El locus
Xq28. Este locus corresponde al gen MECP2, cuya alteración
se ha relacionado con el síndrome de Rett35,36 el cual
reviste un especial interés desde el punto de vista
lingüístico. Este síndrome consiste en untrastorno regresivo
que da lugar a partir de los 6-18 meses de vida a la pérdida
del habla y de la capacidad de coordinación de los
movimientos de las extremidades, pero que termina
originando una microcefalia, una ataxia y un perfil
conductual que puede describirse como autista.37 Como quiera
que este trastorno aparezca asociado a la mutación de un gen
dominante ligado al cromosoma X, en general resulta letal en
los individuos de sexo masculino. No obstante, Claes et
al.38 han descrito la existencia de un retraso mental ligado
a X que afecta únicamente a individuos de este sexo y que se
caracteriza por la ausencia de lenguaje; salvo por la
inexistencia de microcefalia, este síndrome presenta en gran
medida el perfil cognitivo y lingüístico característico del
síndrome de Rett,39 ya que su base molecular parece ser la
misma, a saber, la mutación del gen MECP2.39 Otros tipos de
retraso mental ligados a X están asociados igualmente a una
mutación del gen MECP2, como los descritos por Gendrot et
al.,40 caracterizado, entre otros síntomas por diversas
anomalías del lenguaje hablado, o por Orrico et al.,41
quienes han constatado en los individuos analizados la
existencia de un trastorno del habla y de un retraso en el
desarrollo del lenguaje, que van asociados a un retraso
mental más general y que son más pronunciados en el caso de
los individuos masculinos, que sólo son capaces de construir
oraciones sencillas (para la determinación de las causas
moleculares, vid., respectivamente, Couvert et al.42 y
Orrico et al.41)
El gen
MECP2 codifica una proteína de unión a metil-CpG a través de
un dominio específico (MBD)43 (vid. figura 2). La metilación
es el principal método de inactivación génica y la proteína
MECP2 media, seguramente, las etapas reguladoras
subsiguientes al proceso de metilación en sí, que son
también necesarias para la consecución de la represión
génica.44 Para ello, y merced a un segundo dominio
estructural (TRD) (figura 2), la proteína se asocia a un
complejo correpresor, que contiene un represor
transcripcional y diversas desacetilasas de histonas, las
proteínas responsables de la organización estructural de las
fibras cromáticas.45 La desacetilación de las histonas
provoca la condensación de la cromatina y, por tanto, la
inactivación de los genes localizados en la zona afectada.
La expresión de una variante mutada del gen MECP2 da lugar a
una proteína truncada que favorece una hiperacetilación de
la lisina 16 de la histona H4, originando probablemente la
sobreexpresión de determinados genes diana.46 Resulta
especialmente interesante el hecho de que el patrón temporal
de expresión del gen MECP2 en el ser humano se correlaciona
positivamente con el proceso de maduración del sistema
nervioso central. Así, en el caso concreto del córtex
cerebral, la proteína MECP2 está presente en la mayoría de
las neuronas, pero no en las células gliales, y su
abundancia va cambiando conforme se produce la maduración de
las distintas capas corticales. 47 De todas formas, se ha
propuesto que, antes que en el propio proceso de desarrollo
del cerebro, la proteína participaría preferentemente en la
regulación de la estabilidad cerebral, dado que (i) el gen
sólo parece expresarse cuando la neurona ha alcanzado un
determinado grado de madurez47 y (ii) en los ratones en los
que una de las dos copias del gen se ha silenciado mediante
knockout los síntomas anómalos únicamente aparecen una vez
que alcanzan la madurez.48 Diversas evidencias parecen
confirmar además que gen MECP2 es uno de los implicados en
el control de la plasticidad neuronal,49 de ahí su
importancia para la regulación de la emergencia de
determinadas capacidades cognitivas en respuesta a la
experiencia.
Por lo que
se refiere específicamente a la ontogenia del lenguaje,
desde el momento en que determinadas mutaciones del gen
MECP2 dan lugar a variantes del síndrome de Rett en las que
el habla se preserva, mientras que en otras el lenguaje está
ausente por completo,50,51 el análisis molecular de los
diversos subtipos del mismo se ha llevado a cabo con objeto
de tratar de establecer algún tipo de correlación entre la
funcionalidad de una proteína reguladora de la plasticidad
neuronal y (el patrón de) emergencia del lenguaje (figura
2). En lo que atañe a las restantes manifestaciones
fenotípicas del síndrome, el resultado de este tipo de
correlaciones ha sido tanto positivo (cf. por ejemplo,52)
como negativo (cf., por ejemplo, 53). En lo que concierne
específicamente al lenguaje, De Bona et al. (50) han
descrito diversos casos clínicos de la variante del síndrome
en la que se conserva el habla; en estos casos se detecta en
la secuencia del gen la presencia de pequeñas deleciones (de
un tamaño variable, que oscila entre las 41 y las 44 pb),
las cuales darían lugar a una terminación prematura de la
proteína MECP2, que presentaría únicamente 404 aminoácidos,
si bien los 14 ó 15últimos serían diferentes a los
existentes en la proteína normal. No obstante, es preciso
reconocer que la naturaleza, la localización celular y las
características funcionales de estas variantes mutadas de la
proteína serían muy parecidas a las que presentan las
proteínas sintetizadas por los individuos que manifiestan un
cuadro clásico de la enfermedad. Por su parte, Zappella et
al. (54) han constatado que un porcentaje significativo de
los casos de la variante del síndrome de Rett en la que se
conserva (hasta cierto punto) el lenguaje se debe a la
existencia de mutaciones específicas del gen MECP2 que
implican (i) una sustitución en la secuencia aminoacídica de
la proteína o (ii) una terminación prematura de la
traducción que afecta únicamente a la porción
carboxiloterminal de la misma. En cambio, las mutaciones que
dan lugar a una terminación prematura que afecta a las
regiones más próximas a la porción aminoterminal parecen
anular por completo la capacidad lingüística del individuo.
Conviene precisar que, en el contexto clínico del estudio
realizado por estos autores, por capacidad lingüística
limitada se entiende una competencia lingüística que se
reduce a la capacidad de utilizar palabras aisladas o frases
constituidas por dos elementos, y que equivaldría, por
tanto, a la característica de los niños de alrededor de dos
años de edad.
Con todo,
el análisis más completo a este respecto realizado hasta la
fecha ha sido el llevado a cabo por Uchino et al.,51 quienes
han evaluado diversos parámetros lingüísticos en los
individuos afectados por el síndrome, como la extensión y la
composición del inventario léxico, su capacidad sintáctica y
el patrón ontogenético de aparición (y desaparición) del
lenguaje. La conclusión más importante de estos
investigadores es que casi la mitad de los pacientes
afectados por el trastorno carecen de lenguaje hablado y,
del resto, sólo alrededor del 15% presenta una mínima
capacidad sintáctica, que les permite construir
pseudooraciones formadas únicamente por dos palabras. Por
otro lado, en ningún caso el vocabulario supera los cuarenta
elementos, cuyos significantes, desde el punto de vista
fonético, estarían constituidos además preferentemente por
consonantes bilabiales. En general, el mayor grado de
competencia lingüística alcanzado se correlaciona
positivamente con una mayor precocidad en el desarrollo de
la misma. Desde el punto de vista molecular, las mutaciones
que afectan a los dominios funcionales de la proteína (MBD y
TRD) suelen llevar aparejadas la inexistencia de lenguaje o
una limitación mucho más acentuada del mismo (vid. figura
2). No obstante, resulta preciso señalar que, como suele ser
característico en este tipo de trastornos (vid. infra), una
misma mutación puede dar lugar a un fenotipo diferente en
distintos individuos en lo que concierne a su competencia
lingüística. Así, por ejemplo, la mutación R168X (vid.
figura 2), que implica una terminación prematura de la
traducción y, consecuentemente, la síntesis de una proteína
truncada que carece del dominio TRD, aparece en individuos
sin lenguaje, pero también en otros que han adquirido un
cierto inventario léxico. Del mismo modo, la terminación
prematura de la traducción en el aminoácido 294 (mutación
R294X), que deja prácticamente intactos los dos dominios
funcionales de la proteína, se detecta en individuos que
presentan ciertos rudimentos de lenguaje, pero que se
diferencian, no obstante, en su capacidad sintáctica (vid.
figura 2).
Es preciso
señalar, por último, que el análisis molecular ha llevado a
ampliar el espectro fenotípico que incluye alteraciones del
lenguaje asociado a la mutación del gen MECP2, hasta incluir
otros trastornos adicionales al síndrome de Rett, como
determinados retrasos mentales ligados a X39 o ciertas
formas de autismo.55 Por otro lado, se ha sugerido que
algunas variantes atípicas del síndrome de Rett podrían
obedecer a otras causas moleculares, en particular, a la
mutación de los genes CDKL5 y NTNG1. En el caso del gen
CDKL5, los trastornos cognitivos asociados a su mutación y
descritos por Tao et al.,56 Weaving et al.57 y Scala et
al.,58 incluyen entre sus síntomas característicos un
retraso mental (que puede ir de leve a grave), un desarrollo
anormal del lenguaje y, en ocasiones, la existencia de
ecolalia y de una falta de espontaneidad, que ha llevado a
que el trastorno se haya diagnosticado en ocasiones como
autismo. En otros casos, en cambio, los individuos en los
que el gen se encuentra mutado alcanzan un cierto grado de
comprensión lingüística o incluso un desarrollo
significativo de las capacidades verbales. Lo cierto es que,
una vez más, los síntomas varían en función de la naturaleza
molecular del trastorno (deleciones de tripletes, mutaciones
que causan una terminación prematura de la traducción,
mutaciones que provocan un cambio en la fase de lectura,
mutaciones que dan lugar a una modificación de determinados
sitios de maduración del ARNm). El gen CDKL5, situado en
Xp22, codifica una proteínquinasa dependiente de ciclina
homóloga a las serín-treonín proteínquinasas.59 El gen
presenta un patrón de maduración alternativo, de manera que
uno de los transcritos (el II, en particular, que contiene
los exones 1a y 1b) se expresa preferentemente en el cerebro
durante el desarrollo, mientras que el otro (denominado I,
el cual contiene el exón 1) se expresa en la mayoría de las
células. 60 La mutación de este gen también se ha
correlacionado con otros trastornos cognitivos ligados al
cromosoma X, en particular con el denominado síndrome de
West ligado a X.60,61 Por lo que se refiere al gen NTNG1, se
ha sugerido que podría estar afectado en un paciente
diagnosticado de síndrome de Rett que presentaba una
translocación de novo balanceada1,7 (p13.3,q31.3), el cual
era incapaz de hablar por completo a los cuatro años de edad
(aunque había sido capaz de emitir algunas palabras, como
“papá” y mamá,” a los trece meses);62 no obstante, en
general este gen no suele aparecer mutado en la variante
convencional del síndrome63 El gen NTNG1, localizado en
1p13.3, codifica una netrina, que, al igual que sucede con
otros miembros de la familia a la que pertenece, podría
estar involucrada en la regulación del crecimiento axonal
durante el desarrollo del sistema nervioso,64 probablemente
formando parte del receptor NGL-1, encargado específicamente
de la regulación del crecimiento de los axones
talamocorticales, que son axones que conectan el tálamo con
el córtex haciendo escala en el cuerpo estriado.65 Conviene
precisar a este respecto que para diversos autores (cf.66)
la base del lenguaje se encontraría, como sucede con otros
muchos procesos cognitivos (pero también motores o
afectivos), en la compleja interrelación que se establece
entre las estructuras corticales y las subcorticales
mediante este tipo de circuitos córtico-estriato-
corticales. Precisamente, y como se comenta posteriormente,
uno de los principales genes relacionados con el lenguaje
identificados hasta la fecha, denominado FOXP2, parece
intervenir en la regulación del desarrollo y la actividad de
este tipo de circuitos.67,68
 |
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Figura 1.
Correlaciones genotipo-fenotipo en relación con el gen MECP2.
En la imagen se muestra la localización de las
mutaciones que afectan a la región codificadora
del gen, así como el perfil lingüístico de los
individuos que las presentan. SNCC se refiere al
grupo clínico procedente del Segawa Neurological
Clinic for Children. (reproducido a partir de
[51], con permiso de Elsevier). |
Por lo
demás, el gen NTNG1 se caracteriza, asimismo, por un patrón
de maduración alternativo, de manera que parecen
sintetizarse diversas isoformas de la proteína, de las que
hasta cuatro (G1c, G1d, G1a, y G1e) se localizan de forma
abundante en el cerebro y sólo una (G1c) lo hace en el
riñón.69 El patrón de expresión del gen difiere también en
los tejidos cerebrales fetales y en los adultos.69
En Xq28
también se encuentra localizado el gen L1CAM, que codifica
una proteína de membrana que interviene en el reconocimiento
neurona-neurona70,71 y que podría desempeñar diversas
funciones reguladoras, en particular, de la proliferación de
las dendritas durante el desarrollo, de la migración
neuronal, del crecimiento de los axones, de la
sinaptogénesis, de la mielinización, de la supervivencia
neuronal o de la potenciación a largo plazo. 72 La mutación
del gen da lugar a una gran diversidad de fenotipos,
caracterizados, en general, por la agénesis del cuerpo
calloso,73,74 si bien uno de los más típicos es el que se
conoce clínicamente como síndrome MASA (un acrónimo
que, en inglés, designa las principales peculiaridades del
trastorno: retraso mental, afasia, andar cansino arrastrando
los pies y pulgares adducidos),75 caracterizado, entre
otros síntomas, por una afasia y/o un retraso en la
emergencia del habla.75,76 Muy próximo al gen L1CAM se
localiza el gen FLNA, que codifica una filamina-1, una
fosfoproteína implicada en el establecimiento de reacciones
cruzadas entre los filamentos de actina, la cual parece ser
necesaria para la regulación del movimiento celular;
de hecho, los niveles de expresión del gen son
particularmente elevados durante el desarrollo del córtex
cerebral, por lo que la proteína FLNA podría resultar
esencial, en particular, para la correcta regulación de la
migración de las neuronas hasta el córtex durante la
embriogénesis.77 La mutación del gen es letal en los
individuos de sexo masculino, mientras que en los de
sexo femenino da lugar a la denominada heterotopía
periventricular,77 caracterizada, entre otros síntomas, por
la existencia de un leve retraso mental.78 En estos
individuos suele detectarse, asimismo, la presencia de
nódulos en la región periventricular, los cuales están
formados por neuronas altamente diferenciadas que se
orientan de modo anómalo en múltiples direcciones.79
El locus
Xp22.1-cen. El caso de este locus, correspondiente al gen
ZNF41, resulta igualmente interesante, desde el momento en
que se trata de un gen que codifica un factor
transcripcional que contiene un motivo repetido “en dedo de
zinc” del tipo C2H2.80 Aunque este gen fue clonado
directamente a partir de una genoteca específica del
cromosoma X, estudios posteriores han correlacionado su
interrupción, debida a una reordenación cromosómica, con
determinadas variantes de un retraso mental ligado a X no
sindrómico (MRX).81 El gen FOXP2, al que se aludió
anteriormente, codifica, asimismo, un factor transcripcional
de esta clase.82,83
Aberraciones cromosómicas. Finalmente, merece la pena dejar
constancia del hecho de que el análisis de las aberraciones
que afectan al cromosoma X constituye una herramienta
particularmente productiva para la dilucidación de la
influencia del patrón de imprinting sobre determinados
caracteres cognitivos, incluyendo el lenguaje. Un caso
interesante en este sentido es el del síndrome de Turner,
que, como se apuntó anteriormente, está causado por la
deleción parcial o, más frecuentemente, completa, de este
cromosoma. Los individuos afectados por el síndrome
presentan un nivel de inteligencia general normal, si bien
suelen manifestar, asimismo, problemas de adaptación social;
lógicamente el alcance del fenotipo depende de la extensión
de la monosomía, aunque también de la procedencia (paterna o
materna) del cromosoma X que poseen.84 En general, la
presencia del cromosoma paterno asegura una mayor
competencia lingüística y unas funciones ejecutivas más
eficaces.5 En consecuencia, se ha propuesto la
existencia en este cromosoma de uno o más loci relevantes
para el lenguaje y la interacción social sometidos a
imprinting,5 lo que explicaría, por otro lado, la mayor
vulnerabilidad de los individuos de sexo masculino a la
aparición durante el desarrollo de trastornos del lenguaje y
del habla, de dislexia y de trastornos de la
interacción social como el autismo.5 Hasta el momento no ha
sido posible identificar ningún gen concreto, si bien en el
ratón se han caracterizado hasta tres genes diferentes
implicados en el desarrollo del cerebro cuyos alelos
paternos están sometidos a represión transcripcional,85
uno de los cuales, Xlr3b, parece intervenir específicamente
en la regulación del comportamiento.86 Otros genes
relacionados con el lenguaje parecen estar sometidos,
asimismo, a imprinting, como sería el caso, una vez más, de
FOXP2, desde el momento en que la dispraxia verbal ligada al
desarrollo característica de su mutación sólo parece
manifestarse cuando el alelo afectado es el paterno.87
Conclusiones
La
consideración de evidencias de muy diversa naturaleza
derivadas del análisis de las lenguas naturales, pero
especialmente del modo en que se produce su aprendizaje a lo
largo de la ontogenia y de las características del input que
lo elicita y lo hace posible, ha llevado tradicionalmente a
defender la idea de que la adquisición del lenguaje sólo
sería posible merced a la existencia de un conocimiento
gramatical (más o menos elaborado) de carácter innato, esto
es, de un sistema de conocimiento autónomo basado en
categorías y principios irreductibles a los de otros
sistemas cognitivos,88 el cual descansaría en la actividad
coordinada de determinadas estructuras neuronales cuyo
desarrollo se encontraría programado genéticamente.89,90
Ahora bien,
las implicaciones de esta hipótesis en lo que concierne a la
naturaleza biológica de la facultad del lenguaje se han
visto sustancialmente matizadas a la luz de los resultados
experimentales derivados de dos líneas de investigación,
ciertamente complementarias, de sus fundamentos moleculares
y neuronales. Por un lado, los análisis individualizados de
la actuación lingüística y de las características
neuroanatómicas y neurofisiológicas de numerosos pacientes
disfásicos, así como los experimentos llevados a cabo con
objeto de determinar la actividad cerebral asociada a la
realización de tareas experimentales de índole lingüística
en individuos sanos (en todo lo cual han desempeñado
un papel crucial las técnicas de imagen no invasivas [PET,
fMRI, ERPs, EEG, MEG]), parecen sugerir que los centros
neuronales encargados del procesamiento de estímulos
lingüísticos distan de tener un carácter estrictamente
homogéneo o estable, por cuanto (i) parecen corresponderse
más bien con subcomponentes de mecanismos de computación que
se emplean en el procesamiento de información de muy diversa
naturaleza, antes que con sistemas autónomos encargados de
la resolución de tareas lingüísticas específicas; (ii) en
función de las demandas de procesamiento que imponen las
características del input que es necesario interpretar o del
output que es preciso generar, la actividad neuronal de
índole lingüística lleva a cabo un reclutamiento recurrente
de circuitos adicionales a los que se han venido
considerando tradicionalmente como relacionados con el
lenguaje; y (iii) la identidad y la localización anatómica
de las estructuras neuronales implicadas en el procesamiento
del lenguaje cambian, hasta cierto punto, (a) a lo largo del
desarrollo del individuo, (b) en respuesta a los daños
físicos producidos en las supuestas áreas convencionalmente
asociadas al lenguaje y (c) en función de las modificaciones
que tienen lugar en las condiciones ambientales
(lingüísticas) en que se desenvuelve dicho individuo
(para una revisión, vid.91) No parece existir, por
consiguiente, una correlación plenamente concluyente entre
la organización funcional del cerebro y una especialización
histológica correlativa, que haga corresponder de forma
unívoca y exclusiva determinadas estructuras corticales y/o
subcorticales, a determinadas tareas cognitivas, ni desde
luego, a determinados componentes específicos del lenguaje
(o de la Gramática Universal), tal como son postulados por
la Lingüística. Por consiguiente, prefiere hablarse, más
bien, de la existencia de un módulo lingüístico u “órgano
del lenguaje” de carácter funcional, en el sentido de que lo
relevante en términos neuronales no es tanto la presencia de
porciones de tejido cerebral dedicadas de modo exclusivo al
procesamiento de estímulos lingüísticos (puesto que,
ciertamente, es posible caracterizar algunas como tales),
sino de la existencia de un programa de interconexión único
(y ahora sí, específicamente lingüístico) que relaciona
diversas estructuras neuronales con objeto de permitir la
existencia del lenguaje.
Por otro
lado, resulta también plausible la sugerencia de que el
patrón inicial de organización general de estos centros
neuronales encargados del procesamiento lingüístico esté
prefijado desde antes del nacimiento, puesto que, a pesar de
la manifiesta flexibilidad que, tal como se indicó
anteriormente, caracteriza a nivel neuronal al “órgano
lingüístico,” lo cierto es que el lenguaje se desarrolla y
permanece como una entidad definida, reconocible y
describible en el individuo adulto. Esta “anticipación en el
desarrollo” o anticipación ontogenética92 sería posible
merced a la existencia de un programa de desarrollo de
carácter innato responsable de la organización histológica
básica del “órgano del lenguaje.” Dentro de dicho programa
cobraría necesariamente una especial relevancia un complejo
mecanismo de regulación genética, que revestiría una
particular importancia durante las etapas iniciales de la
ontogenia cerebral y que coordinaría la proliferación, la
migración y, hasta cierto punto, la especialización
estructural y funcional de las neuronas que integran las
regiones asociadas al lenguaje, así como la
organización básica de los circuitos neuronales encargados
del procesamiento lingüístico. Ahora bien, conviene tener
presente que en dicho programa, y en virtud de su carácter
innato, resultarían, asimismo, relevantes otros tipos de
información no derivables de la experiencia, pero tampoco de
naturaleza genética, en particular, (i) la de tipo
epigenético; (ii) la heredada por vía materna, (iii) la que
supone el contexto molecular; (iv) la generada como
consecuencia del propio proceso de desarrollo (cf.93); (v)
la relacionada con leyes que rigen la autoorganización de
los sistemas orgánicos (y que en lo que concierne
específicamente al “órgano del lenguaje,” vendrían
representadas por determinados principios de análisis de
datos y principios de arquitectura estructural, así como
determinadas restricciones al desarrollo, incluyendo
principios de computación eficiente);94 y (vi) la que
suponen fenómenos como el aprendizaje social y la cultura,
que también pueden considerarse como una forma de herencia
relevante en el caso de ciertos fenotipos conductuales (y,
desde luego, en el del lenguaje) 95,96 Sea como fuere, lo
más probable es que las instrucciones contenidas en este
programa de desarrollo innato condicionen todavía de un modo
excesivamente general la estructura y la actividad del
“órgano del lenguaje,” en el sentido de que difícilmente den
lugar a un patrón de interconexión sináptica plenamente
operativo.97 Las características citoarquitectónicas
cerebrales más detalladas del “órgano del lenguaje” y la
regulación precisa del tamaño y de la distribución de las
poblaciones neuronales que lo integran, así como del
establecimiento del perfil exacto de los circuitos
neuronales que éstas conforman, y, por consiguiente, la
generación de estructuras neuronales plenamente activas,
dependería de un segundo subprograma de desarrollo, esta vez
de carácter eminentemente fisiológico, que resulta de la
interacción que se produce entre las distintas regiones
cerebrales, entre éstas y el sistema nervioso periférico, y
entre ellas y el ambiente, y que se basa en último término
en el efecto de la actividad sináptica sobre las células en
desarrollo.
Estas dos
consideraciones generales condicionan indefectiblemente los
esfuerzos que se vienen haciendo desde hace tiempo por
tratar de identificar los genes que forman parte del
programa innato responsable del desarrollo y del
funcionamiento del “órgano del lenguaje.” Tradicionalmente
la búsqueda de este tipo de genes se ha llevado a cabo a
partir del análisis de distintos síndromes, patologías,
afecciones o enfermedades de carácter hereditario en los
que, en principio, sólo el lenguaje se ve afectado. El caso
más significativo es, sin lugar a dudas, el del trastorno
específico del lenguaje (TEL), desde el momento en que a
partir de una de sus variantes ha sido posible identificar
el gen que se ha venido considerando como el “gen del
lenguaje” por antonomasia. Este gen, denominado FOXP2,
codifica un represor transcripcional que, a nivel del
sistema nervioso central, parece intervenir en la regulación
de la diferenciación neuronal necesaria para la organización
y/o el funcionamiento de determinados circuitos
córticotalamo-estriatales asociados a la planificación
motora, el comportamiento secuencial y el aprendizaje
mediante procedimiento (para una revisión, vid.67,68,98).
Otro caso igualmente significativo sería el de la dislexia,
por cuanto se han logrado identificar hasta el momento un
total de nueve regiones cromosómicas potencialmente
relacionadas con el trastorno, así como varios genes
candidatos para el mismo, cuyos productos parecen participar
en la regulación del crecimiento de los axones y en el
control de la migración de determinados linajes neuronales
(para una revisión, vid.99). Del mismo modo, han sido
también objeto de una atención preferente otros trastornos
que revisten aparentemente un carácter específicamente
lingüístico (en particular, el síndrome de Landau-Kleffner,
la epilepsia rolándica con dispraxia verbal, el trastorno de
los sonidos del habla, una forma de disfasia asociada al
desarrollo, el síndrome de la deleción del fragmento 22q13.3
o la tetralogía de Fallot), a partir de los cuales ha sido
posible clonar determinados genes cuya mutación parece
constituir un factor causal significativo del trastorno
(para una revisión de la mayoría de estos trastornos,
vid.100). En todo caso, la importancia que revisten los
supuestos “genes del lenguaje” caracterizados a partir de
este tipo de patologías se ve necesariamente matizada por
dos circunstancias ciertamente relevantes.
En primer
lugar, por el hecho de que no parece existir un consenso
claro acerca de si este tipo de trastornos reviste realmente
un carácter exclusivo desde el punto de vista lingüístico
(en el sentido de que podrían verse comprometidas, asimismo,
otras capacidades cognitivas y/o motoras) y, por
consiguiente, de si se produce en ellos una disociación
estricta a nivel fenotípico entre la cognición y el
lenguaje.101,102 Estas reticencias se han planteado incluso
en los casos en los que dicha disociación parecía más
evidente, como el TEL103,104 o el que podría considerarse su
imagen especular, el síndrome de Williams.105 Una segunda
circunstancia atañe a la comorbilidad que se advierte
frecuentemente entre estos trastornos específicos del
lenguaje (como la que se ha descrito, por ejemplo, entre el
TEL y la dislexia106 o entre estas dos últimas afecciones y
el denominado trastorno de los sonidos del habla [SSD, en
inglés speech-sound disorder]107), pero, sobre todo, la que
parece existir entre dichos trastornos y otros que
comprometen diversos aspectos de la cognición general (como
sucede, por poner el caso, entre el TEL, la dislexia y el
trastorno por déficit de atención e hiperactividad [TDAH]
08,109) y que resulta posible extender a buena parte de los
trastornos neuropsiquiátricos que se detectan en la infancia
y que comparten la presencia de un déficit en la capacidad
de aprendizaje y de adquisición de competencias
específicas (lectura, escritura, atención, lenguaje).110
Resulta
evidente que en lo que concierne a estas dificultades para
lograr separar en términos clínicos el fenotipo lingüístico
(o cualquiera de sus variantes disfuncionales) de otros
fenotipos cognitivos (o, asimismo, de cualquiera de sus
variantes disfuncionales) no resultan ajenos problemas de
índole metodológica, que cuestionan, en último término, la
posibilidad de caracterizar la competencia lingüística a
través del estudio de la actuación, en la que también están
implicados otros sistemas cognitivos diferentes al
lingüístico.111 En todo caso, entre dichos problemas cabe
destacar como más significativos los siguientes: (i) los
individuos empleados en este tipo de pruebas (y, en
particular, en los análisis de ligamiento y de asociación
destinados a la identificación de los genes
relacionados con esta clase de trastornos) se consideran
afectados por el trastorno en cuestión siempre que se hace
posible adscribirlos a una categoría sindrómica que
resulta, en la práctica, de la homogeneización de los
trastornos observados en un conjunto de individuos que
manifiestan determinadas disfunciones lingüísticas;112 (ii)
en general, las pruebas experimentales a las que se recurre
para la caracterización fenotípica de estos individuos
afectados suelen implicar el reclutamiento de otros
circuitos neuronales distintos a los que, en principio, se
encargan del procesamiento del lenguaje;113 (iii) en
general, hasta la fecha no se ha recurrido de forma
sistemática a otras variables más próximas en términos
biológicos a las funciones cerebrales implicadas en el
procesamiento lingüístico, es decir, a endofenotipos de
índole cognitiva, neuroanatómica, neurofisiológica,
endocrina o bioquímica, que proporcionan, en particular,
evidencias más directas de las causas genéticas de un
determinado trastorno cognitivo;114 (iv) las técnicas
de imagen no invasivas que se emplean para el análisis in
vivo de la actividad neuronal que subyace a las tareas de
procesamiento lingüístico no parecen corresponderse
exactamente con los diferentes componentes funcionales del
lenguaje (procesamiento fonológico, sintáctico, etc. sino
fundamentalmente con una representación visual de las
mismas;113 y (v), este tipo de técnicas posee actualmente
una resolución insuficiente para poder determinar si existen
diferentes grupos, circuitos o estructuras neuronales
funcionalmente independientes dentro de lo que parecen ser
áreas multifuncionales.113
Sin
embargo, y más allá de estos condicionantes de carácter
experimental, lo que realmente parece poner de manifiesto lo
discutido anteriormente acerca de las incertidumbres que se
plantean en torno al carácter exclusivamente lingüístico de
las disfunciones cognitivas asociadas a los trastornos del
lenguaje caracterizados hasta la fecha o acerca de la
comorbilidad que parece observarse entre los trastornos en
sí y entre éstos y otros trastornos de la cognición, es la
inexistencia de una correlación genotipofenotipo exacta en
el caso del lenguaje. El lenguaje (y sus disfunciones), como
sucede también con otros aspectos del comportamiento (normal
o disfuncional), ha de caracterizarse necesariamente como un
fenotipo complejo, determinado por la interacción no lineal
de diversos factores genéticos, epigenéticos y
ambientales.115 En el caso de los trastornos lingüísticos,
la complejidad de su análisis en términos genéticos se ve
acentuada por diferentes circunstancias, en particular, (i)
la existencia de casos de fenocopia (presencia del fenotipo
afectado cuando el genotipo no lo sugiere, lo que se
debe presumiblemente al efecto de determinadas condiciones
ambientales); la existencia de casos de penetrancia reducida
(ausencia del fenotipo afectado cuando el genotipo parece
sugerirlo, de manera que dicho fenotipo sólo se manifiesta
bajo determinadas condiciones ambientales); (iii) el hecho
de que una misma mutación o una misma cromosómica dé lugar a
un perfil lingüístico diferente en distintos individuos o en
las distintas etapas del desarrollo, como sucede
paradigmáticamente con la ontogenia lingüística de los
afectados por el síndrome de Williams;116 (iv) el papel
crucial que desempeñan en la aparición de los fenotipos
disfuncionales los denominados alelos de riesgo, cuya
caracterización resulta aún más compleja que la de los genes
principales, como se ha demostrado en el caso de la
clonación posicional,117 y que hace que el lenguaje (y sus
disfunciones) deba(n) analizarse desde el punto de vista
genético como un carácter cuantitativo, resultado del efecto
probabilístico de múltiples genes.118
Puede
afirmarse, en definitiva, que en el caso del lenguaje (y de
sus disfunciones), como también en el decualquier capacidad
cognitiva general, la contribución de cada gen individual al
fenotipo final siempre será, en líneas generales, pequeña,
poco predecible y condicionada a la de multitud de otros
genes, y, desde luego, al efecto que sobre los mismos ejerce
el contexto molecular y ontogenético, así como el ambiente
en que crece y se desenvuelve el individuo, algo que
responde, en último término, a la genuina naturaleza de los
primeros y a su verdadero mecanismo de actuación, en el
sentido fundamental de que (i) los genes no codifican
procesos, comportamientos o funciones, sino únicamente un
determinado producto funcional; (ii) el producto de un gen
desempeña funciones diferentes en momentos y lugares
distintos del desarrollo (pleiotropismo); (iii) diferentes
productos génicos intervienen en la aparición de una
determinada función cognitiva (poligenismo); (iv) lo
relevante en este sentido no es el número o la identidad de
los genes implicados, sino el sutil equilibrio que
mantienen, en un momento y en un lugar determinados, los
productos que codifican; (v) la expresión de los genes, así
como la actividad de los productos a los que dan lugar, se
ven condicionadas indefectiblemente por el contexto
molecular y ontogenético que los rodea, así como por el
ambiente; (vi) los genes influyen en (y se ven influidos
por) los restantes niveles de complejidad de los que
integran el “órgano del lenguaje” (celular, fisiológico,
funcional, macroestructural y fenotípico [lingüístico]); (vii)
los productos moleculares directamente relacionados con los
genes (transcriptomas, proteomas, metabolomas e interactomas)
no solapan por completo con la fisiología neuronal ni, por
consiguiente, con las funciones cerebrales (lingüísticas); (viii)
los genes permiten que tengan lugar los procesos cognitivos
relacionados con el lenguaje, pero no los determinan por
completo, puesto que el propio acto lingüístico y el
contexto en que se produce regulan la respuesta de todo el
sistema, incluyendo la expresión de los propios genes.119
En atención
a todo lo discutido anteriormente, cabe señalar que, del
mismo modo que en lo que atañe a la estructura y al
funcionamiento del “órgano del lenguaje” en términos
neuronales lo realmente relevante no es tanto el hipotético
carácter exclusivamente lingüístico de las estructuras
encargadas del procesamiento de los estímulos de naturaleza
lingüística, cuanto el programa de interconexión único que
pone en contacto dichas estructuras, tampoco en lo que
concierne al programa genético que interviene en el
desarrollo (y hasta cierto punto en el funcionamiento) de
dicho “órgano” lo más relevante debería ser la búsqueda de
los genes cuya mutación dé lugar a disfunciones de carácter
exclusivamente lingüístico en términos clínicos (si es que
realmente existen), cuanto la determinación de la
arquitectura precisa de dicho programa único de desarrollo,
así como del grado (y del modo) en que éste resulta modulado
por efecto de otros tipos de información de carácter innato
(y ambiental). Resulta evidente que en este empeño debe
tener legítima cabida la consideración de aquellos genes
identificados a partir de otros síndromes y trastornos que
afectan simultáneamente al lenguaje y a otras facetas de la
cognición, como son algunos de los discutidos en el presente
trabajo. La principal razón que justifica el análisis de
este tipo de trastornos y de las características
estructurales y funcionales de los genes cuya mutación da
lugar presumiblemente a los mismos es, por consiguiente, la
de tratar delimitar hasta qué extremo (y en qué medida) son
compartidos los programas genéticos que intervienen en la
regulación del desarrollo y de la actividad de los circuitos
neuronales responsables de las diferentes funciones
cognitivas, incluyendo el lenguaje. Desde el momento en que
los diferentes programas de este tipo no han de mantener
obligatoriamente una relación jerárquica entre sí (en el
sentido de que la existencia de un trastorno lingüístico
tenga que derivarse necesariamente de la existencia de una
disfunción de la cognición),120 la aparición simultánea de
un déficit lingüístico y de uno cognitivo como
característica nuclear de un determinado trastorno cognitivo
puede explicarse por la circunstancia de que el gen afectado
pertenezca al mismo tiempo a dos (o más) programas de este
tipo, de modo que su mutación afecta a la vez a dos (o más)
módulos funcionales del cerebro. Por lo demás, la
existencia, en este sentido, de una base genética
parcialmente común a dos trastornos (y a dos capacidades
cognitivas) diferentes explicaría en buena medida la
comorbilidad que se observa a nivel fenotípico entre ambos y
a la que se hizo referencia anteriormente. Y, sin embargo,
este hecho no implica que el “órgano del lenguaje” no sea el
resultado de un programa de desarrollo específico de
carácter innato.
Conviene
precisar, por último, que este tipo de ideas casa cabalmente
con las propuestas más recientes que se han realizado desde
el propio ámbito de la Lingüística acerca de la naturaleza
última de la facultad del lenguaje. Así, en particular, tras
el desarrollo del denominado Programa Minimalista, el propio
Chomsky94,121,122 ha sugerido que el lenguaje podría ser
meramente un mecanismo de enlace entre los sistemas
cognitivos que se ocupan del pensamiento y los responsables
de la percepción y de la motricidad, los cuales se
encargarían en último término de la emisión y de la
recepción de elementos simbólicos comunicables (y a los que
suele aludirse habitualmente como sistemas o dispositivos
“periféricos” o “externos”). El abandono de la idea del
lenguaje como un dispositivo cognitivo esencialmente
autónomo, basado en principios fundamentalmente
irreductibles a los que rigen otros dominios de la cognición
resulta especialmente relevante en relación con lo discutido
en este trabajo, por cuanto contribuiría a reducir netamente
la cantidad de información innata (y, por inclusión,
genética) de carácter “específicamente lingüístico” que
resulta necesaria para el desarrollo y el funcionamiento del
“órgano del lenguaje,”123 desde el momento en que (y dejando
al margen la circunstancia comentada anteriormente de que el
proceso dependería también de leyes generales de
organización de los sistemas biológicos y de información
generada durante el propio desarrollo), gran parte de la
información genética necesaria para la constitución del
sistema funcional lingüístico sería la que interviene,
asimismo, en el desarrollo y en el funcionamiento de los
sistemas externos. Una vez más, esta circunstancia justifica
(y vuelve necesaria) la consideración de trastornos
cognitivos de carácter hereditario como los analizados en
este trabajo a la hora de discutir la naturaleza y las
implicaciones biológicas del programa genético relacionado
con el “órgano del lenguaje.” Los genes caracterizados a
partir de los mismos formarán parte seguramente del programa
de desarrollo de otros módulos funcionales del cerebro, pero
en tanto que “genes del lenguaje” habrá que considerarlos
también parte del programa de desarrollo de lo que en
términos chomskyanos ha venido en llamarse la facultad del
lenguaje en sentido amplio (FLA), la cual abarca todos los
aspectos del mismo relacionados con los contenidos que se
van a expresar y a interpretar, así como con las señales
empleadas en su transmisión (y que, por consiguiente,
estarían a cargo de los sistemas de conceptualización y de
procesamiento.124 Este solapamiento entre el programa
genético relacionado con el lenguaje y aquellos otros
programas vinculados a otras capacidades cognitivas
diferentes vendría a corroborar igualmente las intuiciones
más recientes del propio Chomsky en el sentido de que las
propiedades de la facultad del lenguaje no consistirían ya
en principios relacionados exclusivamente con la producción
e interpretación de unidades lingüísticas, como se ha venido
sugiriendo reiteradamente (cf.125,126), sino que dichas
propiedades serían también características de otros sistemas
cognitivos94 o, cuando menos, podría afirmarse que la
facultad del lenguaje se ajustaría a las propiedades
formales de los sistemas a los que sirve como puente
cognitivo,127 lo que simplificaría evidentemente su
aparición en términos ontogenéticos (y también
filogenéticos).
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