis bacteriana aguda (Meningitis piógena)
Epidemiología. El impacto de la meningitis
piógena como problema de salud pública es variable, con incidencia de 5
a 10 casos por 100.000 habitantes en EEUU y de más de 50 casos por
100.000 habitantes en países en desarrollo. El hacinamiento, la pobreza y
la falta de educación, son factores determinantes de dicha incidencia. La
meningitis piógena suele afectar individuos en edades extremas de la
vida, reportándose el 80% de los casos en niños menores de 5 años y en
ancianos. El alcoholismo, la presencia de enfermedades debilitantes y los
traumas de cráneo, favorecen el desarrollo de meningitis piógena en jóvenes
y adultos. Etiología.
En conjunto, el Haemophilus influenzae tipo b (Hib), la Neisseria meningitidis (meningococo) y el Streptococcus pneumoniae (pneumococo), son responsables del 70% de
las meningitis piógenas. El Hib afecta niños de 6 meses a 6 años de
edad y aunque ésta era la causa más frecuente de meningitis hasta hace 2
décadas, la introducción de la vacuna anti-Hib ha reducido
considerablemente su incidencia, por lo menos en países desarrollados. El
meningococo produce meningitis en niños y adolescentes y suele
presentarse en forma de brotes epidémicos aislados, a excepción del
Africa sub-Sahárica, donde ocurre en epidemias recurrentes. El pneumococo
afecta individuos mayores de 30 años, especialmente aquellos con mieloma
múltiple, anemia de células falciformes, cirrosis hepática y
alcoholismo. Además de los agentes mencionados, diversos bacilos
Gram-negativos (Escherischia coli,
Klebsiella pneumoniae, Pseudomonas
ssp., Proteus, Citrobacter, Serratia),
los Streptococcos del grupo B y la Listeria
monocytogenes son causa cada vez más frecuente de meningitis, no solo
en neonatos, sino en adultos y ancianos con alcoholismo, diabetes, cáncer
u otros procesos debilitantes. Otras bacterias, como el Staphylococcus aureus, el Staphylococcus
epidermidis y una serie de bacterias anaeróbicas (Bacteroides fragilis, Fusobacterium
spp., Clostridium spp.)
causan meningitis bajo circunstancias específicas tales como traumas de
cráneo, procedimientos neuroquirúrgicos, endocarditis infecciosa,
sinusitis, otitis y abscesos dentales. Fisiopatología. El primer evento en el
desarrollo de una meningitis piógena es la invasión de las leptomenínges
por bacterias, cuando éstas atraviezan la barrera sangre-LCR, o entran al
espacio subaracnoideo a partir de una infección contigua o por implantación
directa (traumas de cráneo, procedimientos neuroquirúrgicos). Las
bacterias piógenas desencadenan una reacción inflamatoria aguda, con
formación de un exudado purulento secundario a migración de neutrófilos
y macrófagos. Esto condiciona angeitis con oclusión de vasos de pequeño
y mediano calibre. El exudado inflamatorio compromete la corteza cerebral
y condiciona edema cerebral. Otras alteraciones son: aumento de
permeabilidad en la barrera hemato-encefálica, pérdida de autoregulación
de los vasos sanguíneos, y liberación de citokinas, óxido nítrico y
factor de necrosis tumoral. Estos cambios son responsables de los
hallazgos histopatológicos observados en la meningitis piógena,
incluyendo engrosamiento de leptomenínges, trombosis arterial y venosa,
infartos cerebrales, hemorragias petequiales y edema cortical. Cuadro clínico. El inicio es agudo, con
cefalea, fotofobia, irritabilidad, fiebre y deterioro de conciencia. Son
frecuentes las crisis convulsivas y los signos focales secundarios a
infarto cerebral. La mayoría de los pacientes tienen rigidez de nuca y
signos de irritación meníngea (Kernig y Brudzinski), aunque su ausencia
no excluye el diagnóstico. En ancianos, hay que diferenciar la rigidez de
nuca de la resistencia a la flexión pasiva del cuello secundaria a
osteoartrosis. En esta última, existe resistencia tanto a los movimientos
de flexión como a los de rotación, mientras que en la rigidez de nuca
solamente existe resistencia a la flexión. En neonatos y lactantes las únicas
manifestaciones de la meningitis piógena pueden ser hipotermia,
irritabilidad y aumento en la tensión fontanelar. La presencia de una
erupción maculopapular o petequial es sugestiva de meningococemia; en
algunos casos, este cuadro se complica con coagulación intravascular
diseminada y sepsis (síndrome de Waterhouse-Friderichsen). En ancianos
puede faltar la fiebre, y la meningitis se manifiesta exclusivamente como
un síndrome confusional. La L.
monocytogenes puede simular inicialmente un cuadro de disfunción del
tallo cerebral, con ataxia, nistagmo y oftalmoplejía. Diagnóstico. La punción lumbar es el
procedimiento de elección para el diagnóstico de la meningitis piógena.
En pacientes con edema de papila o con signos focales, es prudente
realizar TC o IRM para descartar la presencia de una masa ocupativa
intracraneal que contraindique la punción. El LCR suele encontrarse
turbio, con presión de apertura mayor de 250 mmH20. El análisis
citoquímico revela aumento de células y de proteínas, y niveles bajos
de glucosa. La pleocitosis es mayor de 1.000 cel/mm3, con
predominio polimorfonuclear, aunque al inicio del cuadro o en pacientes
que han recibido tratamiento previo, ésta puede ser de tipo linfocitaria.
Las proteínas se elevan en el rango de 100 a 500 mg/dl y la glucosa suele
ser menor de 40 mg/dl. Los niveles de glicemia influyen en la glucorraquia
y es prudente obtener determinación simultánea de glucosa en sangre y
LCR, recordando que la relación normal es de 0,6. Es frecuente encontrar
niveles elevados de lactato (>3,8 mmol/L) y de proteína C reactiva
(>100 ng/ml) en el LCR de estos enfermos. La tinción de Gram
identifica el agente causal en el 60% a 80% de los casos. Las técnicas de
coaglutinación, así como los cultivos de LCR y la determinación de ADN
bacteriano mediante PCR, son de gran valor para identificar el agente
causal. La TC e IRM son de poca utilidad diagnóstica en la meningitis piógena
ya que pueden ser normales o mostrar alteraciones no específicas tales
como reforzamiento anormal de leptomeninges basales, hidrocefalia o
infartos cerebrales. Tratamiento. El principal factor pronóstico
adverso en la meningitis piógena es la demora en el tratamiento, por lo
que éste se inicia en forma empírica con antibióticos que ataviezen la
barrera hemáto-encefálica y que tengan acción contra las bacterias
implicadas en cada caso en particular. Se utilizan dosis que superen 10
veces la concentración bactericida mínima de cada antibiótico (Tabla
I). La ceftriaxona es una excelente droga de primera línea para la mayoría
de las meningitis piógenas, con excepción de las que se sospecha S.
aureus; en esos casos se utiliza oxacilina o vancomicina. En ancianos
o inmunosuprimidos es prudente, además de ceftriaxona, iniciar con
ampicilina por la sospecha de L.
monocytogenes como agente causal. Con los resultados del cultivo de
LCR es factible modificar el esquema inicial, dependiendo del caso. Los
antibióticos se continúan por 10 días y en los casos con evolución
satisfactoria, no es necesario realizar una nueva punción lumbar al final
del tratamiento. Sin embargo, en pacientes con fiebre prolongada o
recurrente, hay que realizar estudios de neuroimagen y punciones lumbares
repetidas para valorar el desarrollo de complicaciones. Los higromas
subdurales, que pueden transformarse en empiemas, son la complicación más
frecuente de las meningitis por H.
influenzae y suelen requerir drenaje quirúrgico. El uso de
dexametasona (12-24 mg/día x 3 días) desde el inicio del tratamiento
antimicrobiano, reduce los efectos tóxicos relacionados con la destrucción
de las bacterias. Los diuréticos osmóticos, la hiperventilación (en
pacientes intubados), o las dosis altas de barbitúricos son útiles para
el manejo de la hipertensión endocraneal que suele presentarse en las
meningitis piógenas. Las crisis convulsivas deben manejarse agresivamente
cuando se presentan, pero el uso de anticonvulsivos profilácticos no está
indicado. Finalmente, hay que monitorizar los niveles de sodio ya que
muchos pacientes desarrollan hiponatremia en el curso de la meningitis por
un síndrome de secreción inadecuada de hormona antidiurética. Tabla I.
Dosis de antibióticos más utilizados en pacientes con infecciones piógenas
del SNC.
Abscesos cerebrales
Epidemiología.
Los abscesos cerebrales son relativamente raros, con incidencia de
0.5 a 1.3 por 100.000 habitantes por año. Son más frecuentes en hombres
que en mujeres (relación 2:1) y predominan en niños, adolescentes y
adultos jóvenes. El mayor número de casos de abscesos cerebrales
reportado en los últimos años parece estar relacionado con la introducción
de técnicas de neuroimagen más que con un aumento real en su incidencia. Etiología. Diversas
bacterias anaeróbicas (Streptococcus
spp., Bacteroides spp.) y
bacilos aeróbicos Gram-negativos (E.
coli, P. aeruginosa, Proteus spp.) son responsables de la mayoría de abscesos
cerebrales. Cuando éstos ocurren luego de traumas de cráneo, hay que
considerar la posibilidad de Clostridium
spp. o de S. aureus como
agentes causales. Otros organismos responsables incluyen Listeria
spp., Pseudomona pseudomallei,
Salmonella typhi y Nocardia
asteroides. En el 30% a 60% de los casos los abscesos son producidos
por infecciones polimicrobianas y en el 10% no se identifica el agente
causal. Las tres bacterias más frecuentemente implicadas en el desarrollo
de meningitis piógena (Hib, meningococo y pneumococo) son responsables de
menos del 5% de los abscesos cerebrales. Fisiopatología. Los abscesos son
infecciones focales, secundarias a un proceso infeccioso que alcanza el
SNC por extensión directa (traumas de cráneo, infecciones de oído y
senos paranasales) o por diseminación hematógena de una infección
pulmonar, cardiaca o pélvica. Las cardiopatías congénitas cianóticas
son factores predisponentes para el desarrollo de este tipo de lesiones.
La mayoría de abscesos se forman a nivel de la unión córtico-subcortical.
Su localización depende del factor causal: los abscesos secundarios a
sinusitis se localizan en lóbulos frontales y temporales, mientras que
los secundarios a otitis o mastoiditis se localizan en cerebelo, y los
relacionados con infecciones sistémicas se forman en el territorio de
irrigación de la arteria cerebral media. Su evolución incluye diversos
estadios histopatológicos que son: cerebritis temprana, cerebritis tardía,
formación capsular temprana y formación capsular tardía. Una vez
desarrollados, los abscesos constan de un centro necrótico donde
predomina el material purulento y una cápsula formada de fibroblastos y
colágeno. La cápsula suele estar mejor formada en el lado cortical del
absceso que en su superficie ventricular, lo que explica la tendencia de
estas lesiones a romperse hacia las cavidades ventriculares. El tejido
cerebral vecino muestra edema y gliosis reactiva. Cuadro clínico. Las
manifestaciones clínicas evolucionan en forma subaguda y pueden ser
separadas en 3 grupos: manifestaciones sistémicas (fiebre y malestar
general), signos y síntomas de hipertensión endocraneal y signos
focales, que dependen del tamaño, número y localización de los
abscesos. La fiebre está presente en la mitad de los casos y su ausencia
no excluye el diagnóstico. La mayoría de pacientes presentan algún dato
en la historia o en el examen físico que sugiere un foco séptico o algún
factor predisponente para el desarrollo de absceso cerebral. El 25% de los
pacientes tienen rigidez de nuca y su presencia puede crear confusión
diagnóstica con meningitis bacteriana. Diagnóstico. Los pacientes suelen tener leucocitosis moderada, aumento de proteína C reactiva y eritrosedimentación elevada. La punción lumbar está contraindicada ya que su utilidad diagnóstica es pobre y los riesgos del procedimiento son elevados. Los estudios de neuroimagen determinan la localización y tamaño de la lesión. En los cortes simples se aprecia una zona hipodensa rodeada de edema. Luego del contraste, se aprecia captación anular homogénea de la lesión. Es frecuente obervar anillos satélites adheridos a la lesión principal o lesiones anulares confluentes (Figura 1). En los abscesos que se encuentran en fase de cerebritis temprana, la IRM detecta la zona central de la lesión antes que la TC. Estas imágenes no son patognomónicas de abscesos, ya que granulomas tuberculosos, micóticos o parasitarios, o incluso neoplasias gliales, pueden cursar con hallazgos similares.
Tratamiento. El manejo de un paciente
con absceso cerebral suele requerir la combinación de tratamiento médico
y quirúrgico (drenaje o excéresis total). Los antibióticos se escogen
sin conocer la etiología del absceso, por lo que se deben incluir drogas
cuyo espectro de acción cubra la mayoría de microorganismos implicados
en cada caso en particular. Actualmente se recomienda la combinación
ceftriaxona y metronidazol. Cuando se sospecha la presencia de S. aureus, se agrega oxacilina o vancomicina. Las dosis de estos
antimicrobianos son similares a las recomendadas para la meningitis piógena
(Tabla I). El tratamiento se continúa por 6 a 8 semanas, realizando TC de
control cada 2 semanas para valorar el tamaño de la lesión. Si el
paciente se deteriora clínicamente o si el absceso no disminuye de tamaño,
hay que considerar la resección quirúrgica de la lesión. El uso
rutinario de corticosteroides no está indicado ya que estas drogas
reducen la entrada de antibióticos al absceso. EMPIEMAS SUBDURALES Y
ABSCESOS EPIDURALES
Los empiemas subdurales y
los abscesos epidurales son colecciones purulentas localizadas entre el
periostio y la duramadre, y entre la duramadre y la aracnoides,
respectivamente. Las causas que predisponen al desarrollo de este tipo de
infecciones son las mismas que las descritas para los abscesos cerebrales,
incluyendo infecciones de mastoides, oidos, dientes y senos paranasales;
en estos casos, la infección alcanza el espacio epidural o subdural a
travéz de venas diploicas. Los traumas de cráneo y procedimientos
neuroquirúrgicos tambien favorecen la formación de este tipo de
lesiones, mientras que un pequeño porcentaje se relacionan con diseminación
hematógena de una infección sistémica. En niños, los empiemas
subdurales son una complicación frecuente de las meningitis. Los agentes
causales de los empiemas subdurales y abscesos epidurales son similares a
los responsables del desarrollo de abscesos cerebrales, incluyendo S.
aureus, bacterias anaeróbicas y bacilos Gram-negativos. Las
manifestaciones clínicas más frecuentes de estas entidades, que pueden
coexistir, son fiebre, cefalea, crisis convulsivas y signos de focalización.
La extensión del proceso infeccioso hacia el espacio subaranoideo produce
signos de irritación meníngea. Es frecuente el compromiso de venas
intracraneales, lo cual condiciona trombosis séptica de senos venosos e
infartos venosos. Los abscesos epidurales pueden tambien localizarse en el
canal espinal, condicionando destrucción de cuerpos vertebrales y
mielo-radiculopatías compresivas. El diagnóstico se confirma mediante TC
o IRM, que muestran las colecciones purulentas extra-axiales. Los abscesos
epidurales se diferencian de los empiemas subdurales por su forma
bi-convexa. La punción lumbar está contraindicada por el riesgo de
condicionar conos de presión que resulten en hernias
trans-compartamentales. El tratamiento incluye la resección quirúrgica
de la colección purulenta (mediante trépanos o craneotomía) y la
administración prolongada de antibióticos en esquemas similares a los
descritos para el manejo de abscesos cerebrales. Los procesos infecciosos
locales deben ser tambien manejados agresivamente, con resección de los
focos de osteomielitis. Tuberculosis Epidemiología.
La
tuberculosis representa un grave problema de salud pública en países en
desarrollo y, como consecuencia de las migraciones masivas y de la
epidemia del SIDA, esta entidad se ha vuelto nuevamente prevalente en países
desarrollados. Se reportan más de 10 millones de casos nuevos cada año,
con tasas de mortalidad que superan el 20%. Además, se han notado
variaciones en el patrón de afección de esta enfermedad. Se estima que
el 5% a 10% de los pacientes con tuberculosis desarrollan compromiso
extra-pulmonar, mientras que el 70% de los pacientes con SIDA y
tuberculosis tienen afección extrapulmonar. Etiopatogenia. La
tuberculosis es causada por el Mycobacterium
tuberculosis, un bácilo ácido-alcohol resistente que ingresa al
organismo por inhalación y que se localiza inicialmente en los alveolos
pulmonares. Desde ahí, los bacilos se diseminan por vía hematógena
hacia diversos órganos, incluyendo el SNC. En este último, el M.
tuberculosis se establece en el parénquima cerebral, donde induce una
reacción inflamatoria que termina con la formación de tubérculos
diminutos (focos de Rich), que pueden permanecer inertes durante años.
Bajo determinadas circunstancias, incluyendo la inmunosupresión, estos
tubérculos comienzan a crecer y los bacilos en su interior proliferan y
liberan sus productos antigénicos hacia tejidos vecinos, condicionando
enfermedad activa. La localización de dichos tubérculos determina el
patrón específico de neurotuberculosis en cada paciente, ya que cuando
éstos se encuentran cerca de la corteza cerebral se rompen hacia el
espacio subaracnoideo y desencadenan meningoencefalitis. Por el contrario,
aquellos localizados en sustancia blanca subcortical, gánglios basales o
tallo cerebral, crecen hasta formar granulomas (tuberculomas). La
meningitis se caracteriza por la formación de un denso exudado
inflamatorio en el espacio subaracnoideo, el cual lesiona los nervios
craneales localizados en la base del cráneo y las arterias del polígono
de Willis. Los tuberculomas constan de un centro de necrosis caseosa
rodeado de una cápsula de tejido colágeno, macrófagos, células
gigantes y fibroblastos. Cuadro clínico. Menos del 30% de pacientes con tuberculosis del SNC tienen historia de tuberculosis pulmonar o manifestaciones clínicas que sugieran tuberculosis pulmonar activa. Las manifestaciones clínicas de la meningitis tuberculosa progresan en forma subaguda e incluyen fiebre, deterioro de conciencia, cefalea, vómitos, rigidez de nuca, crisis convulsivas y signos focales (hemiparesia, corea/balismo, ataxia, oftalmoplejía, parálisis facial) relacionados con el desarrollo de infartos cerebrales o con el atrapamiento de nervios craneales en su trayecto leptomeníngeo. Los síntomas evolucionan en tres estadíos más o menos definidos, cuya identificación tiene valor pronóstico (Tabla II). Los tuberculomas cursan con crisis convulsivas y signos focales que dependen de su tamaño y localización; rara vez se asocian con signos de meningitis, aunque ambas formas de tuberculosis pueden coexistir en el mismo paciente. La tuberculosis tambien puede afectar la médula espinal y las raíces nerviosas, condicionando mielo-radiculopatía. La tuberculosis vertebral (enfermedad de Pott) puede cursar con compresión medular secundaria a la formación de abscesos paravertebrales. Tabla II. Estadíos clínicos de la meningoencefalitis tuberculosa, definidos por el Consejo Británico de Investigación Médica en 1948.
Diagnóstico. En la meningitis tuberculosa, el LCR muestra pleocitosis linfocitaria con aumento de proteínas y niveles bajos de glucosa. La pleocitosis es de 100 a 500 cel/mm3, con predominio linfocitario, aunque al inicio del cuadro ésta puede ser polimorfonuclear. Las proteínas se elevan en el rango de 300 a 1.000 mg/dl o más, confiriendo al LCR un aspecto xantocrómico, y la glucosa es menor de 40 mg/dl. Es posible identificar el agente causal en LCR en menos del 50% de los casos (mediante tinción o cultivo), por lo que su ausencia no excluye el diagnóstico. La detección de antígenos de M. tuberculosis es positivo en más del 80% de los casos y actualmente es el método de eleccción para el diagnóstico de meningitis tuberculosa. En pacientes con tuberculomas, el LCR puede ser normal o mostrar alteraciones inespecíficas que no contribuyen al diagnóstico. La TC e IRM revelanen pacientes con meningitisreforzamiento anormal de leptomeninges, hidrocefalia e infartos cerebrales. Los infartos se localizan usualmente en territorio de arterias lentículo-estriadas. Los tuberculomas se visualizan como lesiones anulares o nodulares, únicas o múltiples, rodeadas de edema, localizadas en hemisferios cerebrales o cerebelosos, o en el tallo cerebral. Pueden aparecer tambien como lesiones calcificadas inactivas. Se ha descrito una imagen patognomónica de tuberculomas en la que una zona hiperdensa central se rodea de un área hipodensa que, a su vez, se rodea de un anillo de captación anormal del contraste (imagen en tiro al blanco) (Figura 2). La angiografía de vasos intracraneales puede mostrar estenosis segmentarias de arterias de mediano calibre afectadas por el proceso de angeitis previamente descrito.
Tratamiento.
El tratamiento se inicia ante la sospecha diagnóstica, sin esperar
confirmación microbiológica. Este incluye 3 o 4 drogas anti-tuberculosas
para evitar resistencia bacteriana (Tabla III). Una de estas drogas, la
isoniazida, puede inducir neuropatía por deficiencia de piridoxina, por
lo que es necesario administrar vitamina B6 en estos pacientes.
Los pacientes con hipertensión endocraneal o angeitis deben recibir
corticosteroides. En algunos casos se observa crecimiento paradójico de
tuberculomas durante el tratamiento de una meningitis tuberculosa; estas
lesiones no ameritan tratamiento especial y suelen desaparecer al
continuar el tratamiento. De igual manera, la mayoría de los tuberculomas
intracraneales responden a esquemas de tratamiento similares a los de la
meningitis tuberculosa y no requieren resección quirúrgica a menos que
cursen con hipertensión endocraneal. Tabla III. Esquemas de tratamiento de la tuberculosis del SNC.
BARTONELOSIS
Las
bacterias del género Bartonella
son miembros de la clase Protobacteria. La única Bartonella
que había sido considerada patógeno humano es la B. bacilliformis. Sin embargo, estudios recientes sugieren que
organismos del género Rochalimaea
(antes incluídos en la orden de los Rickettsiales) son Protobacterias y
deben incluirse en el género Bartonella.
A partir de 1993, la Rochalimaea
quintana, Rochalimaea
elizabethae y Rochalimaea
henselae han sido denominadas Bartonella
quintana, Bartonella henselae
y Bartonella elizabethae. Enfermedad
de Carrión
Esta
enfermedad incluye el espectro clínico de dos entidades, la fiebre de
Oroya y la verruga Peruana, cuyo agente causal es la B.
bacilliformis. Debido al habitat limitado de su mosquito vector, esta
enfermedad se restringe geográficamente a Bolivia, Perú, Ecuador y
Colombia. La manifestación primaria de la enfermedad es una encefalitis
aguda asociada con anemia hemolítica (fiebre de Oroya). El diagnóstico
se confirma mediante la detección de anticuerpos anti-Bartonella
en suero. La autopsia revela trombosis de arterias intracraneales y
pequeñas hemorragias relacionadas con daño del endotelio de vasos
leptomeníngeos, así como formación de granulomas en el parénquima
cerebral. Los pacientes que sobreviven el episodio agudo desarrollan,
luego de meses o años, lesiones cutáneas pedunculadas o nodulares
(verruga Peruana), en las que es posible identificar el agente causal. El
tratamiento es con cloranfenicol (50 mg/kg/día).
Enfermedad
por arañazo de gato
Esta
entidad, causada por la B. henselae,
se transmite mediante la mordedura o arañazo de gatos domésticos. Varios
órganos se afectan en esta enfermedad, incluyendo gánglios linfáticos,
hígado, retina y SNC. Las manifestaciones iniciales incluyen fiebre,
linfadenopatía regional y formación de un granuloma conjuntival (síndrome
oculoglandular de Parinaud). Esto es seguido, en algunos pacientes, por
una encefalopatía difusa con irritabilidad, crisis convulsivas, estupor y
coma. El LCR es normal y la TC o IRM pueden ser normales o mostrar múltiples
áreas de desmielinización en la sustancia blanca subcortical. El diagnóstico
se confirma mediante la detección de anticuerpos anti-
B. henselae en sangre. El tratamiento es con eritromicina (2-4 g/día)
o doxiciclina (200 mg/día).
Angiomatosis
bacilar
Es
una enfermedad proliferativa vascular causada por
B. quintana y B. henselae, que afecta principalmente a pacientes con SIDA o
individuos inmunosuprimidos por otras causas. Se caracteriza por lesiones
cutáneas (pápulas o nódulos subcutáneos), asociadas con lesiones
osteolíticas, peliosis hepática, deterioro intelectual progresivo,
crisis convulsivas y signos neurológicos focales, relacionados con la
formación de granulomas en el parénquima cerebral, visibles en estudios
de neuroimagen. El diagnóstico se confirma aislando el agente causal en
biopsia de tejidos. El tratamiento es con eritromicina (2 g/día).
OTRAS ENFERMEDADES BACTERIANASBrucelosis (fiebre de Malta o Mediterránea)
La brucelosis es causada por bacilos Gram-negativos del género Brucella. La enfermedad se adquiere por ingestión de productos lácteos contaminados (especialmente leche de cabra). La fase aguda se caracteriza por fiebre, escalofríos y mialgias. El compromiso del SNC se manifiesta por una meningitis subaguda o por la formación de granulomas en el parénquima cerebral que condicionan signos focales y crisis convulsivas. Es frecuente la presencia de áreas de desmielinización en la sustancia blanca subcortical y en la médula, simulando las placas de la esclerosis múltiple. Se pueden observar infartos cerebrales secundarios a angeitis, o hemorragias subaracnoideas por ruptura de aneurismas micóticos. Además del compromiso neurológico, se puede presentar artritis, pielonefritis, endocarditis, prostatitis, hepatitis, colecistitis y erupciones cutáneas. El LCR en la meningitis por Brucella es similar al de la meningitis tuberculosa. El diagnóstico se confirma al demostrar títulos elevado de anticuerpos específicos o al aislar el agente causal en sangre o LCR. El tratamiento incluye la combinación de doxiciclina (200 mg/día) y rifampicina (600 mg/día) durante 6 semanas. Plaga Esta zoonosis es causada por la Yersinia pestis, un bacilo Gram-negativo que ingresa al organismo por la mordedura de ratas o por ingesta de animales contaminados. La infección inicial se localiza en gánglios linfáticos y desde ahí se disemina hacia diversos órganos, incluyendo el SNC. Existen 4 formas clínicas de plaga, incluyendo la bubónica, la neumónica, la septicémica y la meníngea. En esta última se observa una meningoencefalitis aguda con fiebre, cefalea, deterioro de conciencia, crisis convulsivas y pleocitosis polimorfonuclear. El diagnóstico se confirma aislando el agente causal en gánglios linfáticos, sangre, esputo o LCR. El tratamiento incluye la combinación de estreptomicina (30 mg/kg/día), cloranfenicol (50 mg/kg/día) y gentamicina (5 mg/kg/día) durante 10 días o más. Tularemia Esta
entidad, confinada geográficamente a Norte América, es causada por la Francisella
tularensis, un bacilo Gram-negativo que se adquiere por ingestion de
carne de animales contaminados, por contacto con sus fluidos corporales, o
por mordedura de garrapatas. Los órganos predominantemente afectados son
la piel, la conjuntiva, los gánglios linfáticos y el SNC. El compromiso
neurológico se manifiesta como una meningoencefalitis aguda con cefalea,
delirio, crisis convulsivas y deterioro de conciencia. En el LCR se
observa pleocitosis mononuclear con hipoglucorraquia. El diagnóstico
definitivo requiere demostrar el agente causal en líquidos corporales. El
tratamiento es similar al de la plaga, con estreptomicina, cloranfenicol y
gentamicina durante 10 a 14 días. Enfermedad
de Whipple
Es causada por un bacilo Gram-positivo, la Tropheryma whipplelii. Se desconoce la forma como ingresa este
bacilo al organismo. Las manifestaciones iniciales incluyen febrícula,
artralgias migratorias, dolor abdominal, diarrea y esteatorrea. El
compromiso neurológico usualmente se presenta en estadíos avanzados de
la enfermedad y consiste en la triada de demencia progresiva, oftalmoplejía
supranuclear y mioclonías óculo-masticatorias. El diagnóstico se
confirma al encontrar macrófagos PAS-positivos en gánglios linfáticos o
intestino delgado. En ocasiones se visualizan organismos PAS-positivos en
LCR. En pacientes con compromiso del SNC es frecuente observar lesiones
desmielinizantes en la sustancia blanca subcortical, visibles en IRM. El
tratamiento es con trimetoprin/sulfametoxazol (300/1.600 mg/día), el que
debe continuarse por lo menos un año para evitar recidivas. Lepra
(enfermedad de Hansen)
Esta entidad, causada por el Mycobacterium
leprae, representa la causa más frecuente de neuropatía y una de las
principales causas de ceguera a nivel mundial. La enfermedad se adquiere
por contacto directo con la piel de personas afectadas o a través de
secreciones nasales. Dependiendo de la susceptibilidad del individuo al
agente causal, se desarrolla una de las siguientes formas clínicas de
lepra: tuberculoide, lepromatosa y limítrofe. En la lepra tuberculoide,
se desencadena una reacción inmune contra el M.
leprae y el cuadro se caracteriza por lesiones cutáneas circunscritas
asociadas con una neuropatía aguda focal. En la lepra lepromatosa no se
observa dicha reacción inmunológica por lo que el microorganismo se
disemina y condiciona lesiones cutáneas extensas y neuropatía sensitiva
generalizada. En la forma limítrofe, la reacción inmune es inestable, lo
que resulta en un cuadro clínico que tiene características de las otras
dos formas de lepra. El M. leprae tambien puede afectar la cámara anterior del ojo,
causando conjuntivitis y úlceras corneales. En algunos casos se presentan
las denominadas reacciones leprosas, que agravan el curso de la
enfermedad. Las reacciones de tipo I se presentan en la lepra limítrofe y
se deben a un aumento repentino en la respuesta inmune del individuo, lo
cual condiciona daño de nervios periféricos. Las reacciones de tipo II
se observan en la lepra lepromatosa y se caracterizan por lesiones
nodulares cutáneas (eritema nodoso) relacionadas con angeitis que, a su
vez, se debe al depósito de complejos inmunes en áreas de alta
concentraciones de microorganismos. El diagnóstico de lepra se confirma
luego de aislar el agente causal en biopsia de piel o de nervios periféricos.
El tratamiento de la lepra tuberculoide incluye dapsona (100 mg/día) y
rifampicina (600 mg/día) por 6 a 8 meses. Las otras dos formas deben
recibir, además, clofazimina (50 a 300 mg/día) por 2 años, seguido por
dapsona sola durante 10 años. Las reacciones leprosas de tipo I deben
recibir tratamiento con prednisona (1 mg/kg/día) y las de tipo II pueden
recibir prednisona o talidomida (300 a 400 mg/día). ENFERMEDADES
CAUSADAS POR TOXINAS BACTERIANAS
Tétano
El tétano es producido por el Clostridium tetani, un bacilo anaeróbico que se encuentra en el ambiente y que ingresa al organismo a travez de abrasiones cutáneas (heridas, quemaduras, mordeduras de animales). Es una enfermedad prevalente en paises en desarrollo, con tasas de mortalidad de 15 a 28 por 100.000 habitantes, afectando principalmente neonatos (50% de los casos) y ancianos. Las manifestaciones clínicas del tétano se deben a la acción de la tetanospasmina, una toxina producida por las esporas del C. tetani, que inhibe la liberación de neurotransmisores a nivel de las vesículas pre-sinápticas. La gravedad del cuadro depende de una serie de factores, tales como período de incubación menor de 7 días y presencia de fiebre mayor de 40oC o de signos disautonómicos. Las manifestaciones cardinales de la enfermedad incluyen el trismo o imposibilidad para abrir la boca, la risa sardónica y los espasmos musculares dolorosos que arquean al paciente (opistótonos). La obstrucción de la vía aérea durante los espasmos musculares es la complicación más grave del tétano. Existen formas localizadas de la enfermedad, entre las que destaca el tétano cefálico, manifestado por parálisis facial bilateral y disfagia. El tétano debe diferenciarse de otras entidades que cursan con espasmos musculares, tales como la intoxicación por estricnina, la tetania por hipocalcemia, el síndrome del hombre rígido y las crisis tónicas. El tratamiento del tétano debe ser dirigido a neutralizar la tetanospasmina, a controlar los espasmos musculares y a manejar la disautonomía (Tabla IV). Como el tétano no confiere inmunidad, es necesario administrar toxoide tetánico para evitar episodios recurrentes. Tabla IV. Protocolo de tratamiento del tétano generalizado
Botulismo Esta
entidad es producida por los efectos de diversas toxinas liberadas por el Clostridium botulinum. La enfermedad se adquiere por ingesta de
alimentos contaminados. Las toxinas se unen a los receptores colinérgicos
a nivel de unión neuromuscular y en el sistema nervioso parasimpático y
condicionan síntomas diversos tales como diarrea, vómitos, visión
borrosa, diplopia, disfagia, disnea y parálisis muscular generalizada.
Los pacientes con botulismo deben recibir ventilación asistida hasta que
pasen los efectos de las toxinas sobre la unión neuromuscular. Tambien se
recomienda la administración de antitoxina trivalente (1 vial). INFECCIONES
POR RICKETSIAS
Las
ricketsias son una familia de cocobacilos Gram-negativos que infectan al
hombre mediante la picadura de garrapatas o pulgas. Existen
aproximadamente 12 enfermedades causadas por ricketsias, siendo las más
importantes la fiebre manchada de las Montañas Rocosas, la fiebre Q, el
tifus endémico y el tifus epidémico. Con excepción de la fiebre Q, las
ricketsiosis causan vasculitis, asociada con daño en la microvasculatura
de múltiples órganos, incluyendo el SNC. El cuadro clínico de estas
enfermedades es relativamente homogéneo e incluye fiebre, escalofríos,
mialgias, cefalea y un rash máculo-papular de distribución variable. Las
manifestaciones neurológicas se presentan unos días después de
iniciados los síntomas y se caracterizan por cambios conductuales, crisis
convulsivas, deterioro de conciencia, rigidez de nuca y signos de
focalización. El análisis del LCR muestra pleocitosis mononuclear
asociada con hiperproteínorraquia. La TC e IRM pueden ser normales o
revelar edema cerebral difuso con colapso del sistema ventricular. El
diagnóstico se confirma al demostrar anticuerpos específicos en material
de biopsia mediante inmunofluorescencia. El tratamiento es con doxiciclina
(200 mg/día) o cloranfenicol (50 mg/kg/día) y el pronóstico depende del
tipo específico de ricketsiosis y del estado del paciente al momento del
diagnóstico. INFECCIONES
POR ESPIROQUETAS
Sífilis Es
transmitida por vía sexual y causada por el Treponema
pallidum. La infección primaria se caracteriza por un chancro
genital, el cual desaparece espontáneamente. Luego, aparecen las lesiones
muco-cutáneas de la sífilis secundaria. Meses o años después, los
pacientes no tratados desarrollan manifestaciones terciarias de la
enfermedad, con compromiso del SNC y cardiovascular. Las manifestaciones
neurológicas se deben al desarrollo de inflamación meníngea, angeitis y
degeneración neuronal. La angeitis sifilítica se caracteriza por una
endarteritis proliferativa, con infiltrado perivascular de linfocitos y células
plasmáticas, así como proliferación fibroblástica. Cuando la angeitis
compromete arterias de mediano calibre, se denomina arteritis de Heubner,
mientras que cuando compromete arteriolas se denomina arteritis de
Nissl-Alzheimer. La neurosífilis puede presentarse, dependiendo del
tipo de compromiso del SNC, de varias formas: meningitis aguda, demencia
progresiva, tabes dorsal o signos neurológicos focales secundarios a
infartos cerebrales o a gomas parenquimatosos. Se considera que la neurosífilis
es más agresiva en pacientes con SIDA. La visualización del agente
causal en LCR no es posible en la mayoría de los casos, por lo que el
diagnóstico se basa en la correcta interpretación de pruebas serológicas.
El VDRL es altamente específico, pero es negativo hasta en el 50% de los
casos; por el contrario, el FTA-ABS es muy sensible, pero asociado con un
gran número de casos falsos-negativos. Para la sífilis con compromiso
del SNC se utiliza penicilina G (12 a 24 millones UI/día x 14 días) como
droga de elección.
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