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Hidratación
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Dr. Julio Ernesto Campos Saltos |
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Dr. Jorge Pazmiño Medina |
Introducción
En los individuos que gozan de buena salud,
una serie de mecanismos reguladores mantienen los líquidos y electrólitos dentro de
límites nor males. El paciente que padece un sufrimiento quirúrgico puede perder la
habilidad para regular esos parámetros, bien sea por la enfermedad en sí o porque el
procedimiento quirúrgico a que fue sometido le impide utilizar sus mecanismos de
regulación.
Normalmente, la ingestión de líquidos y
alimentos aporta al cuerpo las materias primas necesarias para mantener un volumen
adecuado de líquidos, con debida tonicidad, concentración de varios electrólitos y
equilibrio acidobásico. Esto no sucede cuando se realiza cirugía abdominal. En el
periodo posoperatorio el paciente no puede comer ni beber por varios días. En este lapso
de tiempo, el cirujano controla por completo su ingestión de líquidos y otras
sustancias, administrándole soluciones intravenosas. Aun cuando ni la enfermedad ni la
operación hayan interferido con los mecanismos reguladores, el simple hecho de suprimir
la dieta normal, puede resultar en desequilibrios hidroelectrolíticos.
A esto puede añadirse el hecho de que con
frecuencia la enfermedad, el acto operatorio o ambos, complican el equilibrio de estos
parámetros, o hacen más difícil su regulación. A menos que la terapia intravenosa se
lleve a cabo con precisión y buen juicio, el paciente que se operó con un volumen normal
de líquidos, con tonicidad adecuada, y sin problemas de balance acidobásico o de
concentración de ciertos electrólitos: puede verse con serias dificultades en esas
áreas, en el curso del periodo posoperatorio.
Por el simple hecho de que opera, el
cirujano necesita saber manejar líquidos y electrólitos, aun cuando sólo opere a
pacientes que se presentan sin problemas de esa naturaleza. Pero, por supuesto, no puede
contar con la buena fortuna de tener una clientela de pura gente sana. Muchos pacientes
sufren de profundos desequilibrios hidroelectrolíticos, como parte del proceso
patológico que los pone en manos del cirujano; éste también tiene que saber
diagnosticar y corregir esos problemas. La cirugía no es simplemente un acto técnico o
mecánico. El cirujano es ante todo un médico, cuyo entrenamiento le ha dado la capacidad
de usar las modalidades quirúrgicas de la terapéutica cuando están indicadas. Su
habilidad en el quirófano no le permite ignorar las otras necesidades médicas de su
paciente.
El manejo de líquidos y electrólitos
incluye tres fases en las que se presta atención a cuatro parámetros: volumen del
líquido corporal, tonicidad, concentración de ciertos electrólitos y equilibrio
acidobásico.
La primera fase es el mantenimiento
de las necesidades normales. Es decir, el aporte de líquidos y de otras sustancias, que
le permiten al individuo mantener y regular su volumen de líquidos en el cuerpo, la
tonicidad de los mismos, la concentración de ciertos electrólitos y el balance
acidobásico. Dicho aporte es el que el paciente hubiera adquirido si tuviera libertad
para comer y beber. Un aporte similar debe ser parte del tratamiento hidroelectrolítico
intravenoso que requiere el paciente quirúrgico.
La segunda fase es el reemplazo de
líquidos y electrólitos que a consecuencia de la enfermedad o de la operación se
pierden de manera normal, y por tanto se requieren en mayor cantidad. Aunque casi siempre
este componente del tratamiento se define de ese modo, esta fase también incluye
situaciones en las que se requiere menos líquido, o menor cantidad de ciertos
electrólitos o una proporción diferente en los varios componentes de las soluciones
intravenosas. Por tanto, una definición más completa diría que esta segunda fase es
aquella que modifica la primera, tomando en cuenta la situación anormal en que se
encuentra el paciente. La modificación casi siempre consiste en añadir lo que se
necesita en exceso, pero en ocasiones será diferente.
Las dos primeras fases son preventivas, Si
se lleva a cabo un mantenimiento adecuado y se modifica en lo necesario para tomar en
cuenta las variaciones impuestas por el proceso patológico, no se dará lugar a que
ocurran desequilibrios hidroelectrolíticos. Pero si no se logra hacerlo con éxito o si
ya existían desequilibrios antes de que se inicie la terapia, habrá necesidad de incluir
en los planes una tercera fase: la corrección de esas anormalidades con las que se
presentó el paciente, o que se han desarrollado a pesar de nuestros esfuerzos para
prevenirlas.
Mantenimiento
Por el simple hecho de que no se le permite
comer ni beber, el paciente quirúrgico necesita un aporte diario de líquidos y
electrólitos que le facilite mantener su volumen, tonicidad, concentración de ciertos
electrólitos y balance acidobásico. De manera habitual este aporte se administra por
vía intravenosa, pero en ciertos casos puede usarse el intestino si se tiene acceso al
yeyuno.
Mantenimiento de Volumen y Tonicidad
En el adulto el volumen requerido es de 2 a
3 litros diarios. Esa cantidad reemplaza al agua que se evapora por piel y pulmones (en
promedio un litro al día) y permite al riñón la producción de 1 a 2 litros de orina.
Este líquido debe contener cerca de 100 a 150 meq de sodio (cantidad total para cada
día, no para cada litro de líquido) para que el organismo pueda regular tanto el
volumen, como la tonicidad. Normalmente, el volumen del líquido en el cuerpo se regula
como resultado de la retención o eliminación de sodio a nivel renal. La aldosterona es
responsable de esa acción, y al retener o eliminar sodio lo hace disuelto en agua, de
manera que el volumen de líquido se aumenta o disminuye, sin afectar la tonicidad, a su
vez, se regula de modo independiente como consecuencia de la acción de la hormona
antidiurética, la que retiene o elimina el agua pura, es decir, agua sin sodio también a
nivel renal. En situaciones patológicas, en las que es imposible regular ambos
parámetros, el organismo da preferencia al volumen, y está dispuesto de ser necesario a
sacrificar la tonicidad. Un ejemplo de esta situación anormal sería un paciente
posoperado que recibe sólo líquidos intravenosos carentes de sodio (por ejemplo, tres
litros de solución glucosada al 5% en 24 horas, sin ningún líquido que contenga sodio).
Si ese paciente tiene un volumen normal, que no necesita aumentarse, no habrá problema.
El agua administrada se retendrá o eliminará de acuerdo con las necesidades de
tonicidad. Pero si el paciente está hipovolémico o deshidratado, le será imposible
reemplazar su volumen en la forma normal (la aldosterona no puede retener sodio, si éste
no existe en la infusión intravenosa) y se verá forzado a retener agua para tratar de
aumentar su volumen, con la consecuente dilución y disminución de la tonicidad. Ese
problema se evita si se administran ambos elementos: agua (2 a 3 litros) y sodio (100 a
150 meq) al día. Con esos dos componentes el cuerpo mantiene volumen y tonicidad,
regulando cada uno de esos parámetros en la forma habitual, y sin tener que sacrificar a
la tonicidad para tratar de mantener el volumen.
Mantenimiento de Electrolitos y
Equilibrio Ácidobásico
En la ración diaria del líquido
intravenoso también es necesario incluir otro electrólito: potasio. El organismo está
acostumbrado a tener una ingestión constante de potasio. Con muy raras excepciones, todos
los alimentos contienen este electrólito. Su aporte es tan constante, que en el proceso
de evolución, el riñón desarrolló una serie de funciones en las que se usa potasio
como materia prima para reacciones químicas indispensables para mantener la homeostasia
del organismo. La naturaleza no desarrolló un mecanismo efectivo para conservar potasio,
aunque no existe ninguna situación natural en la que no haya ingreso de ese electrólito.
La ciencia médica ha creado esa posibilidad, al crear los líquidos intravenosos. El
paciente al que se le administran no recibe potasio automáticamente (como lo ingiere el
que come una dieta normal). Si no se le ordena de manera específica, el paciente lo sigue
eliminando en la orina, no lo puede reemplazar, y desarrolla hipopotasemia. En la dieta
habitual se consumen de 75 a 100 meq de potasio al día, la cantidad exacta depende de los
hábitos dietéticos del sujeto, en general la ingestión de potasio es paralela a la
ingestión calórica. El paciente que recibe líquidos intravenosos por lo regular
tiene un aporte calórico muy limitado (a menos que reciba alimentación parenteral). En
esas circunstancias basta recibir una cantidad limitada de potasio: 40 meq diarios es la
dosis más frecuente (es obvio que si el paciente recibe 2000 a 3000 calorías diarias en
un programa de alimentación parenteral, no sería suficiente darle tan solo 40 meq de
potasio al día). Para esa cantidad de calorías se necesitarían 75 a 100 meq como
hubiese ingerido en una dieta de magnitud similar.
Reemplazo
El mantenimiento necesita modificarse si
por alguna razón hay pérdidas adicionales de líquidos y electrólitos, o si ocurre lo
opuesto y el organismo no elimina esos elementos.
Reemplazo de Líquidos del Tubo
Digestivo
Sin duda alguna, el problema de reemplazo
de líquidos que con más frecuencia afecta al paciente quirúrgico, en especial al
operado del tubo digestivo, es el que presenta la pérdida normal de líquidos por esta
vía. Bien sea una sonda nasogástrica, un tubo en T que drena bilis, una fístula
duodenal o pancreática, una ileostomia que no ha madurado, o simplemente una diarrea de
alto volumen, estos pacientes requieren que se les administre no sólo la ración habitual
de mantenimiento, sino que además se les reemplace de manera adecuada el volumen y los
componentes que se pierden a través de dicha situación patológica. La cantidad
necesaria la dará la medida de esa pérdida, que las enfermeras anotan como parte del
control de líquidos. Pero el cirujano tiene que decidir la naturaleza del líquido que se
administrará como reemplazo, es decir la concentración de varios electrólitos para que
se aproxime en lo más posible a los que contiene el líquido que se perdió.
La concentración de electrólitos en los
múltiples líquidos del tubo digestivo puede resumirse de manera simple, lo que permite
administrar el reemplazo adecuado en la mayor parte de los casos. Existe una gran
variabilidad en la concentración exacta de los electrólitos en dichos líquidos, por lo
que es necesario memorizar fórmulas con cantidades exactas. En la realidad de la vida, no
hay dos pacientes que tengan exactamente la misma fórmula en sus líquidos y ni siquiera
el mismo individuo mantiene las mismas concentraciones durante el transcurso del tiempo.
Basta, por tanto tener una idea general. Con un reemplazo aproximado, y un buen par de
riñones, el paciente mantendrá sus valores sanguíneos dentro de los límites normales,
siempre y cuando sus pérdidas y su terapia intravenosa no sean de magnitud enorme o de
muchos días. En esos casos más complicados será necesario mandar al laboratorio una
muestra de los varios líquidos perdidos para determinar con exactitud su composición
química.
Todos los jugos digestivos que se producen
entre la unión esofagogástrica y la válvula ileocecal, son isotónicos y están dotados
de una gran cantidad de potasio. Uno de esos líquidos es ácido, todos los demás son
alcalinos. El estándar de comparación que se usa es el plasma y por tanto lo que se ha
dicho es en relación al plasma, todos estos líquidos tienen una tonicidad similar, pero
tienen más potasio, y salvo uno de ellos, son más alcalinos. Las concentraciones
normales del plasma son bien conocidas: unos 140 meq/L de sodio, alrededor de 100 de
cloro, unos 25 de bicarbonato y de 3 a 5 de potasio. La bilis, jugo pancreático, jugo
duodenal, el contenido de fístulas del yeyuno o íleon o el producto de ileostomías de
reciente construcción, tienen aproximadamente la misma cantidad de sodio (el sodio da la
tonicidad de la mayor parte de estos líquidos, y son isotónicos como el plasma), o sea
alrededor de 140 meq/L. Pero su alcalinidad les da más bicarbonato y menos cloro. En
lugar de 100 meq/L de cloro y 25 de bicarbonato, estos líquidos tienen de 40 a 50 meq de
bicarbonato y sólo de 70 a 80 de cloro. Y por último, ya se preciso que tienen una
cantidad muy grande de potasio de 10 a 20 meq/L, una cifra que en sí no es tan enorme,
pero que si ocurriera en el plasma sería mortal. Esta es la base de esta comparación y
de ahí la fórmula aproximada de la bilis, el jugo pancreático, el jugo duodenal, y el
líquido contenido en el yeyuno o íleon, así pues, de todos los líquidos del tubo
digestivo entre la unión esofagogástrica y la válvula ileocecal, con una sola
excepción, el jugo gástrico.
El jugo gástrico es ácido, esta
característica es bien conocida, sólo falta añadir que al igual que los otros líquidos
descritos también es isotónico y rico en potasio, pero su composición de electrólitos
y el reemplazo necesario tienen uno que otro cambio que es necesario conocer. Se
analizará en primer término el caso de exceso de potasio, está establecido que para los
otros líquidos, se hablaba de 10 a 20 meq/L. La misma cifra es útil para describir el
jugo gástrico. También tiene de 10 a 20 meq/L de potasio. Por su acidez, en su
composición electrolítica no le da cabida al bicarbonato, tiene puro cloro, 120 a 130
meq/L, cero de bicarbonato. Por último se hablará de sodio, ya se dijo que es
isotónico, pero no tiene 140 meq/L de sodio, sólo lleva 70 aproximadamente. Esta
aparente contradicción se resuelve de inmediato al recordar que una gran cantidad del
cloro no se encuentra en forma de cloruro de sodio, sino como parte del ácido
clorhídrico, HCl en lugar de NaCl. Si se mide el H se observaría que el número total de
cationes y aniones le da una tonicidad similar a la del plasma. Como no es frecuente
incluir al hidrógeno en la lista de electrólitos, da la apariencia de que no es un
líquido isotónico (sólo lleva 70 de sodio en lugar de 140). Con fines prácticos basta
recordar que el jugo gástrico tiene de 120 a 130 meq/L de cloro, alrededor de 70 de sodio
y de 10 a 20 de potasio. Sin embargo, cuando se elige un líquido intravenoso para
reemplazar al jugo gástrico, es necesario ponerle más cloro y potasio que el que se
pierde por sonda. El ácido que contiene el jugo gástrico es tan concentrado que su
pérdida lleva fácilmente a la alcalosis, si no se le da al riñón la oportunidad de
conservar hidrógeno y eliminar bicarbonato. El riñón recupera de manera constante sodio
del filtrado glomerular para mantener el volumen de líquidos. Al hacerlo se respeta la
ley de la electroneutralidad, cada átomo de sodio que se recupera tiene que combinarse
con un anión (cloro o bicarbonato) o cambiarse por otro catión (hidrógeno o potasio).
Para contrarrestar la enorme pérdida de ácido que ocurre al perderse jugo gástrico, es
preciso que el riñón no desperdicie hidrógeno cambiándolo por sodio, o adquiera
bicarbonato combinado con sodio. Es preferible, en esas circunstancias, que el sodio se
recupere combinado con cloro, o que se cambie por potasio. Una ingestión abundante de
cloro y potasio, le permite al riñón usar estas alternativas, y por tanto prevenir la
alcalosis. El líquido usado para reemplazar el jugo gástrico debe tener unos 70 meq de
sodio, y una cantidad generosa de cloro y potasio: 140 o 150 meq de cloro o unos 40 de
potasio.
Los líquidos producidos fuera de los
límites anatómicos dados (por arriba de la unión esofagogástrica y más allá de la
valvula ileocecal) son muy diluidos en su condición normal. Específicamente se trata de
la saliva y el contenido líquido de la materia fecal normal. Ambos tienen la séptima
parte de electrólitos que el plasma. En la mayor parte de los casos, su pérdida no tiene
consecuencia y puede ignorarse. En ciertos casos, el problema puede requerir atención.
Por lo que toca a la saliva, puede diluir al aspirado nasogástrico lo suficiente para
alterar el tratamiento, cuando hay obstrucción pilórica con volúmenes altos de la
aspiración por muchos días.
La pérdida de saliva en sí (por ejemplo,
una fístula salival que complique la cirugía de boca o esófago) requiere únicamente el
reemplazo de un volumen adecuado de agua, sin electrolitos.
La materia fecal presenta problemas
diferentes. En su volumen usual (150 a 200 ml de líquido al día), no hay que reemplazar
nada. En casos de diarrea masiva, hay que administrar cantidades enormes de líquido
intravenoso (o reemplazo por vía oral). La regla general es que a medida que aumenta el
volumen del líquido eliminado por el colon, su tonicidad (es decir su concentración de
electrólitos) aumenta al mismo paso. En casos de diarrea leve el líquido aún se parece
al original: muy diluido. En la diarrea grave la concentración de electrólitos se parece
más a la de íleon y en casos extremos es idéntica. En esos casos la naturaleza del
líquido es la misma que ya se describió para los demás líquidos del tubo digestivo:
isotónico, alcalino y dotado de mucho potasio. En el adulto la diarrea masiva requiere el
uso de líquidos de reemplazo con fórmula similar a la que se usaría para reemplazar
bilis o jugo pancreático, o una ileostomía que no ha madurado: aproximadamente 140 meq/L
de sodio, 70 u 80 de cloro, 40 o 50 de bicarbonato y de 10 a 20 de potasio.
Distribución y Composición Normal de
los Líquidos Corporales
El agua y los diferentes solutos
biológicos no se distribuyen en forma uniforme por todo el organismo. Debido a la
existencia de sistemas de transporte activos en la membrana celular se establecen
profundas diferencias en la composición de los solutos entre el medio intracelular y
extracelular. El agua se desplaza libremente entre ambos medios dependiendo de la
diferencia de concentración de sustancias osmóticamente activas existente entre ambos
lados de la membrana celular.
En el adulto sano, el agua corporal
constituye aproximadamente el 60% de su peso, sin embargo puede ser influido por la edad,
sexo y la masa del cuerpo magro.
El agua intracelular representa el 40% del
peso del individuo; el 20% restante se distribuye por el espacio extracelular en dos
compartimientos: elintersticial (15%) y el intravascular (5%). Dentro del medio
intracelular, los principales solutos son el potasio, el magnesio, diversos ácidos
orgánicos y los fosfatos. Por el contrario, en el espacio extracelular el sodio y el
cloro son los osmoles más importantes (tabla 1). La glucosa sólo se halla en cantidades
significativas en el medio extracelular.
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ESPACIO |
VOLUMEN |
% |
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INTRACELULAR |
28 LITROS |
40% |
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EXTRACELULAR
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PLASMA |
3.5 Litros |
5% |
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INTERSTICIAL |
10.5 Litros |
15% |
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TOTAL |
42 Litros |
60% |
Entre los compartimientos instersticial e
intravascular también existen diferencias en la composición de los solutos que está
determinada por la ausencia de permeabilidad de la pared al paso de las proteínas
intravasculares; de esta forma, se establece un gradiente de presión oncótica que
retiene agua en el espacio intravascular y permite el mantenimiento de la volemia. El
resto de los osmoles difunden libremente a través de la pared capilar, por lo que las
determinaciones electrolíticas efectuadas en el plasma son equivalentes a las del
líquidos intersticial. (figura 1).
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Fig.
1. Volumen y composición de los compatimientos corporales. |
Es importante, al tratar las complicadas
interacciones entre los diversos compartimientos líquidos del organismo, definir una
serie de términos de uso frecuente: la actividad fisiológica y química de los
electrólitos depende de: 1) el número de partículas que contiene cada unidad de volumen
(moles o milimoles por litro); 2) el número de cargas eléctricas por unidad de volumen
(equivalentes o miliequivalentes por litro), y 3) el número de partículas osmóticamente
activas por unidad de volumen (osmoles o miliosmoles por litro). Cuando se habla de gramos
o miligramos por 100 mililitros, se expresa la masa total de los electrólitos por unidad
de volumen, pero esta práctica no permite una comparación fisiológica entre los solutos
que existen en la solución.
En estas condiciones, los electrólitos de
los líquidos corporales se pueden expresar en términos de actividad química de
combinación, o sea en "equivalentes". Un equivalente de su ion es su peso
atómico, expresado en gramos, dividido por su valencia; el miliequivalente de un ion es
la cifra anterior, pero expresada en miligramos. Para los iones monovalentes, el
miliequivalente es igual al milimol; pero para los iones divalentes, como el calcio y el
magnesio, un milimol es igual a dos miliequivalentes. La importancia de lo anterior es que
un miliequivalente de una sustancia dada se combina químicamente con un miliequivalente
de cualquier otra sustancia; en una sustancia dada, el número de miliequivalentes de
cationes queda exactamente equilibrado por el mismo número de miliequivalentes de
aniones.
Cuando se trata de la presión osmótica de
una solución, es preferible utilizar los términos de osmol y miliosmol. Designan el
número real de partículas osmóticamente activas que existen en la solución, sin tomar
en cuenta las capacidades de combinación química de estas substancias. Por ejemplo, un
milimol de cloruro de sodio, que se disocia casi completamente en iones sodio y cloruro,
representa dos miliosmoles, mientras que un milimol de sulfato de sodio, cuya disociación
da origen a tres partículas, produce tres miliosmoles. Un milimol de una substancia no
ionizable, por ejemplo la glucosa, representa un miliosmol de dicha substancia.
Las diferencias de composición iónica
entre los líquidos intra y extracelular se conservan por virtud de la pared celular, que
se comporta como membrana semipermeable.
La osmolalidad (número de partículas
osmóticamente activas por Kg. de agua) del espacio extracelular esta condicionada por el
sodio (con sus aniones acompañantes cloro y bicarbonato) y por los osmoles no
electrólitos, glucosa y urea. Su valor debe mantenerse en límites muy estrechos
(280-295mOs/Kg) para evitar desplazamientos del agua entre los espacios intracelular y
extracelular. Se puede calcular según la siguiente fórmula:
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Aunque la presión osmótica de una
solución sea la suma de las presiones parciales ejercidas por cada uno de los solutos en
su seno, la presión osmótica eficaz sólo depende de aquellas substancias que no pueden
pasar por los poros de la membrana semipermeable. En estas condiciones, las proteínas
disueltas en el plasma son la causa fundamental de la diferencia de presión osmótica
eficaz entre plasma y líquido intersticial. Dicha diferencia se llama frecuentemente
presión osmótica de coloides o presión oncótica. La diferencia de presión osmótica
eficaz entre los compartimientos líquidos extra e intracelular obedece a cualquier
substancia incapaz de atravesar libremente la membrana celular. Por ejemplo, el sodio, que
es el principal catión del líquido extracelular, explica la mayor parte de la presión
osmótica, pero otras substancias que tampoco pasan fácilmente por la membrana, por
ejemplo la glucosa, también elevan la presión osmótica eficaz.
En vista de que las membranas celulares
dejan pasar libremente el agua, se considera que las presiones osmóticas eficaces en los
dos compartimientos son iguales. Cualquier situación que modifique la presión osmótica
eficaz en uno u otro compartimiento tendrá como consecuencia una nueva distribución del
agua entre los mismos. Por ejemplo, si aumenta la presión osmótica eficaz en el líquido
extracelular, cosa que puede deberse frecuentemente a un aumento de la concentración de
sodio, habrá paso neto de agua del líquido intracelular al extracelular. Este paso de
agua continuará hasta que las presiones osmóticas eficaces en ambos compartimientos se
hayan igualado. Inversamente, si disminuye la concentración de sodio en el líquido
extracelular, pasará agua del espacio extracelular al intracelular. Pero una deplección
del volumen líquido extracelular, sin cambio de concentración de los iones, no tiene por
qué producir salida de agua libre del espacio intracelular.
Vemos pues que el líquido intracelular
interviene en caso de pérdidas que supongan un cambio de concentración o composición
del líquido extracelular, pero casi no es afectado por los cambios de volumen en
condiciones isotónicas. En la práctica, la mayor parte de ganancias y pérdidas de
líquidos corporales afectan directamente el compartimiento extracelular.
El metabolismo celular requiere una
adecuada perfusión tisular que se consigue gracias a la existencia de un volumen
circulante efectivo contenido en el espacio intravascular. Por otra parte, la regulación
del volumen extracelular está determinada por los cambios del volumen circulante
efectivo. Este volumen circulante depende del gasto cardíaco, de las resistencias
vasculares periféricas y del contenido de sodio en el organismo, y sus alteraciones son
compensadas, entre otros mecanismos, por la reabsorción y excreción de Na y agua por el
riñón. La estabilidad del volumen circulante efectivo requiere, además, el
mantenimiento de la presión oncótica intravascular que está condicionada casi
exclusivamente por la albúmina. La presión oncótica es, junto a las diferencias de
presión hidrostática a ambos lados de la pared capilar, uno de los factores
fundamentales en la dinámica de la ley de Starling que determina el desplazamiento de
agua entre los espacios intravascular e intersticial.
En condiciones normales existe un
equilibrio o balance constante entre las ingestas y las pérdidas hidroelectrolíticas. El
aporte diario mínimo de agua que necesita un adulto sano es aproximadamente de 1600ml, de
los cuales el 85% procede del agua libre ingerida y de los propios alimentos y el 15%
restante del agua endógena generada por la oxidación de los principios inmediatos. Este
aporte compensa las pérdidas obligatorias de agua que se producen a través de la orina
(500ml), del tracto respiratorio y de la piel en forma de pérdidas
"insensibles" (900ml) y de las heces (200ml). El agua excedente ingerida se
eliminará por la orina.
Los procesos fisiológicos que regulan el
balance de Na son extraordinariamente eficientes. La eliminación de sodio por el riñón
puede variar dentro de un rango muy amplio, desde menos de 5 mEq/día hasta mas de 100
mEq/día, con lo que el contenido total del Na permanece constante a pesar de que existan
grandes modificaciones en los ingresos de este electrólito.
Como se señaló anteriormente, el
funcionalismo celular requiere que en el medio extracelular se mantenga constante la
osmolalidad (concentración de Na) y el volumen (representado por el volumen circulante
efectivo). La homeostasis de estos dos factores depende de forma directa de una perfecta
regulación integrada del metabolismo del agua y del sodio. De esta manera, las
modificaciones del contenido de agua del compartimiento extracelular influirán en su
osmolalidad y, por otra parte, las variaciones del balance del sodio en su contenido de
agua o volumen.
La estabilidad de la osmolalidad del plasma
se consigue mediante un control adecuado del balance hídrico fundamentalmente a través
del mecanismo de la sed y de la regulación de la excreción de agua por el riñón
(concentración y dilución de la orina) mediada por la hormona antidiurética (Figura 2).
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Fig.
2. Reabsorción tubular de Na y H2O |
La sed supone la necesidad de ingerir agua.
Esta sensación fisiológica está regulada por osmorreceptores situados en el hipotálamo
que detectan los cambios de la osmolalidad plasmática. El incremento de la osmolalidad
plasmática representa el estímulo más potente para la sed. Otros estímulos adicionales
son la hipovolemia-hipotensión a través del sistema renina-angiotensina-aldosterona.
La hormona antidiurética forma parte de un
mecanismo muy efectivo para el control del balance hídrico en el que intervienen el
hipotálamo, la neurohipófisis y el riñón. Pequeñas variaciones de la osmolalidad
plasmática (<2%) pueden ser detectadas por osmorreceptores situados en el hipotálamo.
El incremento de la osmolalidad estimula la
secreción de la ADH, mientras que su descenso inhibe la secreción de la misma. Cuando el
efecto de la ADH es máximo, el volumen de orina puede disminuir hasta un mínimo de 500ml
al día (pérdida de agua obligatoria por el riñón) y la osmolalidad urinaria puede
alcanzar los 1400mOs/Kg; en cambio, en ausencia de ADH, la osmolalidad urinaria puede
disminuir hasta 40-80 mOs/Kg y la diuresis máxima diaria puede llegar a ser de 15 a 20 L.
La acción de la ADH consiste en facilitar la permeabilidad al agua de la parte distal del
túbulo distal y de los tubos colectores renales, por lo que, debido a la hipertonicidad
medulointersticial del riñón, el agua contenida en estas estructuras pasa al intersticio
renal y de ahí a la circulación sistémica.
Otro estímulo que incrementa la secreción
de la ADH es la disminución del volumen circulante efectivo. En situaciones en las que
inciden simultáneamente un estado de hipoosmolalidad y de hipovolemia, que actuarían de
forma antagónica sobre la liberación de ADH, predominará el efecto de la hipovolemia y
la hipoosmolalidad se agravará.
Para que el agua pueda ser eliminada por el
riñón es preciso que, además de que del tubo colector sea impermeable al agua, el
líquido que alcanza el túbulo distal a) tenga un volumen suficiente y b) sea
hipotónico. Por tanto, es necesario que el filtrado glomerular sea adecuado y que el Na y
el Cl sean reabsorbidos sin agua en la porción ascendente del asa de Henle.
La volemia es controlada por un complejo
sistema en el que intervienen diversos receptores de volumen-presión, localizados en el
riñón (aparato yuxtaglomerular) y en otras estructuras (barorreceptores de la aurícula
y grandes arterias). A través de la estimulación de estos receptores se activan
diferentes mecanismos efectores que actúan sobre: a) el gasto cardiaco, b) las
resistencias vasculares periféricas, y c) el balance o contenido de sodio. Los mecanismos
efectores más importantes son el sistema nervioso simpático y el sistema
renina-angiotensina-aldosterona (cuadro 1).
El riñón es el órgano que regula el
contenido total del sodio del organismo, mediante su capacidad de controlar la excreción
este ion.
La cantidad de sodio filtrado por el
glomérulo varía dependiendo de la volemia; sin embargo, salvo en situaciones de
insuficiencia renal terminal, las variaciones en el filtrado glomerular apenas influyen en
la eliminación de Na. El proceso fundamental que regula el balance de sodio es la
reabsorción tubular y constituye la principal respuesta adaptativa a las fluctuaciones
del volumen circulante efectivo.
En el túbulo proximal se reabsorbe la
mayor parte del Na filtrado por mecanismos fundamentalmente físicos. La filtración
glomerular condiciona en la circulación capilar peritubular un incremento de la presión
oncótica y una disminución de la presión hidrostática que favorecen la reabsorción de
sodio. En situaciones de deplección de volumen, se producen una serie de cambios
vasomotores de la circulación renal, mediados por el sistema nervioso simpático y
la angiotensina II, que condicionan un aumento de la fracción de filtración
glomerular con respecto al flujo renal y, en consecuencia, se intensifican los cambios
anteriormente mencionados que favorecen la reabsorción Na.
En la parte distal del túbulo contorneado
distal y en la porción cortical de los tubos colectores, la reabsorción de sodio está
regulada por la acción de la aldosterona que promueve el paso de Na, en
intercambio con potasio, desde la luz tubular al interior celular. La secreción de la
aldosterona es inducida principalmente por el sistema renina-angiotensina. El estímulo
más potente de este sistema es la disminución del volumen circulante efectivo.
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Cuadro
1. Regulación del volumen circulante efectivo |
Además del sistema nervioso simpático y
del sistema renina-angiotensina-aldosterona, también intervienen otros mecanismos
hormonales en el control de la excreción renal
de sodio. Entre ellos cabe destacar la acción del denominado factor natriurético que
facilita la excreción de sodio al inhibir su reabsorción en el túbulo colector. Se
considera que el factor natriurético es, al menos en parte, el responsable del proceso
conocido como fenómeno de "escape" mediante el cual se favorece la eliminación
renal de Na en situaciones de expansión de volumen y se evita, de esta forma, la
sobrecarga de volumen progresiva que se produciría en el hiperaldosteronismo primario o
en la secreción inadecuada de ADH.
Alteraciones del Equilibrio Hidrosalino
Clasificación
Las alteraciones del balance del Na y agua
suceden en una gran variedad de circunstancias clínicas. En algunas ocasiones constituyen
una manifestación más dentro del cuadro sindrómico de la enfermedad subyacente
sistémica que la origina, mientras que en otras representan el trastorno fisiopatológico
fundamental condicionante de la enfermedad. Como se ha señalado anteriormente, el balance
de sodio y del agua son los factores que determinan el volumen y la osmolalidad,
respectivamente, del medio extracelular. Por tanto, desde un punto de vista
fisiopatológico es más apropiado analizar los trastornos del metabolismo hidrosalino en
función del volumen y la osmolalidad del espacio extracelular. Los cambios de la
osmolalidad en este espacio, debido al equilibrio osmótico que se establece entre los
compartimientos intracelular y extracelular, reflejarán fielmente los cambios de
osmolalidad e hidratación del medio intracelular.
Las alteraciones, ya sea por defecto o por
exceso. Del volumen y la osmolalidad habitualmente se presentan de manera combinada, por
lo que siempre deberemos valorar ambos factores a la hora de analizar una situación
concreta.
Alteraciones del volumen extracelular
Las anomalías del volumen extracelular son
consecuencia de alteraciones del contenido total de Na (cuadro 2).
Deplección del volumen extracelular
Etiopatogenia. La deplección de
sodio siempre es consecuencia de una pérdida excesiva del mismo. Las pérdidas pueden
proceder del riñón o de otras localizaciones.
1. Pérdidas gastrointestinales. Es la
causa más común de deplección de volumen. La
composición hidroelectrolítica y el pH del líquido gastrointestinal difieren
notablemente dependiendo de la localización anatómica donde es secretado (tabla 2). Así
pues, a la deplección de volumen se asociarán diversos trastornos del potasio y del
bicarbonato que son clínicamente tan importantes como la deplección del volumen
propiamente dicha.
2. Pérdidas cutáneas y pulmonares. La
concentración de sodio del sudor varía entre 5 a 50
mEq/l dependiendo e la intensidad de la sudación. Como quiera que la pérdida de agua
excede a la de Na, la deplección de volumen ocasionada por el sudor siempre será
hipertónica. Las quemaduras pueden originar severas deplecciones de volumen por la
pérdida no sólo de líquido intersticial sino también de proteínas plasmáticas. A
través de los pulmones pueden eliminarse cantidades excesivas de agua y, en ocasiones, de
sodio, como sucede en situaciones con una marcado aumento de la secreción bronquial.
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|
Tabla
2. Composición hidroelectrolítica de la secreción gastrointestinal. |
3. Secuestro de líquido en un tercer
espacio. El acumulo rápido de agua y sodio en un
tercer espacio que no está en equilibrio con los compartimientos intravascular e
intersticial, puede originar graves deplecciones de volumen intravascular que tienen un
significado fisiopatológico similar al de las pérdidas reales hidrosalinas. Esto ocurre
principalmente en la cavidad abdominal por una pancreatitis aguda o una inflamación aguda
del peritoneo.
4. Pérdidas renales. La eliminación
excesiva de sodio por la orina puede estar condicionada por una afectación intrínsica
renal o por el efecto de otros factores que impiden que el Na se reabsorba adecuadamente
en los diferentes segmentos del túbulo renal.
a) Pérdidas renales por afectación
intrínsica renal. En procesos renales agudos, como en
la fase poliúrica de recuperación de la necrosis tubular aguda o en el período
poliúrico postobstructivo de la insuficiencia renal aguda postrenal, existe un trastorno
transitorio de la función tubular que puede ocasionar una importante deplección de
sodio. En otras enfermedades renales crónicas como la insuficiencia renal crónica y las
enfermedades tubulointersticiales (nefropatía pierde sal), la reabsorción renal de sodio
se encuentra alterada, por lo que se produce una pérdida "obligatoria" de sodio
por la orina que, en caso de no ser compensada por una ingesta adecuada, condiciona un
estado de deplección de volumen.
b) Pérdidas renales sin afectación
intrínsica renal. Una excesiva eliminación urinaria de sodio en presencia de una
función renal normal puede observarse en tres circunstancias clínicas; una es el abuso
de diuréticos, que actúan inhibiendo el transporte activo del Na en diferentes lugares
de la nefrona; otra es la presencia anormal de grandes cantidades en el túbulo renal de
solutos diferentes al Na (glucosa, manitol, urea,etc.) que por el efecto conocido como
diuresis osmótica "arrastra sodio y agua del espacio tubular; y la tercera es la insuficiencia
suprarrenal que condiciona una disminución de la reabsorción distal de Na por el
déficit de aldosterona.
Aproximación diagnóstica y
terapéutica. El manejo de los pacientes en los que se sospecha deplección de volumen
extracelular debe organizarse en función de tres objetivos:
|
Deplección del
Volumen Extracelular
Pérdidas Extrarrenales
Diarreas
Gastrointestinales Vómitos
Drenajes
Cutáneas Sudación excesiva
Quemaduras
Pulmonares Hiperventilación
Secuestro del Líquido en un tercer espacio
Pancreatitis Aguda
Peritonitis Aguda
Pérdidas Renales
Enfermedad Renal
Nefropatías agudas (fase poliúrica de la
necrosis tubular aguda, poliuria postobstructiva).
Nefropatías crónicas (insuficiencia renal
crónica, nefropatía <<pierde sal>>)
Abuso de diuréticos
Diuresis osmótica
Hiperglucemia
Empleo de Manitol
Insuficiencia Suprarenal
Expansión del Volumen extracelular
(edema)
Con disminución del volumen circulante
efectivo
1. Insuficiencia cardiaca congestiva
2. Cirrosis hepática
3. Síndrome nefrótico
Con aumento del volumen circulante efectivo
1. Aporte excesivo de sodio
2. Disminución del filtrado glomerular
(insuficiencia renal aguda y crónica sin
depleción de volumen) |
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Cuadro 2.
Clasificación etiopatogénica de las alteraciones del volumen extracelular. |
1. Diagnóstico sindrómico
La confirmación diagnóstica de la
deplección de volumen extracelular se basa en la clínica y en el apoyo diagnóstico de
los datos de laboratorio. Las manifestaciones clínicas son expresión de la
disminución del volumen intersticial e intravascular. Como consecuencia de la deplección
del volumen intravascular, el paciente presentará la sintomatología característica de
los cuadros hipovolemicos (astenia, mareo con el ortostatismo, sed y, en casos severos de
shock, disfunción global del SNC) junto con hipotensión arterial y taquicardia que se
intensifican en bipedestación. Las manifestaciones clínicas derivadas de la deplección
del volumen instersticial como la menor turgencia de la piel (signo del pliegue) y la
sequedad de la piel y mucosas, en muchas ocasiones, sobre todo en ancianos, no son
fiables. En pacientes jóvenes, la presencia del signo del pliegue habitualmente implica
una deplección de volumen severa.
Los datos de laboratorio más
útiles para valorar la existencia de un estado de deplección hidrosalina intravascular
son el aumento de la concentración de las proteínas plasmáticas y de las células
sanguíneas (hemoconcentración) y las alteraciones derivadas de la repercusión renal de
la hipovolemia. Como consecuencia de la insuficiencia renal aguda prerrenal se produce un
aumento de las concentraciones plasmáticas de ácido úrico, creatinina y urea, mientras
que desciende la concentración urinaria de Na (<10mEq/l). La urea suele aumentar
proporcionalmente más que la creatinina. Obviamente, en aquellos casos de deplección de
volumen por pérdidas renales, la natriuria será superior (>20mEq/l). Es muy
importante tener presente que, en casos de deplección de volumen con alcalosis
metabólica asociada, la concentración urinaria de Na puede ser mayor de lo esperado como
consecuencia de la pérdida obligada de sodio en compañía del bicarbonato que es
eliminado en exceso por la orina. En estos casos, el parámetro urinario más útil es la
concentración de Cl que será inferior a 10mEq/l.
Además de una correcta valoración del
volumen extracelular deberemos comprobar la existencia de otras alteraciones
hidroelectrolíticas y del equilibrio ácido-base (hipo-hipernatremia,
hipo-hiperpotasemia, alcalosis-acidosis metabólica) que pueden condicionar graves
alteraciones fisiopatológicas.
2. Diagnóstico etiológico
La correcta historia clínica aporta una
información muy valiosa. Manifestaciones como vómitos, diarrea, dolor y distensión
abdominal, sudación excesiva, poliurea, polidipsia, astenia e hiperpigmentación de la
piel, y la existencia de antecedentes como el uso de diuréticos y la colocación de
drenajes gastrointestinales permiten, en muchos casos, establecer una sólida sospecha
etiológica.
3. Tratamiento
El objetivo terapéutico consiste en la
reposición intravascular de agua y electrolitos, por vía oral y/o intravenosa, en
proporción y cantidad similar a la del líquido perdido. La cuantificación exacta de las
pérdidas es prácticamente imposible, por ello, es necesario una monitorización precisa
del estado de la volemia, mediante los parámetros hemodinámicos y analíticos antes
comentados, para evitar una reposición insuficiente o una expansión del volumen
excesiva.
Expansión del volumen extracelular
Los trastornos por exceso del volumen
extracelular son consecuencia de un incremento del contenido de Na y agua. La
manifestación clínica fundamental que caracteriza a estos trastornos es la presencia de
edema generalizado como consecuencia del aumento del líquido intersticial.
Etiopatogenia. La aparición de
edema implica un desequilibrio de las fuerzas de Starling que facilita el paso excesivo de
agua y solutos des espacio intravascular al intersticial a través de la membrana capilar.
En la práctica clínica, ello puede estar motivado por una disminución de la presión
oncótica o un aumento de la presión hidrostática en el interior del capilar. A su vez,
el aumento de la presión hidrostática puede ser consecuencia de un aumento real del
volumen plasmático o bien de trastornos hemodinámicos circulatorios.
1. Expansión del volumen extracelular
con disminución del volumen circulante
efectivo. En aquellos casos en los que el desplazamiento del líquido intravascular al
espacio intersticial no es producido por un verdadero aumento de la volemia, este
desplazamiento de líquido originará una deplección del volumen circulante efectivo. A
su vez, esta deplección condicionará, por los sistemas reguladores anteriormente
mencionados, una retención renal de sodio "adecuada" a esta disminución del
volumen efectivo. Mientras persista el desequilibrio capilar que favorece el paso de agua
al espacio intersticial, todo el sodio retenido por el riñón pasará a este espacio, con
lo cual se establece una perpetuación del trastorno fisiopatológico que conllevará un
progresivo incremento del edema. La disminución del volumen circulante efectivo
constituye el mecanismo más frecuente de expansión del volumen extracelular. Las causas
de disminución del volumen circulante efectivo con expansión del volumen extracelular
son tres: a) el edema de la insuficiencia cardiaca congestiva es desencadenado por una
serie de cambios hemodinámicos que condicionan un incremento de la presión hidrostática
intracapilar; b) el edema que aparece en los pacientes con cirrosis hepática es de origen
multifactorial y, al menos en parte, esta desencadenado por cambios hemodinámicos
insuficientemente conocidos y por la hipoalbuminemia; y c) en el síndrome nefrótico, el
factor determinante del edema es la hipoalbuminemia.
2. Expansión del volumen extracelular
con aumento del volumen circulante efectivo.
En estos casos, el desequilibrio capilar está producido por un aumento de la presión
hidrostática secundaria a un incremento del volumen circulante. En condiciones
fisiológicas la expansión de la volemia desencadena una respuesta compensadora
natriurética, denominada fenómeno de "escape" que impide un incremento
progresivo del volumen circulante. Por tanto, para que la expansión de la volemia sea
fisiopatológicamente significativa es preciso que este mecanismo compensador fracase,
bien porque la expansión de volumen sea de cuantía importante y de instauración aguda,
bien por un trastorno intrínseco renal que impida la mencionada respuesta natriurética.
Esto ocurre en dos situaciones que pueden aparecer aislada o conjuntamente y que son la
administración intravenosa de cantidades excesivas de soluciones hidrosalinas, o bien la
disminución del filtrado glomerular por insuficiencia renal aguda o crónica sin
deplección de volumen. La situación más característica es la glomerulonefritis aguda.
Diagnóstico y tratamiento. En todos
estos pacientes, el edema constituye una manifestación más dentro del contexto
sindrómico de la enfermedad subyacente sistémica que origina la expansión de volumen.
El tratamiento comprende, además de las medidas específicas propias de cada enfermedad,
el uso correcto de los diferentes tipos de diuréticos para el control del edema.
Trastornos en la Concentración de
Electrolitos
Anomalías del Sodio
Hiponatremia
Se considera que existe hiponatremia cuando
la concentración plasmática de sodio es inferior a 135 mEq/l. En la inmensa mayoría de
los casos indica hipoosmolalidad plasmática, sin embargo, en determinadas circunstancias
patológicas se observa hiponatremia sin disminución de la osmolalidad. Esta situación
también conocida como seudohiponatremia puede presentarse por dos motivos: a) por
reducción del porcentaje del agua del plasma con respecto al volumen plasmático total.
Aparece en hiperlipidemias e hiperproteinemias severas y no supone ningún trastorno
hidrosalino puesto que la osmolalidad plasmática es normal; y b) por presencia de otros
osmoles (glucosa, manitol, etc.) en el espacio extracelular que incrementan la osmolalidad
plasmática. En estos casos se produce una disminución de la concentración plasmática
de sodio como consecuencia del desplazamiento del agua desde el espacio intracelular al
extracelular. En situaciones de hiperglucemia el Na desciende 1,6 mEq/l por cada 100 mg/dl
de incremento de la glucosa.
Etiopatogenia. La alteración
fisiopatológica característica de los estados de hiponatremia es la incapacidad del
riñón para diluir adecuadamente la orina. Los mecanismos patogénicos que pueden
condicionar esta alteración son dos; a) mecanismo consiste en la incapacidad del riñón
para generar suficiente cantidad de orina diluida en el túbulo distal. Esto puede
suceder, bien por una disminución del filtrado glomerular y/o un aumento de la
reabsorción proximal de sodio y agua que impiden la generación de una cantidad
suficiente de orina, bien por una alteración de la reabsorción de Na y Cl en la porción
ascendente del tubo de Henle y en la proximal del tubo contorneado distal que dificulta la
dilución de la orina; y b) la otra posibilidad es que exista una secreción continua de
ADH a pesar de la hipoosmolalidad plasmática que, al permitir el paso de agua al espacio
intersticial desde el tubo colector, aumenta la concentración de la orina.
Desde un punto de vista clínico, la
clasificación más útil de la hiponatremia es la establecida a partir de la situación
del volumen extracelular (cuadro 3).
1. Hiponatremia con volumen extracelular
disminuido.
La deplección de volumen favorece la
aparición de hiponatremia a través del aumento de la secreción de ADH (el efecto
estimulante de la hipovolemia predomina frente al inhibidor de la hipoosmolalidad) y la
disminución del filtrado glomerular. En estos pacientes, la hiponatremia suele ser leve y
la clínica predominante es la propia de la deplección de volumen.
|
Hiponatremia con volumen
extracelular disminuido (cuadro 2)
Hiponatremia con volumen extracelular
aumentado (edema) (cuadro 2)
Hiponatremia con volumen extracelular
normal o <<minimante>> aumentado
Secreción inadecuada de ADH
Deficiencia de Glucocorticoides
Polidipsia severa
Hiponatremia esencial
Hiponatremia sin hipoosmolalidad
plasmática (seudohiponatremia)
Presencia de otros osmoles
Hiperglucemia
Empleo de manitol
Reducción del porcentaje de agua
plasmática
Hiperlipidemia
Hiperproteinemia |
|
Cuadro 3.
Clasificación etiopatogénica de los estados hiponatrémicos. |
Las causas de deplección de volumen
extracelular ya han sido comentadas previamente. De todas ellas, el uso de diuréticos
predispone especialmente a la hiponatremia ya que éstos,
además de inducir hipovolemia, dificultan
la reabsorción de Na libre de agua en el asa de Henle y en túbulo distal y, por tanto
impiden la dilución de la orina.
2. Hiponatremia con volumen extracelular
aumentado.
Este grupo ha sido analizado también
previamente. En estos pacientes la hiponatremia es consecuencia, bien de la deplección
del volumen circulante efectivo (síndrome nefrótico, insuficiencia cardíaca congestiva,
cirrosis hepática) que inducirá las mismas alteraciones que la deplección de volumen
extracelular o bien de la disminución del filtrado glomerular en presencia de expansión
del volumen circulante (insuficiencia renal aguda o crónica) que impide la formación de
una cantidad suficiente de orina. La hiponatremia en estos pacientes suele ser leve y la
manifestación hidroelectrolítica principal es la presencia de edema generalizado.
3. Hiponatremia con volumen extracelular
normal o "minimamente elevado".
El Trastorno fisiopatológico fundamental
en estos casos es la incapacidad de la excreción renal por un defecto intrínseco
tubular. Es importante resaltar que es preciso que se mantenga la ingesta de agua para que
se desarrolle la hiponatremia en estas circunstancias. La retención excesiva de agua
provoca un incremento mínimo del volumen extracelular no significativo, debido al
desplazamiento de agua por gradiente osmótico al espacio intracelular y al fenómeno de
"escape" natriurético. La mayor parte de las causas que originan este trastorno
están relacionadas con una secreción inadecuada de ADH.
a) Síndrome de secreción inadecuada de
ADH (SIADH) o síndrome de Schwart-Bartter. En este síndrome se produce una
liberación de ADH "inapropiadamente" elevada a pesar de la disminución de la
osmolalidad plasmática y del discreto aumento del volumen extracelular. Las
características bioquímicas y clínicas de la SIADH son: a) osmolalilad urinaria
inapropiadamente elevada con relación a la plasmática (en la mayor parte de los casos es
superior a la plasmática); b) función renal normal; C) natriuria elevada (>20mEq/l);
d) incremento de la hiponatremia con la sobrecarga de líquidos; e) normalidad del balance
del potasio y del equilibrio ácido-basico; f) ausencia de edema y de deplección de
volumen y g) normalidad de la función suprarrenal y tiroidea.
Es característico también de este
síndrome, a diferencia de lo que ocurre en los estados de deplección de volumen. La
presencia de hipouricemia.
Las causas del síndrome de SIADH son
numerosas y se exponen en la cuadro 4. Rara vez no se identifica ninguna causa. En estos
caso, aparentemente idiopáticos, es esencial realizar un seguimiento clínico estrecho
ante la posible existencia de una neoplasia oculta.
Otras causas de hiponatremia con volumen
extracelular normal. En determinadas deficiencias endocrinas (hipotiroidismo y
déficit de glucocorticoides) puede aparecer una hiponatremia por mecanismos complejos
incompletamente conocidos, en los que puede estar implicada la ADH. La hiponatremia
esencial es un trastorno de los osmorreceptores hipotalámicos que consiste en una
disminución del umbral para la liberación de ADH. La natremia se encuentra descendida
entre 125-130 mEq/l, pero se mantiene estable. Este tipo de hiponatremia es asintomático
y no requiere tratamiento. En casos excepcionales de polidipsia primaria con una ingesta
de agua superior a 10-15 litros puede excederse la capacidad máxima real de excreción de
agua y desarrollarse un estado de hiponatremia.
|
Incremento de la
producción hipatalámica de ADH
Enfermedades del sistema nervioso central
Infecciones: meningitis tuberculosa,
meningitis bacteriana aguda, encefalitis aguda
Enfermedades vasculares: infarto cerebral,
hematoma subdural, hemorragia subaracnoidea
Neoplasias: primarias o metastásicas
Miscelánea: Síndrome de Guillain -
Barré, porfiria aguda intermitente, fractura craneal.
Enfermedades pulmonares*
Tuberculosis
Neumonia bacteriana, vírica o micótica
Absceso
Empiema
Enfermedad pulmonar obstructiva crónica
Fármacos
Carbamacepina
Ciclofosfamida
Vincristina
Otros: halopridol, bromocriptina,
amitriptilina, tioridazina
Postintervenciones quirúgicas*
Idiopática
Producción ectópica de ADH por
procesos neoplásicos
Carcinoma pulmonar de células pequeñas*
Carcinoma de páncreas
Linfomas
Carcinoma de duodeno
Timoma
Potenciación del efecto de ADH por
fármacos
Clorpropamida*
Tolbutamida |
|
* causa más
frecuentes.
Cuadro 4. Clasificación
etiopatogénica del síndrome de secreción inadecuada de ADH |
Clínica. La severidad de las
manifestaciones clínicas dependen del grado de la hiponatremia y de la rapidez de su
instauración y están condicionadas por el desplazamiento del agua al interior de las
neuronas. Cuando la hiponatremia es inferior a 120 mEq/l o se ha establecido rápidamente,
aparecen las manifestaciones que consisten en anorexia, náuseas, y, en estadio más
severos, cefalea, convulsiones y deterioro del nivel de conciencia.
Aproximación diagnóstica. La
sistemática de estudio más útil ante un paciente con hiponatremia es la siguiente
(cuadro 5).
|

|
|
Cuadro
5. Sistemática diagnóstica de los estados hiponatrémicos, NTA: necrosis tubular
aguda; I:insuficiencia; SIADH: síndrome de secreción inadecuada de ADH; S:
síndrome. |
1. Determinación de la osmolalidad
plasmática. Nos permite diferenciar los estados de seudohiponatremia (hiponatremia sin
hipoosmolalidad) de los de hipoosmolalidad plasmática verdadera.
2. Valoración del volumen extracelular. La
historia clínica habitualmente es suficiente para la valoración del volumen extracelular
(disminuido, aumentado o normal). La medición del BUN, de la creatinina y del ácido
úrico es también de gran ayuda para diferenciar los casos de deplección de volumen de
los de SIADH.
3. Determinación de la concentración
urinaria de Na.
La natriuria estará disminuida (<10-15
mEq/l) en los pacientes con edema generalizado por disminución del volumen circulante
efectivo y en los estados de deplección del volumen extracelular por pérdidas
extrarrenales. Por otra parte, estará aumentada (>20mEq/l) en el síndrome de SIADH,
en la deplección de volumen por pérdidas renales y en los estados de insuficiencia renal
con expansión del volumen extracelular.
La determinación del potasio y del pH
plasmáticos también pueden ser de gran ayuda para establecer el diagnóstico correcto.
La combinación de hipopotasemia y alcalosis metabólica sugiere la existencia de
pérdidas renales por diuréticos o gástricas; la de acidosis metabólica o
hiperpotasemia es propia del fracaso renal o de la insuficiencia renal. La osmolalidad
urinaria estará siempre inapropiadamente elevada en todos los estados de hiponatremia
salvo en los casos de polidipsia primaria (<100mOs/Kg).
Tratamiento. El objetivo
terapéutico fundamental es la eliminación de la causa y/o la corrección del mecanismo
patogénico que desencadenan la hiponatremia. Sólo en aquellos casos en los que se
produzca una hiponatremia severa sintomática el objetivo prioritario será aumentar la
osmollidad plasmática.
1. Tratamiento patogénico. Dependerá del
mecanismo desencadenante: a) hiponatremia con volumen extracelular disminuido. La
normalización de la volemia con soluciones salinas isotónicas habitualmente será
suficiente para la corrección de la hiponatremia. B) Hiponatremia con volumen
extracelular aumentado. El uso adecuado de diuréticos y el tratamiento etiológico propio
de cada caso son las medidas terapéuticas principales. En algunos pacientes es preciso
una restricción de la ingesta de agua.
2. Trataniento sintomático. Los pacientes
con hiponatremia severa sintomática (habitualmente <115mEq/l) requieren la
administración de soluciones salinas hipertónicas. El objetivo inicial es incrementar la
concentración plasmática de Na hasta 120-125 mEq/l. Correcciones excesivamente rápidas
de hiponatremias severas pueden provocar graves alteraciones neurológicas (mielinilisis
pontina central), sobre todo cuando la hiponatremia es crónica. Se recomienda no
incrementar la concentración plasmática de sodio a más de 0,5-1 mEq/l por hora en
situaciones crónicas. En caso de que la hiponatremia se hay establecido en menos de 24
horas puede aumentarse hasta 1-2 mEq/l por hora. La administración de diuréticos
(furosemida) está indicada cuando existe riesgo de sobrecarga de volumen por la infusión
de salino hipertónico. El cálculo del déficit de Na que hay que reponer se puede
estimar mediante la siguiente fórmula:
Déficit de Na(mEq/l)= (140 - Na actual) x
0,6 x peso corporal (Kg).
Hipernatremia
Se considera que existe hipernatremia
cuando la concentración plasmática de Na es superior a 145-150 mEq/l. La presencia de
hipernatremia siempre indica una situación de hiperosmolalidad. Desde un punto de vista
clínico es útil clasificar las hipernatremias en tres subgrupos dependiendo de la
situación del balance hidrosalino (cuadro 6): a) por déficit exclusivo de agua; b) por
déficit hidrosalino pero con pérdidas de agua superiores a las de sodio y c) por balance
positivo de sodio. En cualquier caso, todo estado de hipernatremia severa implica una
insuficiente ingesta de agua. Por ello es más frecuente en niños menores de un año,
ancianos y pacientes con trastornos de conciencia.
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Por déficit
exclusivo de agua
Pérdidas renales
Diabetes insípida central
Diabetes insípida nefrogénica
Aumento de las pérdidas
<<insensibles>>
Cutáneas (cuadros febriles)
Pulmonares (hiperventilación)
Por déficit hidrosalino con
pérdidas de agua superiores a las de
sodio
Pérdidas cutáneas
Sudación excesiva
Pérdidas renales
Diuresis osmótica (hiperglucemia, manitol)
Por balance positivo de sodio
Administración excesiva de sodio
Hiperaldosteronismo primario
|
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Cuadro 6.
Clasificación etiopatogénica de los estados hipernatrémicos |
Etiopatogenia. 1- Hipernatremia por
déficit exclusivo de agua. Se produce por pérdidas de agua a través del riñón, de la
piel o de los pulmones. La pérdida extracelular de agua origina un gradiente osmótico
que facilita el paso de agua desde el espacio intracelular al extracelular. Sólo un
tercio del déficit total de agua procede del espacio extracelular y, por tanto, el
volumen circulante suele mantenerse estable.
a) Pérdidas renales: se produce por una
incapacidad del riñón para la concentración de orina
que condiciona la eliminación de grandes cantidades de orina (3-20 L/día) con una
osmolalidad muy baja ( 50-200 mOsm/Kg). Esta situación conocida como diabetes insipida
puede estar condicionada por un déficit de la secreción de ADH (central) o por un
trastorno tubular renal (nefrogénica). Las causas más importantes de diabetes insipida
central son los traumatismos craneoencefálicos, la encefalopatía anóxica, la cirugia
hipofisiaria y los tumores cerebrales. No obstante, el 50% de los casos son idiopáticos.
La diabetes insípida nefrogénica es originada por diversas causas, adquiridas o
congénitas, que dificultan la acción de la ADH.
b) Pérdidas extrarrenales: se producen
como consecuencia del incremento de las pérdidas
insensibles a través de la piel y la respiración en cuadros febriles y en situaciones de
hiperventilación.
2.- Hipernatremia por déficit hidrosalino
con pérdidas de agua superiores a la de sodio. En este grupo de hipernatremia existe una
situación de deplección de volumen extracelular cuya severidad estará en relación con
la cuantía del déficit de sodio. La procedencia de las pérdidas de líquido hidrosalino
hipotónico puede ser: a) cutánea, por sudación excesiva; b) gastrointestinal, por
vómitos o diarrea y c) renal, por diuresis osmótica inducida por agentes como manitol,
glucosa o urea que al eliminarse por el túbulo renal arrastran agua y en menor
proporción sodio.
Hipernatremia por balance positivo de
sodio. Es una situación poco frecuente que se observa en pacientes ingresados comatosos
que reciben cantidades excesivas de soluciones salinas hipertónicas. Otra causa es el
hiperaldosteronismo primario.
Manifestaciones clínicas.- Los
síntomas están en relación con la disminución del volumen en las células del SNC. La
severidad del cuadro depende del grado y de la rapidez de instauración de la
hipernatremia. En caso que se desarrolle lentamente se produce un incremento de la
osmolalidad intracelular que reduce la deplección del volumen intracelular.
Habitualmente, cuando la natremia es superior a 160 mEq/L los síntomas son evidentes.
Inicialmente se manifiesta por irritabilidad e hipertonia muscular y posteriormente; a
medida que la hipernatremia se agrava, aparecen alteraciones de la conciencia,
convulsiones, coma y muerte.
Aproximación diagnóstica y
terapéutica. Los datos fundamentales que debemos valorar son: (cuadro 7).
1.- Volumen extracelular: a)
disminuido(pérdidas hidrosalinas); b) normal (pérdida exclusivamente de agua); c)
aumentado (balance de sodio positivo).
2.- concentración urinaria de Na: útil en
pacientes con deplección de volumen: a) < 20 mEq/l ( pérdidas hidrosalinas
extrarrenales); b) >20 mEq/L ( pérdidas hidrosalinas renales).
3.- Osmolalidad urinaria: es útil en
pacientes con volumen extracelular normal : a) >280 mOsm/Kg (pérdidas extrarrenales
exclusivamente de agua); b) < 280 mOsm/Kg (diabetes insipida).
El tratamiento adecuado de este trastorno
requiere no sólo la normalización de la osmolalidad plasmática, sino también la
corrección del volumen extracelular, en caso de que esté disminuido, y la eliminación
del factor etiológico.
La composición del líquido que debemos
administrar dependerá del mecanismo desencadenante de la hipernatremia. Cuando la volemia
es normal utilizaremos exclusivamente agua por vía oral o parenteral (sueros glucosados
al 5%). En cambio, en pacientes con deplección de volumen, inicialmente emplearemos
soluciones salinas isotónicas hasta que la volemia sea normalizada y; posteriormente,
continuaremos con soluciones salinas hipotónicas. La hipernatremia debe ser corregida
lentamente para evitar la aparición de edema cerebral que puede desarrollarse como
consecuencia del incremento previo compensador de la osmolalidad intracelular. Se
recomienda que la reposición del déficit de agua calculado se efectúe en 48 horas como
mínimo y el ritmo del descenso de la natremia no supere 1,5 mEq/L por hora. El cálculo
del déficit de agua corporal total se puede estimar mediante la siguiente fórmula:
Anomalías del Potasio
La ingestión normal de potasio con los
alimentos es del orden de 50 a 100 mEq al día; si no existe hipopotasemia, la mayor parte
del potasio se excreta con la orina. Noventa y ocho por 100 del potasio del organismo
corresponden al compartimiento intracelular, donde la concentración de dicho elemento es
vecina de 150 mEq por litro; se trata del principal catión del líquido intracelular.
Aunque el potasio intracelular total, en un varón de 70Kg, sólo equivale a unos 63 mEq(
4.5 mEq/litro x 14 litros), esta corta cantidad resulta fundamental para las funciones
cardiacas y neuromusculares. Además, la tasa de reposición en el compartimiento líquido
extracelular puede ser rapidísima.
La distribución del potasio, dentro y
fuera de las células, obedece a muchos factores. Se liberan grandes cantidades de potasio
intracelular al espacio extracelular en caso de lesiones graves o de stress quirúrgico
intenso, en la acidosis, y en situaciones de catabolismo exagerado. En estas situaciones,
puede aumentar mucho el potasio del suero, si existe insuficiencia renal con anuria u
oliguria; pero si la función renal es normal, es raro encontrar una hipercalcemia
peligrosa (con cifras superiores a 6meq
por litro). Sin embargo, después de los
traumatismos violentos, un volumen urinario normal o incluso elevado quizá no refleje la
capacidad del riñón para librar el organismo de solutos o para excretar potasio.
Hiperpotasemia
La hiperpotasemia puede ser el resultado de
un desplazamiento del potasio desde el compartimiento intracelular al extracelular, o de
una excesiva retención de potasio.
Al identificar en el laboratorio una
hiperpotasemia, lo primero que habrá que considerar es si es un valor de laboratorio
espurio, si es el resultado de una salida de potasio intracelular o si es debido a una
retención excesiva de potasio (cuadro 8 y 9).
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Espurio
Torniquete apretado o prolongado en exceso
Hemólisis
Alteración de la membrana eritrocitaria
(mononucleosis, crioaglutininas)
Alteración familiar de permeabilidad de
membrana
Trombositosis y leucositosis
Desplazamiento transcelular
Acidosis metabólica o respiratoria
Insulinopenia en diabéticos con
hiperglucemia
Bloqueadores beta
Succinilcolina
Intoxicación digitálica
Intoxicación con fluoruros, litio,
arginina, dantrolona
Parálisis periódicahiperpotasémica
Ejercicio extenuante
Retención de Potasio
Insuficiencia renal aguda o crónica
Hipoaldosteronismos
Primario (Addison, déficit de 21
hidroxilasa, 3 beta hidroxi deshidrogenasa)
Secundario: hiporreninémico (acidosis
tubular tipo IV)
Exceso en la ingesta
Exógenos
Dieta
Sustitutivos dietéticos de la sal
Dieta hiposódica
Endógenos
Hemólisis
Sangrado en el tubo digestivo
Hematomas
Hipercatabolismo |
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Cuadro 8. Causas
de hiperpotasemia |
Los signos de hiperpotasemia importante
quedan limitados a los sistemas cardiovascular y
digestivo. Entre los trastornos digestivos se cuentan las náuseas, vómitos, cólicos
intermitentes, y diarreas. Los signos cardiovasculares pertenecen inicialmente al
electrocardiograma, donde se observan ondas T altas y picudas, complejos QRS ensanchados,
y depresión del segmento ST. Conforme va subiendo el potasio, puede desaparecer la onda T
y presentarse bloqueo cardiaco y paro del corazón en diástole Figura 3.
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Ingesta aumentada de
potasio
Suplementos de potasio
Sustitutivos de la sal
Penicilina potásica
Transfusión de sangre, sobre todo si no es
reciente
Eliminación de potasio disminuida
Fármacos que provocan insuficiencia renal
Diuréticos ahorradores de potasio
Ciclosporina
Inhibidores de la enzima conversora de la
angiotensina
Antiinflamatorios no esteroideos
Heparima
Litio
Por alterar la distribución de
potasio
Bloqueadores beta
Glucosas
Soluciones hipertónicas
Succinilcolina
Digital
Citostásticos, por provocar lisis celular
Alfa agonistas
Heroína. |
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Cuadro 9.
Fármacos que provocan hiperpotasemia |
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Fig.
3. Hiperpotasemia. Típicos cambios en el electrocardiograma con ondas T picudas
ensanchamiento del complejo QRS y pobre crecimiento de las ondas R. |
El tratamiento de la hiperpotasemia
consiste en una serie de medidas inmediatas para reducir el nivel sérico de potasio,
suspendiendo la aplicación exógena del mismo, y corrigiendo la causa subyacente siempre
que sea posible. Cabe suprimir temporalmente los efectos de un aumento rápido y brusco de
potasio sobre el miocardio mediante la aplicación intravenosa de una solución que
contenga 80 mEq de lactato de sodio, 100 ml de gluconato de calcio y 100 ml de dextrosa al
50% en agua. La aplicación de glucosa aumenta la síntesis de glucógeno, lo que
significa entrada de potasio a las células. También puede darse insulina, pero sin pasar
de una unidad por cada 5g de glucosa, o más, so pena de exponerse a una hipoglucemia de
rebote. El lactato de sodio eleva el pH y obliga al potasio a entrar a las células,
mientras que el gluconato de calcio tiende a contrarrestar los efectos de la
hiperpotasemia sobre el miocardio. La aplicación de esta solución, en un lapso de dos
horas, permite preparar las medidas encaminadas a suprimir definitivamente el exceso de
potasio ( hemodiálisis o diálisis peritoneal). Si el ascenso de la cifra de potasio es
lento (menos de 1meq por litro y por día), se puede tratar por resinas de intercambio de
cationes, de preferencia propias del ciclo del sodio (Kayexalate), que se aplican por vía
rectal a razón de 24 g cada 12 horas. Para que la absorción de agua por el colon no sea
demasiado rápida, como vehículo de la resina se dan 200 ml de glucosa al 10% en agua
(Tabla 3).
Hipopotasemia.- El problema más
frecuente en los pacientes operados es la hipopotasemia, que puede obedecer a: 1)
excreción renal excesiva; 2) entrada de potasio a las células; 3) administración
prolongada de líquidos parenterales sin potasio, mientras que continúa la pérdida renal
obligatoria de este elemento(20meq al día, o más): 4) hiperalimentación parenteral con
sustitución inadecuada del potasio, y 5) pérdida de secreciones de tubo digestivo.
El potasio desempeña un papel muy
importante en la regulación del equilibrio acidobásico. Aumenta la excreción renal de
potasio en caso de alcalosis, tanto respiratoria como metabólica. El potasio entabla
competición con el hidrógeno frente a los mecanismos de excreción del túbulo renal,
durante el intercambio por el ion sodio. Por tanto, en caso de alcalosis, la mayor
excreción de ion potasio a cambio de ion sodio es lo que permite conservar iones
hidrógeno. La hipopotasemia en sí puede producir alcalosis metabólica, pues cuando la
concentración de potasio en las células del túbulo es baja, puede aumentar la
secreción de iones hidrógeno. Además, entran iones hidrógeno a las células a
consecuencia de la pérdida de potasio, lo que explica en parte la alcalosis. En la
acidosis metabólica, los fenómenos son inversos, y el exceso de iones hidrógeno es
intercambiado por sodio, lo que implica retención de una mayor cantidad de potasio.
La excreción de potasio por el túbulo
renal aumenta cuando el organismo dispone de grandes cantidades de sodio para su
excreción. Cuanto más sodio haya disponible para la resorción, más potasio será
intercambiado por él en la luz de túbulo. Es probable que esto explique en parte las
mayores necesidades de potasio en caso de aplicar un gran volumen de líquido isotónico.
Asimismo, este mecanismo podría explicar el aumento de la excreción de potasio cuando se
administran esteroides.
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Droga |
Mecanismo de acción |
Dosis |
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